domingo, 9 de diciembre de 2012

Cap. 3


3

HUÍDA


 

                Ricard se quedó sorprendido ante la repentina llegada de su abuelo al castillo justo cuando se ponía el sol subido en su vieja carreta de madera tirada por dos mulos de pelaje marrón oscuro. Don Franco, como lo conocían en el pueblo, solía vestir con una túnica de color marrón oscuro con capucha con una cuerda del mismo tono a la altura de la cintura, unos pantalones largos y una camiseta blanca bajo la túnica. Tenía el pelo blanco sólo a los lados y la parte posterior de la cabeza y una barba corta del mismo color. Llevaba unas gafas pequeñas y redondas apoyadas siempre en la mitad de su tabique nasal que nada más que usaba para leer.

Franco dijo que se venía a quedar por unos días en el castillo para estudiar ciertos libros de la biblioteca real, a los que tenía acceso gracias a la amistad que tenía con Ramus. Ricard sabía que ambos superaban los sesenta años y se conocían desde pequeños gracias a las historias que le contó su abuelo, pero nunca los había visto hablar.

 

 

 

Fabiano Glyn, vestido de incógnito, acudía a una extraña cita en el bulevar de Auronzo aquella soleada tarde. Sus ojos era la única parte visible de su cuerpo, cuya cabeza tanto anhelaban ciertos forajidos e iba seguido a unos metros por tres de sus mejores soldados de la guardia real, todos ellos “neutrales”. Debía comprobar por sí mismo la veracidad de aquella amenaza, aquella proposición tan segura de poder.

Vio al extraño encapuchado de túnica marrón mirando hacia ningún lado y sentado en unos de los bancos orientados hacia el mar, donde numerosas embarcaciones permanecían ancladas a la costa. Tomó asiento a su lado con prudencia mientras que sus tres seguidores ocupaban otro banco situado a unos metros disimuladamente.

-Lo haremos esta noche-dijo el individuo con una voz grave que denotaba poder y sin mirarlo. De su perfil, escondido tras la capucha, tan sólo sobresalía una nariz aguileña y una pequeña perilla puntiaguda que nacía en su barbilla-.

-Pero yo no quiero tener nada que ver. Será algo entre ustedes y mis protectores-afirmó con rotundidad Fabiano a través del pañuelo que cubría su boca-. Sólo espero que el castillo no sufra grandes destrozos.

-¿Le preocupa los destrozos materiales más que los mentales? Subestima el poder de la mente humana. Un hombre estará más abatido tras la muerte de un ser querido que tras el derrumbamiento de su casa y sus posesiones.

Hablaba con una arrogancia y prepotencia rayana en lo impertinente. Rebosaba la confianza del que se sabe ganador antes de luchar. No temía estar solo, desprotegido, al contrario del rey, que no podía permitirse salir sin guardia hacia aquel extraño encuentro.

-¿Y cuáles son vuestros planes en caso de victoria?-Fabiano se había citado personalmente con aquel hombre en busca de mayor información. No podía permitir un ataque sorpresa a su guardia desconociendo si iba a salir ganando con ello. No es que ser protegido por aquellas personas le gustara, es más, odiaba saberse protegido gracias a gente maldita, pero aquello de “Rey por mandato divino” empezaba a analizarse entre los nuevos intelectuales en Eraclea. Necesitaba una protección segura y eficaz que le beneficiase y perpetuase su puesto dentro de sus descendientes.

-Querido amigo… -hizo una pausa para sonreír y giró la cara hacia el rey. Sus ojos color ámbar lo escrutaron con una mirada que parecía poder ver su alma. Reconoció aquel temible rostro y se quedó sin palabras.- Después de que a uno lo intenten asesinar no esperará que confíe en cualquier persona. No soy rencoroso, sólo… demasiado inteligente.

 

 

 

                Llegó la hora de cenar, y como de costumbre se sentaron en la mesa que estaba colocada en la cocina. Comparada con la mesa en la que comía la familia real en el comedor principal, de forma alargada y con varios tipos de cubiertos en cada sitio, a Ricard aquella le parecía una mesa de pobres. Pero pensaba en lo incómodo que sería sentarse en cada punta de una mesa tan alargada y tener que comer sin apenas poder comunicarte con tus acompañantes y pensaba que no era tan malo. Él siempre se sentaba junto a su madre, y su padre frente a ellos, ésta vez con el Franco a su lado.

