CAP. 3
Reyes
M
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i cama hoy es más blanda de lo
normal. Y huele raro. Huele a…
¿Paja?
Abro los ojos con una sensación
extraña. Como si hubiera estado viajando toda la noche en sueños. Mi cama no
parece la misma. La casa está en un completo silencio. Me parece extraño que
mis tíos aún no se hayan levantado.
Me pongo en pie y recorro la
casa, encontrando un desierto de tranquilidad y polvo. ¿Es que hace tanto que
mi tía no barre la casa? Llego a la escalera y antes de entrar al baño reviso
la habitación donde duermen mi prima y mi hermano. Está entreabierta. La empujo
levemente y una leve corriente de aire frío huye despavorida del interior. Allí
no hay nadie.
-¿Lorenz? ¿Nadia?
Me olvido de mis ganas de ir al
baño. Bajo temeroso las escaleras y al llegar al final veo la habitación de mis
tíos tan desierta como el resto de la casa. ¿Qué ha ocurrido?
Y lo veo.
Un libro de escaso grosor, tapa
azul eléctrico y letras doradas con el título de una historieta conocida descansa
sobre la mesa en la entradita, junto a las llaves. Es similar al que portaba el
viejo Flavio Casen. Pero es bastante menos abultado.
Lo tomo y abro por la primera
página para quedarme sin respiración.
“Quiero estar sano y fuerte. Quiero vivir.”
Reconozco mi caligrafía en cada
letra. ¿Qué clase de broma macabra es esta? ¿Es que alguien trata de hacerme creer
que aquella historia era real? Si es así se está tomando muchas molestias. El
libro, la desaparición de mis tíos, de mi prima Nadia, mi hermano…
Guardo el libro entre mi ropa y me
adentro en el comedor donde apenas dos sillones sobreviven orientados hacia una
tele antigua y pequeña. Abro la persiana de la ventana que da hacia la calle y
la luz me encandila. Todo está cubierto de una gruesa capa de nieve que inunda
de luz la Villa Blanca.
-¡Mark!
Me agacho bajo la ventana del
susto. Me resulta muy familiar esa voz. Más bien me devuelve el eco de un
tiempo lejano…
-¡Vamos, Mark! Quedamos en jugar
hoy en mi casa con Dayron y hace una hora que deberías estar allí. He venido a
buscarte porque mi hermano se impacientaba.
¿Mi hermano? ¿Dayron? No puede
ser.
Corro a abrir la puerta y me
encuentro a una visión fantasmal. El pelo rojizo de Kharma concuerda en tono y
luminosidad con sus ojos. Jamás llegué a verla con esta edad. Ella…
-¿Kharma? ¿Eres tú?
-Veo que aún no te has despertado
Mark. Vaya sueño profundo tienes…
Sonríe y me lanza un puñetazo
débil al hombro mientras me incita a ponernos en marcha. Lo hago incrédulo.
Kharma murió cuando apenas teníamos
siete años. Recuerdo lo insoportable que era. En el colegio solía situarse
justo detrás de mi pupitre y le gustaba alargar las piernas y aporrearme la
espalda mientras reía por lo bajo por mis convulsiones. Cuando me quejaba al
profesor ella ponía su más experta cara de gatita asustadiza y el profesor
acababa por decirme que no dijera tonterías y dejara de quejarme sin sentido.
Llegué a odiarla tanto como al equipo de la muerte. Pero entonces mi prima
Nadia, tratándome de estúpido a pesar de contar con dos años menos que yo, me
explicó que yo le gustaba tanto como a mí me podía gustar Sol. Negué esa comparación
y mi amor por Sol (acompañado de un fuerte rubor que no me ayudó a hacer más
convincente mi declaración) y jamás volví a dirigirle la palabra a Kharma. El
día que murió, culpable de no haberle podido decir adiós a aquella chica que a
pesar de inspirarme miedo, por sus sentimientos, y odio, por sus molestas patadas,
me caía bien, me hice amigo inseparable de su débil y apenado hermano Dayron.
Llegué a cuidar a Dayron incluso como si fuera un hermano más, un gemelo de
Lorenz, todo por compensar el daño que pudiese haberle causado a aquella niña
que murió prematuramente por culpa de la fábrica que su propio padre había
regentado.
