3
HUÍDA
“El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura cuando
el peligro sobrepuja a la esperanza.” (Miguel de Cervantes Saavedra)
Ricard
se quedó sorprendido ante la repentina llegada de su abuelo al castillo justo
cuando se ponía el sol subido en su vieja carreta de madera tirada por dos
mulos de pelaje marrón oscuro. Don Franco, como lo conocían en el pueblo, solía
vestir con una túnica de color marrón oscuro con capucha con una cuerda del
mismo tono a la altura de la cintura, unos pantalones largos y una camiseta
blanca bajo la túnica. Tenía el pelo blanco sólo a los lados y la parte
posterior de la cabeza y una barba corta del mismo color. Llevaba unas gafas
pequeñas y redondas apoyadas siempre en la mitad de su tabique nasal que nada
más que usaba para leer.
Franco dijo
que se venía a quedar por unos días en el castillo para estudiar ciertos libros
de la biblioteca real, a los que tenía acceso gracias a la amistad que tenía
con Ramus. Ricard sabía que ambos superaban los sesenta años y se conocían
desde pequeños gracias a las historias que le contó su abuelo, pero nunca los
había visto hablar.
Fabiano Glyn,
vestido de incógnito, acudía a una extraña cita en el bulevar de Auronzo
aquella soleada tarde. Sus ojos era la única parte visible de su cuerpo, cuya
cabeza tanto anhelaban ciertos forajidos e iba seguido a unos metros por tres
de sus mejores soldados de la guardia real, todos ellos “neutrales”. Debía
comprobar por sí mismo la veracidad de aquella amenaza, aquella proposición tan
segura de poder.
Vio al extraño encapuchado de túnica marrón
mirando hacia ningún lado y sentado en unos de los bancos orientados hacia el
mar, donde numerosas embarcaciones permanecían ancladas a la costa. Tomó
asiento a su lado con prudencia mientras que sus tres seguidores ocupaban otro
banco situado a unos metros disimuladamente.
-Lo haremos esta noche-dijo el individuo con
una voz grave que denotaba poder y sin mirarlo. De su perfil, escondido tras la
capucha, tan sólo sobresalía una nariz aguileña y una pequeña perilla puntiaguda
que nacía en su barbilla-.
-Pero yo no quiero tener nada que ver. Será
algo entre ustedes y mis protectores-afirmó con rotundidad Fabiano a través del
pañuelo que cubría su boca-. Sólo espero que el castillo no sufra grandes
destrozos.
-¿Le preocupa los destrozos materiales más que
los mentales? Subestima el poder de la mente humana. Un hombre estará más
abatido tras la muerte de un ser querido que tras el derrumbamiento de su casa
y sus posesiones.
Hablaba con una arrogancia y prepotencia rayana
en lo impertinente. Rebosaba la confianza del que se sabe ganador antes de
luchar. No temía estar solo, desprotegido, al contrario del rey, que no podía
permitirse salir sin guardia hacia aquel extraño encuentro.
-¿Y cuáles son vuestros planes en caso de
victoria?-Fabiano se había citado personalmente con aquel hombre en busca de
mayor información. No podía permitir un ataque sorpresa a su guardia
desconociendo si iba a salir ganando con ello. No es que ser protegido por
aquellas personas le gustara, es más, odiaba saberse protegido gracias a gente
maldita, pero aquello de “Rey por mandato divino” empezaba a analizarse entre
los nuevos intelectuales en Eraclea. Necesitaba una protección segura y eficaz
que le beneficiase y perpetuase su puesto dentro de sus descendientes.
-Querido
amigo… -hizo una pausa para sonreír y giró la cara hacia el rey. Sus ojos color
ámbar lo escrutaron con una mirada que parecía poder ver su alma. Reconoció
aquel temible rostro y se quedó sin palabras.- Después de que a uno lo intenten
asesinar no esperará que confíe en cualquier persona. No soy rencoroso, sólo…
demasiado inteligente.
