CAP. 2
Anciano
E
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l centro de salud de la Villa
Blanca se había visto obligado a mejorar con los años hasta albergar una decena
de habitaciones donde algunos enfermos u heridos podían pasar la noche. A mi hermano
pequeño le dieron unas pastillas y le secaron la ropa cubierta de nieve poniéndolo
junto a una estufa en la misma habitación en la que internaron a Dayron. A él
le dieron varios puntos en la frente que prometían dejar una vistosa herida de
guerra cuando le quitasen la venda que envolvía su cabeza. Ha tenido la suerte
de verse obligado a pasar la noche en observación en esta
habitación de
rústicos y escasos muebles que aprovecharemos todos hasta la bien entrada la
noche. Hay que mirar el lado bueno de esto.
habitación de
rústicos y escasos muebles que aprovecharemos todos hasta la bien entrada la
noche. Hay que mirar el lado bueno de esto.
-¡Dayron!
Duke Dark, el padre de Dayron entra
en la habitación donde Sol, Lorenz, Nadia y yo velamos entre risas a su hijo,
que valora positivamente el incidente y la posibilidad de librarse del equipo
de la muerte durante unos días. A pesar de todo tenemos la seguridad que no
serán castigados por sus altaneros padres. Puede
que incluso sean premiados por
haberle abierto la cabeza a mi amigo.
que incluso sean premiados por
haberle abierto la cabeza a mi amigo.
El padre de Dayron viste unos
pantalones viejos y un chaquetón con más batallas que la Edad Media de color
marrón recubierto en su interior de lana amarillenta. No recuerdo haberle visto
nunca peinado su espesa melena rubia y tiene
la carne de la mano izquierda de
un color negro, apergaminada e inerte, fruto de un viejo accidente.
la carne de la mano izquierda de
un color negro, apergaminada e inerte, fruto de un viejo accidente.
-Estoy bien, papá-susurra Dayron con
la cabeza entre las manos de su padre, que valora el vendaje que cubre su herida
con preocupación-. Ya no sangro.
Desde la muerte de su mujer e
hija, Duke se arrastra por la vida con el miedo a que a su hijo le pase algo y
lo deje definitivamente solo. En otro tiempo fue el gerente de la gran fábrica
negra que enfermó al pueblo de dinero, soberbia y fiebre eterna, queriendo la
ironía que las primeras en irse debido a tal enfermedad fueran su esposa Sophie
y su hija Kharma. Dayron nos tiene a nosotros a pesar de todo. A este hombre desaliñado
y de vida desordenada sólo le quedan unos trozos de piedra que marcan el lugar
donde descansan sus seres queridos para
poder conversar. Dayron lo mira a veces
con la tristeza del que no entiende de donde sale y de qué sirve tanta amargura
tras una catástrofe cuando la vida continúa
.
poder conversar. Dayron lo mira a veces
con la tristeza del que no entiende de donde sale y de qué sirve tanta amargura
tras una catástrofe cuando la vida continúa
.
La puerta vuelve a abrirse cuando
todos volvemos a nuestras bromas y juegos bajo la mirada apagada del padre de
Dayron. El señor Vidal, alcalde del pueblo y padre de Edric, se persona en la
habitación haciendo que encojamos la respiración. Sus pobladas cejas forman
una
terna negra con su bigote debidamente recortado y sus ojos lanzan reproches
incluso al suelo que pisa.
una
terna negra con su bigote debidamente recortado y sus ojos lanzan reproches
incluso al suelo que pisa.
-Duke-llama de manera cortante-.
Salgamos, quiero hablar contigo.
Ni siquiera mira al herido hijo
de su interlocutor. Me figuro que incluso en él debe haber un rastro de vergüenza
ante las acciones de su hijo. Todos miramos a Dayron y nos entendemos. Al cerrar
la puerta de la habitación para hablar en el pasillo, un trío de orejas se pega
a la hoja de madera mal barnizada. Lorenz acerca su silla de ruedas más a la
cama y espera junto a Dayron información.
