domingo, 11 de enero de 2015

Cuento. QUID PRO QUO. Cap 2

CAP. 2

Anciano


E
l centro de salud de la Villa Blanca se había visto obligado a mejorar con los años hasta albergar una decena de habitaciones donde algunos enfermos u heridos podían pasar la noche. A mi hermano pequeño le dieron unas pastillas y le secaron la ropa cubierta de nieve poniéndolo junto a una estufa en la misma habitación en la que internaron a Dayron. A él le dieron varios puntos en la frente que prometían dejar una vistosa herida de guerra cuando le quitasen la venda que envolvía su cabeza. Ha tenido la suerte de verse obligado a pasar la noche en observación en esta habitación de rústicos y escasos muebles que aprovecharemos todos hasta la bien entrada la noche. Hay que mirar el lado bueno de esto.
-¡Dayron!
Duke Dark, el padre de Dayron entra en la habitación donde Sol, Lorenz, Nadia y yo velamos entre risas a su hijo, que valora positivamente el incidente y la posibilidad de librarse del equipo de la muerte durante unos días. A pesar de todo tenemos la seguridad que no serán castigados por sus altaneros padres. Puede que incluso sean premiados por haberle abierto la cabeza a mi amigo.
El padre de Dayron viste unos pantalones viejos y un chaquetón con más batallas que la Edad Media de color marrón recubierto en su interior de lana amarillenta. No recuerdo haberle visto nunca peinado su espesa melena rubia y tiene la carne de la mano izquierda de un color negro, apergaminada e inerte, fruto de un viejo accidente.
-Estoy bien, papá-susurra Dayron con la cabeza entre las manos de su padre, que valora el vendaje que cubre su herida con preocupación-. Ya no sangro.
Desde la muerte de su mujer e hija, Duke se arrastra por la vida con el miedo a que a su hijo le pase algo y lo deje definitivamente solo. En otro tiempo fue el gerente de la gran fábrica negra que enfermó al pueblo de dinero, soberbia y fiebre eterna, queriendo la ironía que las primeras en irse debido a tal enfermedad fueran su esposa Sophie y su hija Kharma. Dayron nos tiene a nosotros a pesar de todo. A este hombre desaliñado y de vida desordenada sólo le quedan unos trozos de piedra que marcan el lugar donde descansan sus seres queridos para poder conversar. Dayron lo mira a veces con la tristeza del que no entiende de donde sale y de qué sirve tanta amargura tras una catástrofe cuando la vida continúa.
La puerta vuelve a abrirse cuando todos volvemos a nuestras bromas y juegos bajo la mirada apagada del padre de Dayron. El señor Vidal, alcalde del pueblo y padre de Edric, se persona en la habitación haciendo que encojamos la respiración. Sus pobladas cejas forman una terna negra con su bigote debidamente recortado y sus ojos lanzan reproches incluso al suelo que pisa.
-Duke-llama de manera cortante-. Salgamos, quiero hablar contigo.
Ni siquiera mira al herido hijo de su interlocutor. Me figuro que incluso en él debe haber un rastro de vergüenza ante las acciones de su hijo. Todos miramos a Dayron y nos entendemos. Al cerrar la puerta de la habitación para hablar en el pasillo, un trío de orejas se pega a la hoja de madera mal barnizada. Lorenz acerca su silla de ruedas más a la cama y espera junto a Dayron información.
Duke había conseguido un trabajo debido a la compasión del alcalde al verlo destrozado por la muerte de su hija y mujer, pero sus energías no eran las adecuadas a juicio del alcalde. Al principio el alcalde se mostró comprensivo con el pobre hombre pero los años habían acabado con tal circunstancia. El señor Vidal amenaza a Duke con despedirlo por haber salido del trabajo sin permiso, corriendo hacia el centro de salud para ver a su hijo. Ante las ridículas y débiles disculpas del padre de Dayron, el alcalde eleva el tono de voz y la conversación se adentra en la habitación.