Nos dirigimos por el camino que
sube desde el cementerio del pueblo hasta la parte alta, donde se sitúa la
negra fábrica abandonada sustituyendo al viejo molino. Desde aquel punto
elevado domina la Villa Blanca y, en sus tiempos de actividad, la imbuía con
una gruesa cortina de humo grisáceo y enfermizo. Por suerte esos tiempos
acabaron.
Conforme avanzamos por la
ascendente carretera que se inmiscuye en un bosque de pinos me convenzo de que
aquello no es una negra fábrica abandonada. Se ha volatilizado.
Su lugar está ocupado por un
enorme palacete de paredes blancas y tejados azulinos sacados de algún relato
de Disney. Un alargado seto verde rodea el lugar dejando como entrada una gran
verja de hierro negro que se antoja inmóvil. Los ventanales son enormes y numerosos
arbolitos demarcan un sendero que conduce a un amplio porche en el que
descansan varias sillas y mesas de madera teñida de azul junto a un gran balancín.
-Kha… Kharma-digo, incapaz de
pronunciar ese nombre-. ¿Dónde está la fábrica?
-¿Fábrica?
Su perplejidad deja claro que no
bromea.
-¿Voy a tener que abofetearte la
cara para que despiertes?
Se acerca tan rápido que creo que
va a atreverse a hacerlo. Realiza un amago y ríe.
-Si no hay fábrica…-cavilo.-
¿Existe la gripe eterna?
-¿Has desayunado hoy algo raro,
Mark?
Ríe mi excentricidad al no
comprenderla. Palpo en mi pecho el pequeño libro azul intuyendo en él cierto
protagonismo en todo esto. Pero eso significa que… ¡ESTOY SANO!
Mientras nos dirigimos a la
entrada del palacete blanco me aseguro una vez más de que lo que dice Kharma es
cierto ganándome su más recelosa mirada.
La verja está cerrada y Kharma
busca entre su ropa (con la que parece una oveja imbuida en un abultado traje
de lana) una llave.
-¡He olvidado la llave!-se
lamenta con unos amplios aspavientos.
Me recuerda por un momento a Sol
sobreactuando y no puedo evitar sonreír para mí. Me pregunto qué habrá sido de
ella, si está también esperándome con Dayron y si Nadia y Lorenz también lo
harán.
Kharma hace algo extraño: cierra de repente los ojos con
fuerza y los vuelve a abrir, mirando a los lados. No hay nadie paseando cerca y
las casas de la barriada parecen desiertas. Es entonces cuando un objeto brillante
cae justo junto a la chica pelirroja, que se agacha inmediatamente a recogerlo.
Es una llave con la que logra abrir la gruesa verja negra.
-¿Cómo has hecho eso?-le pregunto perplejo.
-¿El qué? Yo no he hecho nada…
Se adentra en el sendero flanqueado por arbolitos como si
nada. La sigo hasta el porche y nos colamos en la casa.
-¿Esta es la casa de Dayron?
-Es la casa de nuestros padres-puntualiza la hermana de
Dayron-.
-Tu madre…
-Sigue siendo igual de encantadora que ayer, la última vez
que viniste si mal no recuerdo. Sé que es lo que ibas a decir-termina guiñándome
un ojo-.
Un enorme salón sacado de otra época, recargado de
detalles, de muebles y de adornos se encuentra al otro lado de recibidor. Una
enorme lámpara de lágrimas cristalinas pende de una gruesa cadena dorada. Es
como el palacio de un rey.
El lugar que más odiaba Dayron, el culpable de todos sus
males, de la muerte de su madre y de su hermana y del desprecio de la gente
hacia su padre ha sido convertido en un enorme palacio, en su casa. ¿Habrá sido
ese su deseo?
-Parece que Dayron ha salido-anuncia Kharma volviendo de la
cocina con un vaso de zumo-. Llegará en breve.
-¿Y Lorenz, Nadia y Sol? ¿No estaban aquí?
-Sol no conozco más que el que sale cada día y se lleva
medio día para desaparecer. Lorenz no juega nunca con nosotros, no sé si recuerdas.
En cuanto a Nadia, se hartó hace poco de ser una especie de prisionera de Dayron
y se marchó. Sé que a mi hermano le gusta tu prima, pero no estaba bien que la
obligase a vivir aquí sólo porque no tiene padres.
-¿Qué ocurrió con mis tíos?-pregunto asustado.