Duke había conseguido un trabajo
debido a la compasión del alcalde al verlo destrozado por la muerte de su hija
y mujer, pero sus energías no eran las adecuadas a juicio del alcalde. Al
principio el alcalde se mostró comprensivo con el pobre hombre pero los años
habían acabado con tal circunstancia. El señor Vidal amenaza a Duke con despedirlo
por haber salido del trabajo sin permiso, corriendo hacia
el centro de salud para
ver a su hijo. Ante las ridículas y débiles disculpas del padre de Dayron, el
alcalde eleva el tono de voz y la conversación se adentra en la habitación.
debido a la compasión del alcalde al verlo destrozado por la muerte de su hija
y mujer, pero sus energías no eran las adecuadas a juicio del alcalde. Al
principio el alcalde se mostró comprensivo con el pobre hombre pero los años
habían acabado con tal circunstancia. El señor Vidal amenaza a Duke con despedirlo
por haber salido del trabajo sin permiso, corriendo hacia
el centro de salud para
ver a su hijo. Ante las ridículas y débiles disculpas del padre de Dayron, el
alcalde eleva el tono de voz y la conversación se adentra en la habitación.
-¡No pienso pasarte ninguna más,
Duke! Hay cien personas que le gustarían estar donde tú estás y tener algo que
llevarse a la boca para no morir de hambre antes que de gripe eterna.
-Lo siento, señor, lo…
-Mañana trabajarás el doble de
horas para pagar
los gastos de atención del debilucho de tu hijo. Deberías
decirle que no se meta con los chicos mayores que él si no quiere que le
vuelvan a abrir la cabeza.
los gastos de atención del debilucho de tu hijo. Deberías
decirle que no se meta con los chicos mayores que él si no quiere que le
vuelvan a abrir la cabeza.
-No volverá a…
-Mañana a las 6 de la madrugada
quiero que empieces con el trabajo. Mandaré a alguien a revisar que lo cumples
o yo mismo le quitaré los puntos de la herida a Dayron.
Dayron tiembla cuando nos
alejamos de la puerta a la espera de que Duke vuelva a entrar. Su padre entra
con el alma en los pies y la vista en el suelo, incapaz de soportar en la
mirada de unos niños la vergüenza ajena.
-Voy a ir a…-dice Duke señalando
la salida sin atreverse a mirar a su hijo, incapaz de inventarse una excusa.-
¿Quieres que vuelva a la noche a dormir aquí o prefieres que tus amigos…?
-Claro que quiero que vengas,
papá-dice Dayron-. Mis amigos se irán cuando entre la noche para no preocupar a
sus familias, ¿verdad?
Duke levanta la vista para vernos
asentir al resto.
-Está bien. Volveré luego…
El padre de Dayron desaparece
tras la puerta haciendo menos ruido que un fantasma y dejando un silencio
incómodo que Sol trata de romper con su inevitable manía de soltar comentarios
dignos de una perturbada mental. Como
tan sólo me río yo trata de hacerle
carantoñas a la hosca Nadia y acaba tirando sus gafas. Río aún más su mala
suerte y torpeza, aunque al menos esta
vez no se ha salido uno de los cristales
de su montura.
tan sólo me río yo trata de hacerle
carantoñas a la hosca Nadia y acaba tirando sus gafas. Río aún más su mala
suerte y torpeza, aunque al menos esta
vez no se ha salido uno de los cristales
de su montura.
A veces maldigo mi falta de
valentía para decirle lo que siento. Llevo muchos años posponiendo ese día y no
atreviéndome a decidir, aunque tengo razones. La primera vez que reuní el valor
necesario tenía apenas 8 años, estábamos aún en el colegio y acababan de
diagnosticarme la gripe eterna. Al sentir que todo podía acabar en cualquier
momento, tal y como les ocurrió a mis padres, me sentí lo suficientemente
obligado a hacer todo lo que nunca había hecho. Le dije a mi hermano pequeño
que si algún día me pasaba algo podría quedarse con todos mis juguetes, que
jamás necesitaría salir a la calle para divertirse y que mis amigos de plástico
serían los suyos para siempre. Les dije a mis tíos que los quería y que no
podría agradecerles más el cuidarme tras la muerte de mis padres. Le dije a
Nadia que no se veía tan fea con las gafas como el resto de niños le decía, que
incluso podría llegar a considerarla una posible novia si tuviese dos años más
y no fuese de mi familia.
Y por último…
Sol.