-Abuelo, ¿sabes algo de Axel, Paolo, Allegra y Gianella? ¿Cómo están?-preguntó, ansioso por saber por sus únicos amigos-. Hace algunas semanas que no recibo cartas de ellos.

-Tranquilo, ellos están muy bien. El otro día Paolo me dijo que le gustaría alistarse en el ejército del rey para así poder verte más a menudo. Axel sigue queriendo aprender más y más, viene mucho a mi casa para que le enseñe cosas, será alguien de provecho en el futuro-sonrió, pensando seguramente en cómo influía en la vida de algunos jóvenes del pueblo, donde era considerado poco menos que un sabio-. Y bueno, Allegra y Gianella siguen siendo inseparables, aún siendo como el día y la noche, Gianella siempre tan alocada y despreocupada y Allegra tan tímida y amable. Definitivamente Gianella quiere dedicarse al cuidado de los animales y ya experimenta con fórmulas a partir de plantas autóctonas para sanarlos. Allegra quiere conocer cómo funciona la mente de las personas, y ya empieza a crear sus propias teorías sobre el comportamiento y las relaciones causa-efecto ante ciertos estímulos.

-Vaya, nadie diría que es un pueblo si conociéramos nada más que a esos chicos. Son muy ambiciosos y curiosos-dijo Diana algo sorprendida.

-Bueno, no olvides que tú también vienes de ese pueblo y mira donde has acabado gracias a tu pasión por la música. Ahora cantas en el teatro en las óperas de los mejores autores. Bueno, también ayudó el que me echaras el lazo cuando era joven, rico y tonto-bromeó Ariano con una sonrisa pícara en su rostro.

-Le debería haber echado el lazo a uno menos tonto, como el rey y ahora sería reina-dijo Diana con malicia ante el comentario de su marido despreciando su talento-.

-Siempre igual los dos-dijo el abuelo con exasperación-, no hay quien os pare.

                A Ricard le resultaban graciosas esas pequeñas puyas que se tiraban sus padres, ya que sabía que en el fondo no pensaban en absoluto lo que decían y que se tenían un mutuo cariño y respeto por encima de todo.

                Siguieron comiendo con total normalidad hasta que Ramus entró en la cocina dando un portazo y algo apresurado.

-¡¡Rápido Ariano ven conmigo, estamos sufriendo un ataque!!

                Ariano se levantó todo lo rápido que pudo y Franco lo siguió. A pesar de su edad era un hombre fuerte y experimentado que podía ser de ayuda, por lo que Ariano permitió que se uniera a él. Ricard y su madre también se levantaron y se dirigieron hacia la otra puerta de la cocina para dirigirse a su habitación. Esta poseía un pasadizo situado tras un grueso armario que era usado cuando el castillo era atacado para evacuar a las personas que no podían luchar. Había algunas estancias en el castillo que también contenían un pasadizo, como la del rey y el príncipe, como había podido leer en los planos del mismo que había sacado de la biblioteca, pero la más cercana era la de sus padres.

                A pesar de la situación de peligro Ricard no temía en absoluto por su padre: era un experto en la lucha con la espada. ¿Cómo si no podría ser el capitán general de la guardia del rey? A pesar de todo nunca lo había visto luchar, ya que era muy raro que atacaran el castillo siendo un lugar tan inexpugnable y bien protegido. Es más, sólo había tenido que usar ese pasadizo una vez cuando era más pequeño. Seguía a su madre por el estrecho pasadizo de paredes de piedra, que era iluminado por unas pequeñas antorchas situadas a cada lado cada cinco metros aproximadamente. Al inicio tenía una bifurcación que llevaba hacia las otras estancias con pasadizos. Olía a humedad y había restos de telas de araña en el techo, signo de que nadie lo había usado en varios años.