-¡No pienso pasarte ninguna más, Duke! Hay cien personas que le gustarían estar donde tú estás y tener algo que llevarse a la boca para no morir de hambre antes que de gripe eterna.
-Lo siento, señor, lo…
-Mañana trabajarás el doble de horas para pagar los gastos de atención del debilucho de tu hijo. Deberías decirle que no se meta con los chicos mayores que él si no quiere que le vuelvan a abrir la cabeza.
-No volverá a…
-Mañana a las 6 de la madrugada quiero que empieces con el trabajo. Mandaré a alguien a revisar que lo cumples o yo mismo le quitaré los puntos de la herida a Dayron.
Dayron tiembla cuando nos alejamos de la puerta a la espera de que Duke vuelva a entrar. Su padre entra con el alma en los pies y la vista en el suelo, incapaz de soportar en la mirada de unos niños la vergüenza ajena.
-Voy a ir a…-dice Duke señalando la salida sin atreverse a mirar a su hijo, incapaz de inventarse una excusa.- ¿Quieres que vuelva a la noche a dormir aquí o prefieres que tus amigos…?
-Claro que quiero que vengas, papá-dice Dayron-. Mis amigos se irán cuando entre la noche para no preocupar a sus familias, ¿verdad?
Duke levanta la vista para vernos asentir al resto.
-Está bien. Volveré luego…
El padre de Dayron desaparece tras la puerta haciendo menos ruido que un fantasma y dejando un silencio incómodo que Sol trata de romper con su inevitable manía de soltar comentarios dignos de una perturbada mental. Como tan sólo me río yo trata de hacerle carantoñas a la hosca Nadia y acaba tirando sus gafas. Río aún más su mala suerte y torpeza, aunque al menos esta vez no se ha salido uno de los cristales de su montura.
A veces maldigo mi falta de valentía para decirle lo que siento. Llevo muchos años posponiendo ese día y no atreviéndome a decidir, aunque tengo razones. La primera vez que reuní el valor necesario tenía apenas 8 años, estábamos aún en el colegio y acababan de diagnosticarme la gripe eterna. Al sentir que todo podía acabar en cualquier momento, tal y como les ocurrió a mis padres, me sentí lo suficientemente obligado a hacer todo lo que nunca había hecho. Le dije a mi hermano pequeño que si algún día me pasaba algo podría quedarse con todos mis juguetes, que jamás necesitaría salir a la calle para divertirse y que mis amigos de plástico serían los suyos para siempre. Les dije a mis tíos que los quería y que no podría agradecerles más el cuidarme tras la muerte de mis padres. Le dije a Nadia que no se veía tan fea con las gafas como el resto de niños le decía, que incluso podría llegar a considerarla una posible novia si tuviese dos años más y no fuese de mi familia.
Y por último…
Sol.
Recuerdo cómo pagado de ingenuidad pensé que una flor me ayudaría a gustarle más y a tener una excusa para no ser rechazado. La vi junto a dos de sus amigas en el recreo y me acerqué por su espalda, todo nervios, cavilando sobre si caminaba bien o si recordaba siquiera cómo hacerlo. Ensayé en solitario las palabras que usaría antes de comenzar la maniobra de acercamiento e incluso así algunas quedaban en mi garganta atrapadas. No sé cómo me decidí a hacerlo…
Me acerqué por la espalda con la pequeña flor en mi mano derecha y le di dos toques en la espalda con los dedos de mi izquierda. El susto que le di a la pobre la hizo darse la vuelta y empujar a aquel bicho que se había atrevido a abordarla por la espalda. Soltó un grito y sus amigas la acompañaron en el susto. Yo caí de espaldas, pisando la flor con mi cuerpo y pisando mis pantalones de tal manera que dejaron a la vista mis viejos y deshilachados calzoncillos que habían librado más guerras que los judíos.