Recuerdo cómo pagado de
ingenuidad pensé que una flor me ayudaría a gustarle más y a tener una excusa
para no ser rechazado. La vi junto a dos de sus amigas en el recreo y me acerqué
por su espalda, todo nervios, cavilando sobre si caminaba bien o si recordaba
siquiera cómo hacerlo. Ensayé en solitario las palabras que usaría antes de
comenzar la maniobra de acercamiento e incluso así algunas quedaban en mi
garganta atrapadas. No sé cómo me decidí a hacerlo…
Me acerqué por la espalda con la
pequeña flor en mi mano derecha y le di dos toques en la espalda con los dedos
de mi izquierda. El susto que le di a la pobre la hizo darse la vuelta y
empujar a aquel bicho que se había atrevido a abordarla por la espalda. Soltó
un grito y sus amigas la acompañaron en el susto. Yo caí de espaldas, pisando
la flor con mi cuerpo y pisando mis pantalones de tal manera que dejaron a la
vista mis viejos y deshilachados calzoncillos que habían librado más guerras
que los judíos.
Las risas de los niños apagaron
mi valentía, la mirada lastimera de Sol pronto se convirtió en risa al ver a
sus compañeras señalándome con el dedo. Sé que reparó en la flor que había
pisado en mi caída y supo qué me disponía a hacer. Puede que por ello más
tarde, aquel día, se acercara a hablar conmigo a preguntarme por cómo le iba a
mi hermano Lorenz. Con aquella conversación me robó el corazón y apuntaló una
jaula de amistad que sigo detestando a día de hoy aunque no sea capaz de destrozarla.
Pero hoy he decidido reunir el
valor que siempre me ha faltado. De nuevo gracias a unos médicos. Ayer por la
mañana me dijeron que mi enfermedad comenzaba a empeorar. Me prohibieron
incluso salir a jugar. Pero mis tíos no se enteraron, ni se lo quise decir a nadie.
Lo único que he pensado ha sido en verla una última vez cada día a la espera
del fin. Y al menos quiero irme en paz.
-Sol, ¿puedes…?-digo deteniéndome
al observar su mirada atenta. Lorenz, Dayron y Nadia charlan animadamente
ajenos a mi momentáneo valor.
Ella decide continuar mis puntos
suspensivos.
-¿Hacerte de cenar, traerte un
vaso de agua, correr a la velocidad de la luz, ser más pesada de lo que soy,
hablar más rápido de lo que lo hago?
-Cállate-le digo riendo-.
Incluso en un momento así no
puedo evitar…
-Quiero comentarte algo…
-¿Un partido de fútbol, un libro
que has leído últimamente, que me encuentras más guapa que nunca?-termina
zarandeando su melena y despeinándose.
Me desespera agradablemente.
Salimos a la puerta y deseo que Nadia no haya repetido nuestra estrategia
anterior, aunque sospeche que mi prima sabe lo que siento por Sol. Debe ser muy
fácil adivinarlo aunque yo no lo quiera reconocer. A las personas tímidas
curiosamente nos es más difícil ser introvertidos que transparentes.
-Verás…
No me atrevo a mirarla a los
ojos. Sé que me arrebatará las fuerzas.
Suspiro. Su rostro se tensa, su
silencio me engulle.
-Yo…
-Deberíamos hacer algo para
vengarnos de Edric y el equipo de la muerte-me suelta a toda velocidad-. ¿No
crees?
Exhalo una bocanada de aire con
sabor a exasperación. Ahora es mi silencio el que incomoda.
-Se merecen una buena por lo que
le han hecho a Dayron-termina-. ¿Se te ocurre algo?
Unos pasos en el pasillo
retumban. Un anciano se arrastra hacia nosotros cargando un libro. Viste una gabardina
negra y su pelo y perilla negra le dan un aspecto nada agradable, como de
diablo envejecido. Sus ojos sonríen afilados. Interrumpe la interrupción de
Sol.
-Hola, chicos. ¿Es esta la
habitación de Dayron?-pregunta afable.
-Sí, sí. Pase señor-dice Sol
abriendo la puerta y haciéndome sentir como si estuviera desnudo al ver a
Nadia, Lorenz y Dayron observándonos fijamente desde el otro lado-.
-Buenas tardes a todos-saluda
entusiasta el anciano mientras se despoja de su gabardina, dejando a la vista
un extraño atuendo compuesto por unos pantalones y un chaleco de punto de un
rojo tan intenso que llega a dañar la vista-. ¿Cómo está el pequeño Dayron?