                Llegaron a una puerta de hierro, que Diana abrió con sus llaves y entraron en una estancia cuadrada amplia, iluminada por un gran candelabro colgado en el techo en el centro. Había tres pequeñas camas alineada y separadas por un par de metros cada una. También había una mesa de madera de roble justo debajo del candelabro que colgaba del techo y algunos muebles pegados a la pared repletos de cajones. Habían tres puertas a parte de por la que habían entrado, dos muy juntas justo frente a las camas que conducían hacia la despensa y un cuarto de baño y otra frente a la de entrada que llevaba tras varios cientos de metros a la colina de la montaña sobre la cual se erigía el castillo. La puerta de la despensa estaba abierta, y en ella supuso Ricard que estaría la persona que había encendido las antorchas del pasadizo y el candelabro. Aunque le extrañó la rapidez con la que había llegado, ya que habían ido todo lo rápido que había podido desde que los avisó Ramus.

                De la puerta que conducía a la despensa surgió un chico, algo mayor que Ricard, rubio, de pelo muy corto, cara ancha y redondeada y ojos azules que vestía un traje muy elegante de color azul con detalles de color blanco y dorado. Llevaba en la mano un bote con aceitunas abierto y comía algunas mientras andaba. Inmediatamente Diana le dedicó una reverencia.

-Saludos Majestad. Ha llegado usted muy rápido hasta aquí-apuntó Diana, aún con la cabeza agachada.

-La verdad es que mi padre me envió aquí hace un rato para que os avisara de que debéis huir del castillo rápidamente-recitó con una pasividad pasmosa, como si no tuviera en cuenta el significado de lo que acababa de decir. A continuación escupió al suelo el hueso de la aceituna que tragaba-. Por lo visto los atacantes no vienen por su cabeza, sino por la del capitán general de la guardia y él piensa que deberíais saberlo. Si sobrevive será una muestra de que merece conservar su puesto, y si no al menos cree que deberíais sobrevivir, al fin y al cabo sois unos simples civiles.

                Ricard no daba crédito a lo que estaba escuchando. Era la primera vez que veía al príncipe y no imaginaba que pudiera ser tan frío y desconsiderado dada las circunstancias. Al fin y al cabo aunque tampoco él era alguien muy sociable debido a su encierro casi permanente entre los muros del castillo, no se imaginaba dando la noticia a alguien de que su padre estaba en peligro de muerte con tal falta de consideración.

-Bueno, yo ya he cumplido con mi cometido, ahora si me disculpáis voy a comer algo, la espera se me ha hecho larga-dijo y se sentó en una de las sillas junto a la mesa del centro de la estancia.

-¡¿ES QUE NO VAS A MOVER NI UN DEDO MIENTRAS QUE MATAN AL RESPONSABLE DE LA SEGURIDAD DE TU PADRE?!-estalló Ricard y se dirigió hacia el príncipe-¡¿ACASO TE CREES TAN IMPORTANTE COMO PARA DEJAR DE LADO EL ASUNTO?!

-¡Ricard!-dijo su madre poniéndole el brazo izquierda en el pecho para evitar que avanzase.

                El príncipe se levantó entonces de la silla y se dirigió hacia él mirándolo fijamente a los ojos. Era un palmo más alto que Ricard, de la misma altura que Diana y más ancho y fuerte que ambos. Se paró a escasos centímetros de la cara de Ricard y le dijo:

-Bueno, no es la seguridad de mi padre la que corre peligro exactamente-una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro-. Así que no veo por qué motivo iba a molestarme.

                Resistiendo sus ganas por agredirle, teniendo en cuenta su corpulencia y la posición de su madre optó por su otra alternativa. Se giró y salió corriendo por la puerta de vuelta al castillo, dispuesto a avisar a su padre y tratar de ayudarlo en todo lo posible. Diana se giró también y lo llamó, y ante la inutilidad de su llamada lo siguió por el pasadizo.

                Corrió todo lo rápido que pudo y llegó a la habitación de sus padres habiendo dejado atrás a su madre. Abrió la puerta y se dirigió al lugar al aire libre más cercano que había: el patio de armas. Los pasillos del castillo estaban en total silencio y casi a oscuras y había algunas puertas de las habitaciones de los soldados que vivían en el mismo abiertas.