Llegó
la hora de cenar, y como de costumbre se sentaron en la mesa que estaba colocada
en la cocina. Comparada con la mesa en la que comía la familia real en el
comedor principal, de forma alargada y con varios tipos de cubiertos en cada
sitio, a Ricard aquella le parecía una mesa de pobres. Pero pensaba en lo
incómodo que sería sentarse en cada punta de una mesa tan alargada y tener que
comer sin apenas poder comunicarte con tus acompañantes y pensaba que no era
tan malo. Él siempre se sentaba junto a su madre, y su padre frente a ellos,
ésta vez con el Franco a su lado.
-Abuelo,
¿sabes algo de Axel, Paolo, Allegra y Gianella? ¿Cómo están?-preguntó, ansioso
por saber por sus únicos amigos-. Hace algunas semanas que no recibo cartas de
ellos.
-Tranquilo,
ellos están muy bien. El otro día Paolo me dijo que le gustaría alistarse en el
ejército del rey para así poder verte más a menudo. Axel sigue queriendo
aprender más y más, viene mucho a mi casa para que le enseñe cosas, será
alguien de provecho en el futuro-sonrió, pensando seguramente en cómo influía
en la vida de algunos jóvenes del pueblo, donde era considerado poco menos que
un sabio-. Y bueno, Allegra y Gianella siguen siendo inseparables, aún siendo
como el día y la noche, Gianella siempre tan alocada y despreocupada y Allegra
tan tímida y amable. Definitivamente Gianella quiere dedicarse al cuidado de
los animales y ya experimenta con fórmulas a partir de plantas autóctonas para
sanarlos. Allegra quiere conocer cómo funciona la mente de las personas, y ya
empieza a crear sus propias teorías sobre el comportamiento y las relaciones
causa-efecto ante ciertos estímulos.
-Vaya, nadie
diría que es un pueblo si conociéramos nada más que a esos chicos. Son muy
ambiciosos y curiosos-dijo Diana algo sorprendida.
-Bueno, no
olvides que tú también vienes de ese pueblo y mira donde has acabado gracias a
tu pasión por la música. Ahora cantas en el teatro en las óperas de los mejores
autores. Bueno, también ayudó el que me echaras el lazo cuando era joven, rico
y tonto-bromeó Ariano con una sonrisa pícara en su rostro.
-Le debería
haber echado el lazo a uno menos tonto, como el rey y ahora sería reina-dijo Diana
con malicia ante el comentario de su marido despreciando su talento-.
-Siempre igual
los dos-dijo el abuelo con exasperación-, no hay quien os pare.
A
Ricard le resultaban graciosas esas pequeñas puyas que se tiraban sus padres,
ya que sabía que en el fondo no pensaban en absoluto lo que decían y que se
tenían un mutuo cariño y respeto por encima de todo.
Siguieron
comiendo con total normalidad hasta que Ramus entró en la cocina dando un
portazo y algo apresurado.
-¡¡Rápido
Ariano ven conmigo, estamos sufriendo un ataque!!
Ariano
se levantó todo lo rápido que pudo y Franco lo siguió. A pesar de su edad era
un hombre fuerte y experimentado que podía ser de ayuda, por lo que Ariano permitió
que se uniera a él. Ricard y su madre también se levantaron y se dirigieron
hacia la otra puerta de la cocina para dirigirse a su habitación. Esta poseía
un pasadizo situado tras un grueso armario que era usado cuando el castillo era
atacado para evacuar a las personas que no podían luchar. Había algunas
estancias en el castillo que también contenían un pasadizo, como la del rey y
el príncipe, como había podido leer en los planos del mismo que había sacado de
la biblioteca, pero la más cercana era la de sus padres.
A
pesar de la situación de peligro Ricard no temía en absoluto por su padre: era
un experto en la lucha con la espada. ¿Cómo si no podría ser el capitán general
de la guardia del rey? A pesar de todo nunca lo había visto luchar, ya que era
muy raro que atacaran el castillo siendo un lugar tan inexpugnable y bien
protegido. Es más, sólo había tenido que usar ese pasadizo una vez cuando era
más pequeño. Seguía a su madre por el estrecho pasadizo de paredes de piedra,
que era iluminado por unas pequeñas antorchas situadas a cada lado cada cinco
metros aproximadamente. Al inicio tenía una bifurcación que llevaba hacia las
otras estancias con pasadizos. Olía a humedad y había restos de telas de araña
en el techo, signo de que nadie lo había usado en varios años.
