El agua empapa mis pies y mi barba aún sabe a la sangre del último animal que pude cazar. Tengo mucha sed pero el agua es salada. Mis ropas apenas se conservan en esta soleada playa desierta. Una isla hermosa, sería un error negarlo, pero que no ofrece ningún futuro apetecible para la vida. Las personas somos más adaptables de lo que podemos llegar a imaginar y he llegado a considerarla hogar. Un hogar soleado que me hace pensar que en el resto del mundo llueve todos los días sin respiro.
Me he parado a observarla miles de veces y aún no recuerdo con claridad cómo he llegado hasta aquí. Ni siquiera qué hacer en ella. He escuchado la historias de cientos de naufragios pero ninguno acababa en una isla como esta. Le he dado mil vueltas buscando una pista para identificarla con la que describían otros náufragos sin tener éxito. He buscado otros pasos en su arena, algún rastro de humanos pero, si alguien ha profanado alguna vez este lugar, se tomó la molestia de borrar sus huellas antes de desaparecer.
¿Acaso no es real, sólo el fruto de mi poderosa y testaruda mente? No. No, ya he tratado de creer eso. He tratado de cerrar los ojos y perderla de vista pero las piedras en su arena parecen elevarse y abalanzarse sobre mí para advertirme de que nada allí es un sueño. Es algo irreal. Ilógico. Inexplicable. Soy prisionero de la isla y no quiero escapar de ella.
“¿Qué diablos dices? Huye, huye lejos. El mundo es enorme.”
Es cierto. Quedarme podría ser un tormento infinito. Decido intentarlo una vez más. Tomo carrerilla, con cada zancada hundo mis pies en la húmeda arena y noto el frío agua cubrirme. Braceo con parsimonia y paciencia. En la constancia está la clave para escapar sin desfallecer. Incluso la temperatura del agua parece animarme a abandonar ese calvario, a encontrar aguas más cálidas. Noto por enésima vez que puedo escapar, que el mar vuelve a ser mi hogar.
Vuelvo a escuchar también por enésima vez ese canto trémulo, borroso, difícilmente inteligible que parece provenir de la propia isla y extenderse muy lejos de ella. No sé hasta qué distancia, nunca me deja adentrarme demasiado en el océano. O nunca quiero alejarme lo suficiente para ello. Quién sabe. Me giro en el agua y miro a tierra buscando su procedencia. Ni rastro de vida en ella. Pero comienzo a entender las palabras de su atrayente cántico. Quiero volver, tratar de encontrar la fuente de esa voz, calmarla, temiendo volver a darme de bruces con la desoladora realidad del deshabitado islote. Qué contradicción.
“¿Por qué cantas si de verdad quieres que me vaya? Cada uno de tus pequeñas notas son gritos para mí… ¿No eres culpable de las tormentas y tempestades, de las pedradas cuando cierro los ojos, de los tornados que me entierran en la arena? ¿No quieres provocar mi ira con tu desidia? ¡¿Por qué gritas si no quiero escucharte?!”
Puedo imaginar levemente que el fantasma de mi imagen continuará fingiendo que todo marcha bien en el barco al que pertenecí un día. Aquel del que los seres más cercanos a mí nunca me vieron caer o lanzarme y en el que no notaron mi ausencia mientras nadaba en dirección a la isla en busca de una salvación. Aquel fantasma me sustituyó aparentando normalidad y nadie se percató de mi verdadera ausencia. No les culpo. Yo mismo tallé esa figura usando el más pétreo material para que fuese irrompible, imperturbable. Aquella figura que ríe sin mesura, como si no pasara nada, resistiéndose a abandonar su rincón oscuro por temor a demostrar que a pesar de rígida es traslúcida y por ello la tripulación deba volver en mi búsqueda. Se mueve entre las sombras de la embarcación rehuyendo cuando quieren arrastrarlo hasta la luz que lo acuchillará.
Apenas unos cuantos han podido ver a través de mi fantasma e incapaces de ofrecer ayuda a un ser incorpóreo han querido que compartiese mi naufragio para hacerlo más llevadero. Ni siquiera sé en qué momento caí o me lancé al mar, no sé que vi, así que volver sobre los pasos del barco es inútil. En el agua no quedan marcados rastros.
Me vuelvo a volver y me decido por milésima vez: nadaré y nadaré hasta encontrar el navío y destruir ese maldito fantasma usurpador.
Y el día en que consiga abandonar esta isla y sus alrededores contaré lo maravillosa que es, turbado por el síndrome de Estocolmo o puede que por el entusiasta optimismo del que le es imposible sufrir con quinientas picaduras de abeja si con ello ha podido degustar la dulce miel de su panal. Porque, aunque pueble cada una de mis pesadillas también se ha convertido en escenario de mis más dulces e inconscientes sueños, esos donde la lógica queda enterrada para ofrecer una utopía inconcebible. Una explosión de felicidad tan ficticia como verdadera.
Dejaré esta isla atrás, tan sólo viva en mis más felices recuerdos de forma irónica. El pasado la absorberá tanto como su paradisíaco clima lo hizo conmigo y recordaré por siempre ese nombre que, jugando con las letras, he decidido darle: Zirel. Tal vez no sea el más bello ni sonoro pero para mí es perfecto. E incluso sabiendo que yo mismo he creado ese nombre todo el océano por donde he conseguido moverme parece saber ya que la isla ha sido bautizada así y cada susurro del viento, cada romper de ola me trae ese nombre recordándome donde estuve y aún no he llegado a escapar.
Braceo y braceo, y la corriente va siendo cada vez más débil…
Flavio Casen