El anciano se acerca a la cama de
Dayron mientras se presenta como Flavio Casen y nos explica que pertenece a un
programa de animación del centro médico con el que tratan de fomentar la
lectura y a la vez alentar algo a los internos. Sol entra y yo decido seguirla,
decepcionado ante la nueva oportunidad perdida. No sé cuantas más tendré…
-Vaya, te han dado un buen golpe
¿no?-pregunta el anciano mientras abre el libro de color azul intenso sobre su
regazo.
-No es nada, soy más fuerte de lo
que parezco-dice Dayron mirando de reojo la reacción de mi prima Nadia-. Pero
los chicos que me pegaron son varios años mayores que yo…
-¿No te gustaría tener la
posibilidad de devolverles la afrenta? Puede que haya alguna manera…-dice el
viejo con aire misterioso. Puede que a Dayron consiga engatusarlo, pero a mí me
parece que lo está tratando como a un crío de cinco años.
-¿Hay alguna
posibilidad?-pregunta interesada Sol.
El anciano se sienta a los pies
de la cama de Dayron y agita en el aire el libro de cubierta azul con letras doradas.
-Os la leeré. Puede que la
respuesta esté en vuestra imaginación, en vuestros sueños.
Nos miramos incrédulos. Dayron y
Lorenz parecen interesados en el pintoresco anciano.
El anciano comienza a leer la
historia de un grupo de niños con diferentes problemas que conocen a un anciano
de descripción parecida a la suya (por lo que sospecho que su atuendo no es
aleatorio sino que está bien estudiado) que consigue que los niños les
confiesen sus deseos más ambicionados para cumplirlos y luego adueñarse de sus
almas. Al final uno de los niños descubre que se trata del diablo y logra vencerlo
antes de que los sueños de sus amigos sean engullidos por completo. En ciertos
momentos de la historia Sol me aprieta el brazo más cercano a su posición
debido a la tensión y lo retira en cuanto es consciente de lo que está haciendo
y que la observo serio (escondiendo un rubor que creo que me va a producir
fiebre). Nadia, sentada junto a Sol en el suelo mira de reojo y sonríe sin
mirar a ningún lado, siguiendo la historia del viejo Flavio.
-¿Os ha gustado?-pregunta el
viejo.
Lorenz y Dayron aplauden entusiastas
y Flavio les deja el libro para que ojeen los dibujos en él contenidos.
-Ahora, ¿qué os parece que
escribamos nuestra carta a los Reyes Magos?-propone Flavio.- Estamos en plena víspera
del día de Reyes. No se os puede hacer tarde.
-No somos niños pequeños,
señor-respondo cortante-.
-Eso no quiere decir que no
tengáis sueños ni ambiciones ¿no?-me contesta el anciano, comprensivo y sin
ofenderse por mi salida.- Seguro que hay algo que os gustaría tener, como los
protagonistas del libro. Podéis escribir vuestro deseo más intenso en un
papelito de papel y meterlo aquí-dice sacando una pequeña hucha del interior de
la gabardina que tenía colgada-. Si no creéis en este juego, si pensáis que no
hay ninguna esperanza de que vuestros sueños se cumplan, dejad el papel en
blanco. Puede que así admitáis que sois lo suficientemente mayores como para
haber perdido la ilusión por la magia…
Flavio enarca una ceja y se encoge
de hombros condescendiente.
-Tonterías-farfulla Sol-.
Todos cogemos un papel ante la
insistencia del viejo y mientras Lorenz y Dayron escriben a toda velocidad, la
adusta Nadia, Sol y yo dejamos varios minutos los papeles en blanco, mirándonos
entre nosotros pero sin atrevernos a llevar la iniciativa.
Es Nadia quien decide que aún no
es tan mayor como para dejar de hacer niñerías y escribe algo a escondidas.
Hecha el papel en la hucha en la que ya se encuentran el de Lorenz y Dayron y
no nos mira a ambos a la espera de alguna burla.
Me giro y decido que sí me queda
una última esperanza. Mis sueños. Escribo en el papel mi mayor deseo. Algo que
lo arreglaría todo. “Quiero estar sano y
fuerte. Quiero vivir.” Al volverme para echarlo en la hucha veo que Sol ya
ha doblado el suyo y lo introduce en la misma. Seguro que lo ha dejado en blanco
y se mofa de mí con el gesto.
Doblo con vergüenza el papel hasta
que queda tan pequeño que ni una sola letra se puede vislumbrar a través de los
dobleces y lo introduzco en la hucha.