Llegaron
a una puerta de hierro, que Diana abrió con sus llaves y entraron en una
estancia cuadrada amplia, iluminada por un gran candelabro colgado en el techo
en el centro. Había tres pequeñas camas alineada y separadas por un par de metros
cada una. También había una mesa de madera de roble justo debajo del candelabro
que colgaba del techo y algunos muebles pegados a la pared repletos de cajones.
Habían tres puertas a parte de por la que habían entrado, dos muy juntas justo
frente a las camas que conducían hacia la despensa y un cuarto de baño y otra
frente a la de entrada que llevaba tras varios cientos de metros a la colina de
la montaña sobre la cual se erigía el castillo. La puerta de la despensa estaba
abierta, y en ella supuso Ricard que estaría la persona que había encendido las
antorchas del pasadizo y el candelabro. Aunque le extrañó la rapidez con la que
había llegado, ya que habían ido todo lo rápido que había podido desde que los
avisó Ramus.
De
la puerta que conducía a la despensa surgió un chico, algo mayor que Ricard,
rubio, de pelo muy corto, cara ancha y redondeada y ojos azules que vestía un
traje muy elegante de color azul con detalles de color blanco y dorado. Llevaba
en la mano un bote con aceitunas abierto y comía algunas mientras andaba.
Inmediatamente Diana le dedicó una reverencia.
-Saludos
Majestad. Ha llegado usted muy rápido hasta aquí-apuntó Diana, aún con la
cabeza agachada.
-La verdad es
que mi padre me envió aquí hace un rato para que os avisara de que debéis huir
del castillo rápidamente-recitó con una pasividad pasmosa, como si no tuviera
en cuenta el significado de lo que acababa de decir. A continuación escupió al
suelo el hueso de la aceituna que tragaba-. Por lo visto los atacantes no
vienen por su cabeza, sino por la del capitán general de la guardia y él piensa
que deberíais saberlo. Si sobrevive será una muestra de que merece conservar su
puesto, y si no al menos cree que deberíais sobrevivir, al fin y al cabo sois unos
simples civiles.
Ricard
no daba crédito a lo que estaba escuchando. Era la primera vez que veía al
príncipe y no imaginaba que pudiera ser tan frío y desconsiderado dada las
circunstancias. Al fin y al cabo aunque tampoco él era alguien muy sociable debido
a su encierro casi permanente entre los muros del castillo, no se imaginaba
dando la noticia a alguien de que su padre estaba en peligro de muerte con tal
falta de consideración.
-Bueno, yo ya
he cumplido con mi cometido, ahora si me disculpáis voy a comer algo, la espera
se me ha hecho larga-dijo y se sentó en una de las sillas junto a la mesa del
centro de la estancia.
-¡¿ES QUE NO
VAS A MOVER NI UN DEDO MIENTRAS QUE MATAN AL RESPONSABLE DE LA SEGURIDAD DE TU
PADRE?!-estalló Ricard y se dirigió hacia el príncipe-¡¿ACASO TE CREES TAN
IMPORTANTE COMO PARA DEJAR DE LADO EL ASUNTO?!
-¡Ricard!-dijo
su madre poniéndole el brazo izquierda en el pecho para evitar que avanzase.
El
príncipe se levantó entonces de la silla y se dirigió hacia él mirándolo fijamente
a los ojos. Era un palmo más alto que Ricard, de la misma altura que Diana y
más ancho y fuerte que ambos. Se paró a escasos centímetros de la cara de Ricard
y le dijo:
-Bueno, no es
la seguridad de mi padre la que corre peligro exactamente-una sonrisa maliciosa
se dibujó en su rostro-. Así que no veo por qué motivo iba a molestarme.
Resistiendo
sus ganas por agredirle, teniendo en cuenta su corpulencia y la posición de su
madre optó por su otra alternativa. Se giró y salió corriendo por la puerta de
vuelta al castillo, dispuesto a avisar a su padre y tratar de ayudarlo en todo
lo posible. Diana se giró también y lo llamó, y ante la inutilidad de su
llamada lo siguió por el pasadizo.
Corrió
todo lo rápido que pudo y llegó a la habitación de sus padres habiendo dejado
atrás a su madre. Abrió la puerta y se dirigió al lugar al aire libre más
cercano que había: el patio de armas. Los pasillos del castillo estaban en
total silencio y casi a oscuras y había algunas puertas de las habitaciones de
los soldados que vivían en el mismo abiertas.