                Llegó a la puerta con rejas de hierro que conducía al patio de armas y la abrió, saliendo fuera. El aire era gélido y en el patio apenas se escuchaba ningún sonido, excepto del cubo metálico colgado de una cuerda en el pozo situado  en el centro del patio que se tambaleaba ligeramente de una lado a otro debido a la ligera brisa produciendo un sonido chirriante. Ricard se dirigió a una escalera de madera para llegar a lo alto de la muralla y para poder otear el horizonte para ver donde se situaba la pelea.

                De entre las sombras de la muralla, donde no llegaba la luz de la luna surgió una figura, justo delante de Ricard, que frenó su avance. Medía alrededor de metro sesenta y vestía unos pantalones azul oscuro y botas negras. Su torso lo cubría una camiseta negra con las mangas cortadas y su cabeza y cara exceptuando los ojos estaban ocultos tras una tela enrollada alrededor de la cabeza que le caía por la espalda a modo de capa, cubriéndole en parte los brazos desnudos. Tenía la piel de un tono moreno y destacaban sus ojos: amarillos y enormes, como los de un felino, apenas parpadeaban.

-¿Eres un soldado? ¡Rápido, llévame hacia donde esté mi padre por favor!-rogó Ricard.

                El hombre no habló, sino que echó su capa hacia detrás y sacó de su cinturón dos dagas plateadas con empuñadura negra y las agarró contrariamente a lo habitual: las sostenía fuertemente agarradas y apuntando hacia abajo. Ricard retrocedió asustado y tropezó con el escalón circular en el que estaba situado el pozo, cayendo sentado al suelo. ¿Era su fin? La figura flexionó brazos y piernas y se abalanzó sobre él.

                De la nada y con un sonido de una ráfaga de viento surgió algo enorme que empujó al encapuchado hacia la muralla, donde se estrelló y cayó al suelo. Ricard levantó la cabeza y vio algo que lo atemorizó aún más. De dos metros de altura, con dos alas enormes de plumas negras que le salían de la zona de los omóplatos, piel oscura y unos pantalones marrones que cubrían las piernas, el ser que acababa de aparecer le daba la espalda a escasos dos metros de donde había caído. El encapuchado se levantó con la camiseta rasgada y cuatro cortes en el pecho desde los que borbotaba sangre y una mano puesta sobre ellos. Miró al ser que acababa de agredirlo unos segundos y con una agilidad pasmosa saltó encima de la muralla de tres metros apoyando los brazos para impulsarse hasta perderse de vista al otro lado.

                La luz de la luna quedaba recortada por la figura de aquella criatura haciendo quedar a Ricard a la sombra de la misma. Paralizado por el miedo solo pudo observar cómo se daba la vuelta, dejando ver una cara angulosa y terrorífica, con unos cuernos que le crecían cerca de las sienes y que apuntaban hacia delante y unos ojos rojos con una minúscula pupila alargada.

-Tu padre te ha dicho muchas veces lo importante que es controlar tus sentimientos-masculló con una voz potente-.

                La figura empezó de repente a empequeñecer. Las alas se hundieron en la piel hasta desaparecer al igual que los cuernos. La cara recobró una apariencia humana familiar para Ricard y la masa muscular disminuyó hasta convertir aquel cuerpo poderoso que estaba delante de él unos segundos antes en el cuerpo de un anciano de estatura similar a la suya. Tan sólo le quedaban los pantalones y botas de su atuendo, aunque conservaba algunos jirones de la túnica y camiseta que solía llevar. Sonrió ante la cara de sorpresa de su nieto.

-¡¡ABUELO!!

-No grites, es peligroso-farfulló mirando al alrededor-. Debemos huir de aquí, todo ha sido una trampa. A los soldados les han ordenado no interferir en la lucha entre Querubines y los nuevos Ángeles celestiales y parece ser que han descubierto una manera de contrarrestarnos.

-¿Querubines? ¿Ángeles celestiales?-todo lo que acababa de decir su abuelo parecía un trabalenguas desconocido.- ¿Está mi padre a salvo?