-¿Veis? Aún no habéis perdido la
esperanza. Por eso seguís siendo felices-dice Flavio levantándose, colocándose
la gabardina de nuevo y abriendo la puerta de la habitación-. Aferraos a
vuestros sueños. Puede que algún día se cumplan…
Sale con una sonrisa sarcástica
que me eriza el pelo de la nuca. De mayor riéndose de unos inocentes niños.
Pasamos el resto de la tarde
escuchando a Dayron y Lorenz hablar sobre lo fantástico de la historia, de los
protagonistas de la misma y del pasmoso final en el que tan sólo uno de ellos
sobrevive. Yo jamás lo hubiera catalogado como un cuento para niños. No al
menos como uno que contar a un niño de doce años hospitalizado y a sus amigos.
Ese Flavio Casen era un viejo loco y fantasioso.
Alejo de mi pensamiento al viejo
excéntrico y recuerdo lo que casi ocurre antes. Sol evita mirarme siempre que
puede, clavando una gruesa estaca en mi estómago cada vez que nuestros ojos se
encuentran y desvía la mirada.
Nos despedimos de Dayron cuando
empieza a oscurecer y llega de nuevo Duke, que parece sostener en su cabeza el
peso del mundo. Se sienta cabizbajo junto a Dayron y le coge la mano como lo
haría con un enfermo terminal. Dayron se muerde el labio y nos despide agitando
la mano.
Arrastro la silla de ruedas de mi
hermano por la plaza de la Constitución mientras Nadia y Sol caminan delante,
hablando animadamente.
-¿Qué deseo escribiste,
Sol?-pregunta mi prima colocándose bien las gafas.
-Ninguno. Creo que eso son cosas
para críos…
Pienso que lo dice lo suficientemente
alto para que la escuche.
-Supongo-dice Nadia, herido su
orgullo-.
Lorenz eleva su mirada para
verme, torciendo el cuello de manera incómoda.
-¿El viejo Flavio nos mintió?
¿Jamás se cumplirán nuestros deseos?
Hago acopio de toda mi madurez
para olvidarme que Sol me toma como un crío por haber escrito algo en el papel
y convengo decir:
-Nunca podemos perder la
esperanza. ¿Es que valdría la pena vivir sin ella?
Para alguien a quien le quedan
pocos meses o puede que días y que toda esperanza se ha esfumado supongo que es
una reflexión bastante absurda.
Cuando los caminos de Sol y el de
Nadia, mi hermano y yo están a punto de separarse, mi prima me aparta de los
mandos de la silla de rueda y pide con insistencia que acompañe a Sol. Mientras,
ella tratará de calmar a sus padres por llegar tan tarde con mi pequeño y
enfermo hermano.
-No hace falta que vengas, Mark.
Sé muy bien el camino a mi casa-responde Sol-. La Villa Blanca es pequeña y
fría, pero no peligrosa.
Me quedo plantado viendo sus
pisadas dibujarse en la descendente y nevada calle Real, incapaz de moverme. Nadia
entrecierra los ojos tras sus gruesas gafas en una expresión de fingida ira que
resulta un tanto cómica. Maldita topo.
¿Por qué me obliga a hacer esto?
Alcanzo a Sol y camino junto a
ella en silencio, sin mediar palabra, disfrutando del placer de contradecir sus
peticiones. Llegamos a la puerta de su casa, una casa algo descompuesta con los
años de nevadas atípicas numerada con el 39 de esta calle. Ni siquiera se gira
mientras saca sus llaves a toda velocidad y las introduce en la puerta.
-Sol…
-Adiós, Mark. Gracias por
acompañarme.
Me deja sin aliento y con la
vista en la puerta cerrada con ella detrás. La imagino corriendo camino de su
habitación, evitando a sus padres, mi imagen lo último que debe aparecer en la
lista de sus posibles pensamientos antes de acostarse. Tal vez el día que muera
por esta maldita gripe consiga estar un día entero en sus pensamientos…
Vuelvo a casa en medio de la
nevada y ni siquiera me molesto en saludar a mis tíos antes de escabullirme
hacia mi habitación y acostarme, tapado hasta la cabeza, incapaz de nuevo de
confesar la verdad a Sol, ni siquiera a la espera de una muerte más que
probable.
Y puede que jamás vuelva a
despertarme.
CAP. 3 --> http://novelaelgenv.blogspot.com.es/2015/01/cuento-quid-pro-quo-cap-3.html
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