Llegó
a la puerta con rejas de hierro que conducía al patio de armas y la abrió,
saliendo fuera. El aire era gélido y en el patio apenas se escuchaba ningún
sonido, excepto del cubo metálico colgado de una cuerda en el pozo situado en el centro del patio que se tambaleaba
ligeramente de una lado a otro debido a la ligera brisa produciendo un sonido
chirriante. Ricard se dirigió a una escalera de madera para llegar a lo alto de
la muralla y para poder otear el horizonte para ver donde se situaba la pelea.
De
entre las sombras de la muralla, donde no llegaba la luz de la luna surgió una
figura, justo delante de Ricard, que frenó su avance. Medía alrededor de metro
sesenta y vestía unos pantalones azul oscuro y botas negras. Su torso lo cubría
una camiseta negra con las mangas cortadas y su cabeza y cara exceptuando los
ojos estaban ocultos tras una tela enrollada alrededor de la cabeza que le caía
por la espalda a modo de capa, cubriéndole en parte los brazos desnudos. Tenía
la piel de un tono moreno y destacaban sus ojos: amarillos y enormes, como los
de un felino, apenas parpadeaban.
-¿Eres un
soldado? ¡Rápido, llévame hacia donde esté mi padre por favor!-rogó Ricard.
El
hombre no habló, sino que echó su capa hacia detrás y sacó de su cinturón dos
dagas plateadas con empuñadura negra y las agarró contrariamente a lo habitual:
las sostenía fuertemente agarradas y apuntando hacia abajo. Ricard retrocedió
asustado y tropezó con el escalón circular en el que estaba situado el pozo,
cayendo sentado al suelo. ¿Era su fin? La figura flexionó brazos y piernas y se
abalanzó sobre él.
De
la nada y con un sonido de una ráfaga de viento surgió algo enorme que empujó
al encapuchado hacia la muralla, donde se estrelló y cayó al suelo. Ricard
levantó la cabeza y vio algo que lo atemorizó aún más. De dos metros de altura,
con dos alas enormes de plumas negras que le salían de la zona de los omóplatos,
piel oscura y unos pantalones marrones que cubrían las piernas, el ser que
acababa de aparecer le daba la espalda a escasos dos metros de donde había
caído. El encapuchado se levantó con la camiseta rasgada y cuatro cortes en el
pecho desde los que borbotaba sangre y una mano puesta sobre ellos. Miró al ser
que acababa de agredirlo unos segundos y con una agilidad pasmosa saltó encima
de la muralla de tres metros apoyando los brazos para impulsarse hasta perderse
de vista al otro lado.
La
luz de la luna quedaba recortada por la figura de aquella criatura haciendo
quedar a Ricard a la sombra de la misma. Paralizado por el miedo solo pudo
observar cómo se daba la vuelta, dejando ver una cara angulosa y terrorífica,
con unos cuernos que le crecían cerca de las sienes y que apuntaban hacia
delante y unos ojos rojos con una minúscula pupila alargada.
-Tu padre te
ha dicho muchas veces lo importante que es controlar tus sentimientos-masculló
con una voz potente-.
La
figura empezó de repente a empequeñecer. Las alas se hundieron en la piel hasta
desaparecer al igual que los cuernos. La cara recobró una apariencia humana
familiar para Ricard y la masa muscular disminuyó hasta convertir aquel cuerpo
poderoso que estaba delante de él unos segundos antes en el cuerpo de un
anciano de estatura similar a la suya. Tan sólo le quedaban los pantalones y
botas de su atuendo, aunque conservaba algunos jirones de la túnica y camiseta
que solía llevar. Sonrió ante la cara de sorpresa de su nieto.
-¡¡ABUELO!!
-No grites, es
peligroso-farfulló mirando al alrededor-. Debemos huir de aquí, todo ha sido
una trampa. A los soldados les han ordenado no interferir en la lucha entre Querubines
y los nuevos Ángeles celestiales y parece ser que han descubierto una manera de
contrarrestarnos.
-¿Querubines?
¿Ángeles celestiales?-todo lo que acababa de decir su abuelo parecía un
trabalenguas desconocido.- ¿Está mi padre a salvo?