Las risas de los niños apagaron mi valentía, la mirada lastimera de Sol pronto se convirtió en risa al ver a sus compañeras señalándome con el dedo. Sé que reparó en la flor que había pisado en mi caída y supo qué me disponía a hacer. Puede que por ello más tarde, aquel día, se acercara a hablar conmigo a preguntarme por cómo le iba a mi hermano Lorenz. Con aquella conversación me robó el corazón y apuntaló una jaula de amistad que sigo detestando a día de hoy aunque no sea capaz de destrozarla.
Pero hoy he decidido reunir el valor que siempre me ha faltado. De nuevo gracias a unos médicos. Ayer por la mañana me dijeron que mi enfermedad comenzaba a empeorar. Me prohibieron incluso salir a jugar. Pero mis tíos no se enteraron, ni se lo quise decir a nadie. Lo único que he pensado ha sido en verla una última vez cada día a la espera del fin. Y al menos quiero irme en paz.
-Sol, ¿puedes…?-digo deteniéndome al observar su mirada atenta. Lorenz, Dayron y Nadia charlan animadamente ajenos a mi momentáneo valor.
Ella decide continuar mis puntos suspensivos.
-¿Hacerte de cenar, traerte un vaso de agua, correr a la velocidad de la luz, ser más pesada de lo que soy, hablar más rápido de lo que lo hago?
-Cállate-le digo riendo-.
Incluso en un momento así no puedo evitar…
-Quiero comentarte algo…
-¿Un partido de fútbol, un libro que has leído últimamente, que me encuentras más guapa que nunca?-termina zarandeando su melena y despeinándose.
Me desespera agradablemente. Salimos a la puerta y deseo que Nadia no haya repetido nuestra estrategia anterior, aunque sospeche que mi prima sabe lo que siento por Sol. Debe ser muy fácil adivinarlo aunque yo no lo quiera reconocer. A las personas tímidas curiosamente nos es más difícil ser introvertidos que transparentes.
-Verás…
No me atrevo a mirarla a los ojos. Sé que me arrebatará las fuerzas.
Suspiro. Su rostro se tensa, su silencio me engulle.
-Yo…
-Deberíamos hacer algo para vengarnos de Edric y el equipo de la muerte-me suelta a toda velocidad-. ¿No crees?
Exhalo una bocanada de aire con sabor a exasperación. Ahora es mi silencio el que incomoda.
-Se merecen una buena por lo que le han hecho a Dayron-termina-. ¿Se te ocurre algo?
Unos pasos en el pasillo retumban. Un anciano se arrastra hacia nosotros cargando un libro. Viste una gabardina negra y su pelo y perilla negra le dan un aspecto nada agradable, como de diablo envejecido. Sus ojos sonríen afilados. Interrumpe la interrupción de Sol.
-Hola, chicos. ¿Es esta la habitación de Dayron?-pregunta afable.
-Sí, sí. Pase señor-dice Sol abriendo la puerta y haciéndome sentir como si estuviera desnudo al ver a Nadia, Lorenz y Dayron observándonos fijamente desde el otro lado-.
-Buenas tardes a todos-saluda entusiasta el anciano mientras se despoja de su gabardina, dejando a la vista un extraño atuendo compuesto por unos pantalones y un chaleco de punto de un rojo tan intenso que llega a dañar la vista-. ¿Cómo está el pequeño Dayron?
El anciano se acerca a la cama de Dayron mientras se presenta como Flavio Casen y nos explica que pertenece a un programa de animación del centro médico con el que tratan de fomentar la lectura y a la vez alentar algo a los internos. Sol entra y yo decido seguirla, decepcionado ante la nueva oportunidad perdida. No sé cuantas más tendré…
-Vaya, te han dado un buen golpe ¿no?-pregunta el anciano mientras abre el libro de color azul intenso sobre su regazo.
-No es nada, soy más fuerte de lo que parezco-dice Dayron mirando de reojo la reacción de mi prima Nadia-. Pero los chicos que me pegaron son varios años mayores que yo…
-¿No te gustaría tener la posibilidad de devolverles la afrenta? Puede que haya alguna manera…-dice el viejo con aire misterioso. Puede que a Dayron consiga engatusarlo, pero a mí me parece que lo está tratando como a un crío de cinco años.