-Lo mismo que con tus padres. Desaparecieron hace mucho.
Pienso en lo irreal de tal declaración. ¿Dónde me
encuentro? ¿Dónde hemos ido a parar? No quiero seguir en este mundo. Si estoy
sano y puedo vivir pero ni Sol, ni Lorenz ni Nadia están conmigo…
Debo hablar con Dayron.
El pequeño Dayron se hace esperar unos quince interminables
minutos en los que Kharma trata de hacerme reír imitando sin saberlo las
técnicas de Sol, pero estoy demasiado preocupado para reírle las gracias. Aún
así, ¿cómo es posible que su personalidad se parezca tanto a la de Sol? ¿Es
culpa del deseo de alguien? Seguro que ella no ha llegado hasta aquí. Ella dejó
su papel en blanco. Tal vez esa hubiera sido la mejor opción.
Dayron aparece junto a Duke Dark y su esposa Sophie,
vestidos todos de domingo, como si llegasen de alguna celebración especial. Es
la primera vez que veo a Duke pareciendo un hombre hecho y derecho. Y peinado.
Pero lo que más me asusta es ver a los cinco integrantes del equipo de la muerte
caminando tras Dayron y sus padres, con serias miradas y armas en sus cinturones.
Estoy a punto de gritar una advertencia a mi pequeño amigo cuando caigo en la
cuenta. El equipo de la muerte es ahora la escolta de Dayron. Dayron pidió más
que ninguno al parecer y todos sus deseos se han hecho realidad.
-¡Mark!
Dayron corre hacia mí sonriente, sin ningún rastro de la
herida que hasta hace unas horas adornaba su frente.
-¡Es hora de abrir los regalos!-grita entusiasmado.- Mis
padres me llevaron a pasear mientras llegabas para abrirlos.
-¿Regalos?
Sophie se acerca a su hijo Dayron y se apoya sobre sus
hombros. Ya no recordaba lo bella que era. Su larga melena rojiza, casi
idéntica a la de Kharma, le cae a la espalda sobre el vestido, conjuntándose a
la perfección con sus ojos y sus labios perfectamente trazados. Me guiña un ojo
antes de contestar:
-Claro, Mark. Están junto al árbol de Navidad, en el
comedor. Están todos marcados con el nombre de su destinatario. Hoy es el día
de Reyes.
Hace mucho que un día así no era celebrado por mí y casi
por nadie en la Villa Blanca. Kharma me recuerda (aunque para mí es una
información nueva) que desde que nos hicimos amigos de Dayron, la familia Dark
nos hace regalos a mí, a Nadia y a Lorenz (que acostumbra a recogerlo mientras
no estamos en casa por razones desconocidas). Parecen ser una familia muy
acomodada y entrañable en el pueblo. Incluso veo por primera vez en muchos años
a Duke Dark lanzar una sonrisa cuando en su campo visual se atraviesa su bella
esposa.
Los regalos son tan abundantes que siento que estoy
haciendo algo malo disfrutándolos. El equipo de la muerte nos observa
impertérrito, como guardias silenciosos. Dayron ha revertido toda la situación
contraria gracias a sus deseos. Los padres de Dayron se retiran tras un largo
rato comprobando que nos gustan los regalos y nos divertimos jugando los tres
juntos, y el pequeño Dayron ordena a su especial guardia que se retire. Es
entonces cuando decido abordarlo.
-Dayron…
-¿A que mola todo esto, Mark?-pregunta con más entusiasmo
que nunca, haciendo volar un avión teledirigido, con su vista puesta en él y en
el mando alternativamente.
-¿Sabes qué significa todo esto, Dayron? La historia de Flavio
se está haciendo realidad.
-No digas tonterías, Mark-se ofende mi amigo-. Todo está
bien, ¿por qué preocuparse? ¿Es que tu deseo no se cumplió?
-Sí, pero…
-¿Y no eres feliz por ello?-dice deteniendo el avión y
dirigiéndose hacia mí bajo la mirada de Kharma.
No lo soy por completo. Estoy seguro.
-¿Dónde está Sol? ¿Y Nadia y Lorenz dónde se han marchado?
Ellos sí que han llegado hasta aquí, ¿verdad?
-¡No lo sé! ¿Es que no podemos jugar tranquilamente?-el
ceño y los morros de Dayron comienzan a fruncirse.