Diana
llegó al patio de armas atropelladamente y observó a Ricard levantándose con la
ayuda de su semidesnudo abuelo con alivio.
-Perfecto-dijo
al ver llegar a Diana y se volvió a mirar a su nieto-. Es una historia un poco
larga Ricard. Ahora lo que debemos hacer es huir de aquí. Sólo estorbaríamos a
tu padre y sus compañeros.
-No vuelvas a
huir de esa manera Ricard, podrías haber muerto, no seas tan inconsciente.
-Ya vale mamá,
no me ha pasado nada-dijo ruborizándose. Sentía vergüenza de su comportamiento
tan cobarde y de tener que darle la razón a su algo sobreprotectora madre-.
-Vamos,
debemos salir fuera del castillo e ir a mi casa en Vezzano. Si todo sale bien
tu padre nos mandará una carta con su paloma mensajera y podremos volver. Ahora
lo importante es vuestra seguridad.
-¿Y qué hay de
malo en esperar en la sala al final del pasadizo secreto?-preguntó Diana.
-En el peor de
los casos si la Iglesia logra derrotarnos el Rey no perdería el tiempo a la
hora de asegurarse la lealtad, ya que le proporcionarían seguridad a cambio de
algún acuerdo, y no creo que tuviera ningún problema en indicarles dónde nos
escondemos. Si andamos durante toda la noche llegaremos al amanecer al pueblo.
Se
pusieron en marcha todo lo rápido que pudieron, llegaron a la habitación, donde
Franco se vistió con otra de sus túnicas y siguieron el pasadizo hasta donde se
encontraba la puerta de la sala donde habían encontrado al príncipe
anteriormente. Entraron y comprobaron que estaba desierta, aunque el candelabro
en el centro seguía encendido. Entraron por la puerta que conducía a otro
pasadizo, de aproximadamente un kilometro de largo, que les llevó fuera del
castillo. El pasadizo estaba incrustado en la roca del monte en el que se
situaba el castillo, situado en la parte norte de la ciudad y más alto que
cualquier otro edificio de la misma, como una gran torre de vigilancia desde la
que ver Auronzo completamente.
Iniciaron
la marcha a pie, dejando atrás el castillo y la ciudad. Tomaron dos caballos de
una de las granjas que se encontraron en su camino y avanzaron hacia el desierto situado al oeste
de la ciudad. Tardaron varias horas en atravesarlo, debido a que el gélido
ambiente que reinaba en ese momento de la noche en el desierto hacía que a los
caballos les costase más seguir un ritmo elevado. A Ricard le parecía
inverosímil como un lugar tan cálido durante el día podía convertirse en un
infierno helado cuando oscurecía.
Cuando
lo atravesaron llegaron a una llanura que precedía a la montaña en la cual se
encontraba Vezzano, y comenzaron a subir el serpenteante camino hacia el
pueblo. Llegaron al pueblo cuando el sol salía habiendo abandonado los caballos
robados para no levantar sospechas. Todo el pueblo estaba en silencio, apenas
se escuchaban el canto de los gallos procedentes de algunas casas. Entraron en
casa de Franco ateridos por el frío, encendieron un fuego en la chimenea para
recuperar la temperatura y se sentaron delante de la misma. Ricard tenía un
millón de preguntas que hacer después de lo vivido esa noche.
Fabiano Glyn
había esperado toda la noche en su despacho personal la noticia sobre los
vencedores de aquella singular batalla. Sus ojos estaban a punto de ceder ante
su somnolencia, pero su mente no paraba de dar vueltas alrededor del mismo
tema: su futuro más inmediato. Había estado escuchando los sonidos aterradores
de la horrenda batalla que se libraba en su castillo llegando atravesando las
gruesas paredes de la estancia y temiendo que llegase a ocupar aquel espacio.
Pasados cinco
minutos desde que cesaron los ecos de la pugna entre los dos posibles bandos
que lo servirían, la puerta de madera con remaches de hierro sonó y fue abierta
sin esperar permiso. Supo el resultado de la contienda con tan sólo ver la conspicua
presencia del hombre que entró en busca de su recompensa ante semejante hazaña.
No hay comentarios:
Publicar un comentario