-¿Hay alguna posibilidad?-pregunta interesada Sol.
El anciano se sienta a los pies de la cama de Dayron y agita en el aire el libro de cubierta azul con letras doradas.
-Os la leeré. Puede que la respuesta esté en vuestra imaginación, en vuestros sueños.
Nos miramos incrédulos. Dayron y Lorenz parecen interesados en el pintoresco anciano.
El anciano comienza a leer la historia de un grupo de niños con diferentes problemas que conocen a un anciano de descripción parecida a la suya (por lo que sospecho que su atuendo no es aleatorio sino que está bien estudiado) que consigue que los niños les confiesen sus deseos más ambicionados para cumplirlos y luego adueñarse de sus almas. Al final uno de los niños descubre que se trata del diablo y logra vencerlo antes de que los sueños de sus amigos sean engullidos por completo. En ciertos momentos de la historia Sol me aprieta el brazo más cercano a su posición debido a la tensión y lo retira en cuanto es consciente de lo que está haciendo y que la observo serio (escondiendo un rubor que creo que me va a producir fiebre). Nadia, sentada junto a Sol en el suelo mira de reojo y sonríe sin mirar a ningún lado, siguiendo la historia del viejo Flavio.
-¿Os ha gustado?-pregunta el viejo.
Lorenz y Dayron aplauden entusiastas y Flavio les deja el libro para que ojeen los dibujos en él contenidos.
-Ahora, ¿qué os parece que escribamos nuestra carta a los Reyes Magos?-propone Flavio.- Estamos en plena víspera del día de Reyes. No se os puede hacer tarde.
-No somos niños pequeños, señor-respondo cortante-.
-Eso no quiere decir que no tengáis sueños ni ambiciones ¿no?-me contesta el anciano, comprensivo y sin ofenderse por mi salida.- Seguro que hay algo que os gustaría tener, como los protagonistas del libro. Podéis escribir vuestro deseo más intenso en un papelito de papel y meterlo aquí-dice sacando una pequeña hucha del interior de la gabardina que tenía colgada-. Si no creéis en este juego, si pensáis que no hay ninguna esperanza de que vuestros sueños se cumplan, dejad el papel en blanco. Puede que así admitáis que sois lo suficientemente mayores como para haber perdido la ilusión por la magia…
Flavio enarca una ceja y se encoge de hombros condescendiente.
-Tonterías-farfulla Sol-.
Todos cogemos un papel ante la insistencia del viejo y mientras Lorenz y Dayron escriben a toda velocidad, la adusta Nadia, Sol y yo dejamos varios minutos los papeles en blanco, mirándonos entre nosotros pero sin atrevernos a llevar la iniciativa.
Es Nadia quien decide que aún no es tan mayor como para dejar de hacer niñerías y escribe algo a escondidas. Hecha el papel en la hucha en la que ya se encuentran el de Lorenz y Dayron y no nos mira a ambos a la espera de alguna burla.
Me giro y decido que sí me queda una última esperanza. Mis sueños. Escribo en el papel mi mayor deseo. Algo que lo arreglaría todo. “Quiero estar sano y fuerte. Quiero vivir.” Al volverme para echarlo en la hucha veo que Sol ya ha doblado el suyo y lo introduce en la misma. Seguro que lo ha dejado en blanco y se mofa de mí con el gesto.
Doblo con vergüenza el papel hasta que queda tan pequeño que ni una sola letra se puede vislumbrar a través de los dobleces y lo introduzco en la hucha.
-¿Veis? Aún no habéis perdido la esperanza. Por eso seguís siendo felices-dice Flavio levantándose, colocándose la gabardina de nuevo y abriendo la puerta de la habitación-. Aferraos a vuestros sueños. Puede que algún día se cumplan…
Sale con una sonrisa sarcástica que me eriza el pelo de la nuca. De mayor riéndose de unos inocentes niños.