-¡No sin ellos, Dayron! Quiero saber dónde están.
-Nadia no quiso seguir viviendo aquí porque no me soporta.
Dice que soy un niño llorón e inmaduro. ¡Tan sólo tengo doce años, es
normal!-me chilla como si hubiera sido yo el culpable de esas palabras.
-Quiero encontrarlos, Dayron. ¿Crees que ellos-digo sacando
el libro de mi pecho- tendrán otro tomo como este?
La visión del tomo deja perplejo a Dayron. No contesta y
finge no interesarle.
-¿Tienes tú uno?
Kharma se anticipa a la discusión e interrumpe mi interrogatorio.
-Deberías dejarle, Mark. Hoy estás un poco fuera de tus
casillas.
Aparto a Kharma de entre ambos y agarro a Dayron por los
hombros para que me preste atención.
-Dime si tienes un libro similar con tu deseo escrito en la
primera página, Dayron. Tengo que averiguar cómo encontrar al resto o cómo
salir de este mundo. Si todo lo que nos contó ese viejo Flavio es cierto,
corremos peligro. No podemos seguir en este mundo dejándonos cegar por nuestros
deseos cumplidos…
-¡Edric, Anna, Ámbar, Daryle, Luca! ¡Venid!-ordena Dayron.
Lo suelto intimidado por el recuerdo de las armas del
equipo de la muerte. Pero quien entra en la estancia no es la guardia de
Dayron, sino su madre.
-¿Qué sucede, pequeño?-enuncia con dulzura Sophie Dark.
Dayron corre hasta ella y la abraza por la cintura.
-Mark estaba insultándome y pretendía pegarme.
Me quedo perplejo ante la traición de mi amigo.
-¿Es cierto eso, Kharma?-pregunta con calma la madre de
ambos.
Kharma titubea y decide no contestar. Supongo que le es
imposible hacerlo si le gusto. Yo no lo haría si fuera ella y en mi lugar
estuviera Sol.
-No es cierto, señora. Tan sólo le preguntaba por este
libro a Dayron-digo enseñándole el tomo-. Es la verdad.
En un descuido el tomo se escapa de entre mis manos y cae
al suelo. Algo extraño pasa. La casa se tambalea y tanto Kharma como Sophie
caen al suelo quejándose como si hubieran sido golpeadas. Dayron y yo miramos
de inmediato al tomo y comprendemos la relación. Es como en la historia de
Flavio. Los libros son los culpables de la existencia del mundo de fantasía y
deseos cumplidos. Entiendo qué es lo que tengo que hacer.
Recojo el libro del suelo mientras Dayron vuelve a llamar a
sus cinco escoltas y a Duke. Lo doblo con todas mis fuerzas hasta hacer trizas
sus páginas por la mitad. Sophie gime de dolor y Kharma se tapa la cara en
silencio.
-¡Mamá!-dice Dayron.
Vuelvo a romperlo en más pedazos mientras los gritos se
multiplican. La casa sigue tambaleándose violentamente pero su estructura no se
quiebra ni sus paredes parecen ceder.
-¡Vete de aquí, Mark!-grita furioso Dayron.- ¡Fueraaaaa!
Con la llegada del equipo de la muerte corro en dirección a
la salida, pero Edric y Amber taponan mi salida.
-¡Por la ventana, Mark!-me lanza Kharma, con el rostro
desprotegido y de rodillas en el suelo. Vuelvo a verla cerrar los ojos con
fuerza y sé que lograré escaparme sin que me atrapen.
Corro hacia la ventana, que se abre de repente con una
fuerte corriente de viento que agita las largas cortinas. Salto hacia el jardín
y corro seguro de que mi huída no es tan grave como para que el equipo de la
muerte se vea obligado a usar sus armas. Observo mientras atravieso la verja
abierta de par en par la mansión vibrar, con los ojos rojizos de Kharma
siguiéndome hasta el otro lado del cerco de setos perfectamente recortado.
Me encuentro exhausto cuando llego a casa. Ni siquiera
pienso en que allí será más fácil encontrarme que en cualquier otro lugar. Me
acuesto en la cama y me tapo queriendo ocultarme del mundo infantilmente.
No quiero estar aquí si no es con mis seres queridos.
CAP. 4 --> http://novelaelgenv.blogspot.com.es/2015/01/cuento-quid-pro-quo-cap-4.html
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