                Diana llegó al patio de armas atropelladamente y observó a Ricard levantándose con la ayuda de su semidesnudo abuelo con alivio.

-Perfecto-dijo al ver llegar a Diana y se volvió a mirar a su nieto-. Es una historia un poco larga Ricard. Ahora lo que debemos hacer es huir de aquí. Sólo estorbaríamos a tu padre y sus compañeros.

-No vuelvas a huir de esa manera Ricard, podrías haber muerto, no seas tan inconsciente.

-Ya vale mamá, no me ha pasado nada-dijo ruborizándose. Sentía vergüenza de su comportamiento tan cobarde y de tener que darle la razón a su algo sobreprotectora madre-.

-Vamos, debemos salir fuera del castillo e ir a mi casa en Vezzano. Si todo sale bien tu padre nos mandará una carta con su paloma mensajera y podremos volver. Ahora lo importante es vuestra seguridad.

-¿Y qué hay de malo en esperar en la sala al final del pasadizo secreto?-preguntó Diana.

-En el peor de los casos si la Iglesia logra derrotarnos el Rey no perdería el tiempo a la hora de asegurarse la lealtad, ya que le proporcionarían seguridad a cambio de algún acuerdo, y no creo que tuviera ningún problema en indicarles dónde nos escondemos. Si andamos durante toda la noche llegaremos al amanecer al pueblo.

                Se pusieron en marcha todo lo rápido que pudieron, llegaron a la habitación, donde Franco se vistió con otra de sus túnicas y siguieron el pasadizo hasta donde se encontraba la puerta de la sala donde habían encontrado al príncipe anteriormente. Entraron y comprobaron que estaba desierta, aunque el candelabro en el centro seguía encendido. Entraron por la puerta que conducía a otro pasadizo, de aproximadamente un kilometro de largo, que les llevó fuera del castillo. El pasadizo estaba incrustado en la roca del monte en el que se situaba el castillo, situado en la parte norte de la ciudad y más alto que cualquier otro edificio de la misma, como una gran torre de vigilancia desde la que ver Auronzo completamente.

                Iniciaron la marcha a pie, dejando atrás el castillo y la ciudad. Tomaron dos caballos de una de las granjas que se encontraron en su camino  y avanzaron hacia el desierto situado al oeste de la ciudad. Tardaron varias horas en atravesarlo, debido a que el gélido ambiente que reinaba en ese momento de la noche en el desierto hacía que a los caballos les costase más seguir un ritmo elevado. A Ricard le parecía inverosímil como un lugar tan cálido durante el día podía convertirse en un infierno helado cuando oscurecía.

                Cuando lo atravesaron llegaron a una llanura que precedía a la montaña en la cual se encontraba Vezzano, y comenzaron a subir el serpenteante camino hacia el pueblo. Llegaron al pueblo cuando el sol salía habiendo abandonado los caballos robados para no levantar sospechas. Todo el pueblo estaba en silencio, apenas se escuchaban el canto de los gallos procedentes de algunas casas. Entraron en casa de Franco ateridos por el frío, encendieron un fuego en la chimenea para recuperar la temperatura y se sentaron delante de la misma. Ricard tenía un millón de preguntas que hacer después de lo vivido esa noche.

 

 

 

Fabiano Glyn había esperado toda la noche en su despacho personal la noticia sobre los vencedores de aquella singular batalla. Sus ojos estaban a punto de ceder ante su somnolencia, pero su mente no paraba de dar vueltas alrededor del mismo tema: su futuro más inmediato. Había estado escuchando los sonidos aterradores de la horrenda batalla que se libraba en su castillo llegando atravesando las gruesas paredes de la estancia y temiendo que llegase a ocupar aquel espacio.

Pasados cinco minutos desde que cesaron los ecos de la pugna entre los dos posibles bandos que lo servirían, la puerta de madera con remaches de hierro sonó y fue abierta sin esperar permiso. Supo el resultado de la contienda con tan sólo ver la conspicua presencia del hombre que entró en busca de su recompensa ante semejante hazaña.