Pasamos el resto de la tarde escuchando a Dayron y Lorenz hablar sobre lo fantástico de la historia, de los protagonistas de la misma y del pasmoso final en el que tan sólo uno de ellos sobrevive. Yo jamás lo hubiera catalogado como un cuento para niños. No al menos como uno que contar a un niño de doce años hospitalizado y a sus amigos. Ese Flavio Casen era un viejo loco y fantasioso.
Alejo de mi pensamiento al viejo excéntrico y recuerdo lo que casi ocurre antes. Sol evita mirarme siempre que puede, clavando una gruesa estaca en mi estómago cada vez que nuestros ojos se encuentran y desvía la mirada.
Nos despedimos de Dayron cuando empieza a oscurecer y llega de nuevo Duke, que parece sostener en su cabeza el peso del mundo. Se sienta cabizbajo junto a Dayron y le coge la mano como lo haría con un enfermo terminal. Dayron se muerde el labio y nos despide agitando la mano.
Arrastro la silla de ruedas de mi hermano por la plaza de la Constitución mientras Nadia y Sol caminan delante, hablando animadamente.
-¿Qué deseo escribiste, Sol?-pregunta mi prima colocándose bien las gafas.
-Ninguno. Creo que eso son cosas para críos…
Pienso que lo dice lo suficientemente alto para que la escuche.
-Supongo-dice Nadia, herido su orgullo-.
Lorenz eleva su mirada para verme, torciendo el cuello de manera incómoda.
-¿El viejo Flavio nos mintió? ¿Jamás se cumplirán nuestros deseos?
Hago acopio de toda mi madurez para olvidarme que Sol me toma como un crío por haber escrito algo en el papel y convengo decir:
-Nunca podemos perder la esperanza. ¿Es que valdría la pena vivir sin ella?
Para alguien a quien le quedan pocos meses o puede que días y que toda esperanza se ha esfumado supongo que es una reflexión bastante absurda.
Cuando los caminos de Sol y el de Nadia, mi hermano y yo están a punto de separarse, mi prima me aparta de los mandos de la silla de rueda y pide con insistencia que acompañe a Sol. Mientras, ella tratará de calmar a sus padres por llegar tan tarde con mi pequeño y enfermo hermano.
-No hace falta que vengas, Mark. Sé muy bien el camino a mi casa-responde Sol-. La Villa Blanca es pequeña y fría, pero no peligrosa.
Me quedo plantado viendo sus pisadas dibujarse en la descendente y nevada calle Real, incapaz de moverme. Nadia entrecierra los ojos tras sus gruesas gafas en una expresión de fingida ira que resulta un tanto cómica. Maldita topo. ¿Por qué me obliga a hacer esto?
Alcanzo a Sol y camino junto a ella en silencio, sin mediar palabra, disfrutando del placer de contradecir sus peticiones. Llegamos a la puerta de su casa, una casa algo descompuesta con los años de nevadas atípicas numerada con el 39 de esta calle. Ni siquiera se gira mientras saca sus llaves a toda velocidad y las introduce en la puerta.
-Sol…
-Adiós, Mark. Gracias por acompañarme.
Me deja sin aliento y con la vista en la puerta cerrada con ella detrás. La imagino corriendo camino de su habitación, evitando a sus padres, mi imagen lo último que debe aparecer en la lista de sus posibles pensamientos antes de acostarse. Tal vez el día que muera por esta maldita gripe consiga estar un día entero en sus pensamientos…
Vuelvo a casa en medio de la nevada y ni siquiera me molesto en saludar a mis tíos antes de escabullirme hacia mi habitación y acostarme, tapado hasta la cabeza, incapaz de nuevo de confesar la verdad a Sol, ni siquiera a la espera de una muerte más que probable.
Y puede que jamás vuelva a despertarme.

CAP. 3 --> http://novelaelgenv.blogspot.com.es/2015/01/cuento-quid-pro-quo-cap-3.html


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