2
ADIESTRAMIENTO
“No es tarea
fácil educar jóvenes, adiestrarlos, en cambio, es muy sencillo." (Rabindranath Tagore)
7 AÑOS ANTES
Era
temprano y Ricard corría por el pasillo del castillo que conducía hacia la
estancia donde dormían sus padres, con energías renovadas tras haber dormido.
Tenía unas ganas enormes de volver a practicar con la espada, aprender a
dominarla para conseguir llegar a su objetivo: pertenecer a la guardia del Rey,
de la que su padre era capitán general y poder luchar contra esas extrañas
criaturas que su padre le había descrito. Su padre le prometió que se
encargaría de su adiestramiento en los momentos en los que no tuviera que
cumplir con ninguna misión y aquel era el momento perfecto. La vida en el
castillo era terriblemente aburrida, ya que no había más niños viviendo en el
mismo aparte de él, que vivía con sus padres gracias al favor que prestaba su
padre al rey y además era hijo único. Al menos que él conociese, ya que en
alguna ocasión había oído hablar sobre el hijo del rey, pero en sus trece años
de vida no recordaba haberlo visto en ninguna ocasión. Suponía que, tal como le
había dicho su padre, el ser el sucesor directo del rey supondría una serie de
responsabilidades para las que debía estar preparado, por lo que sus ocupaciones
lo obligarían a obviar que existía la diversión en el mundo.
El
adiestramiento era en aquellos momentos lo único que lo motivaba. El tener un
objetivo en la vida suponía para él una razón para levantarse y esforzarse
dentro de aquel ambiente de internamiento en el que vivía. No tenía amigos de
su edad cerca, ya que sus padres le tenían prohibido salir de los terrenos del
castillo real, donde convivía con los miembros de la familia real, pero al no
compartir estancia nunca con ellos en su vida cotidiana tan sólo conocía a
algunos de vista, pero aún así le era difícil recordar el nombre de algunos.
Sus padres solían decir que Auronzo, la ciudad donde vivían y capital de
Eraclea era demasiado peligrosa y grande para un chico como él, por lo que su
padre aceptó el entrenarlo para la guardia real, pues lo convertiría en alguien
fuerte. En sus visitas a su único abuelo vivo, que vivía en un pueblo llamado
Vezzano situado en las montañas, a ochenta kilómetros de la ciudad, había
conocido a dos chicos y dos chicas con los que había congeniado bastante bien y
a los que solía escribir, pues echaba mucho de menos en el castillo. No tenía
permitido invitarlos al castillo al ser simples pueblerinos y es algo que le
frustraba.
Llegó
a la habitación, tocó la puerta en varias ocasiones y escuchó la voz de su
padre dándole permiso para entrar en los aposentos. Entró y comprobó que su
padre se estaba poniendo su sayo negro, demostrando que ese día estaba
dispuesto a seguir con el adiestramiento. Su madre, ya vestida con su traje de
corsé blanco con la falda roja larga y una camisola blanca de manga corta
debajo abría la ventana y recogía las botas negras de su padre para dárselas. Llevaba
el pelo castaño largo recogido en una trenza que le caía por la espalda.
-¡Vaya, como
se nota que tienes ganas de empezar! Casi no esperas a que amanezca para venir
a buscar a tu padre-dijo mientras entregaba las botas a Ariano, su esposo-.
-Si tuviera
algo mejor que hacer… -dijo con un deje de exasperación- Lo único que puedo
hacer es estudiar en la biblioteca y entrenar. Y cuando el príncipe tiene clase
con Ramus no me dejan estar allí.
-Está bien, ve
al patio de armas mientras me termino de vestir Ricard. Ve sacando del almacén
las espadas de madera para la práctica. En un momento estaré allí.
-Ten cuidado
por favor-advirtió Diana-.
-Ya no soy un
niño mamá-le molestaba que aún lo tratara como un niño, aunque debido a que era
hijo único era algo comprensible que lo protegiera-.
-Tampoco eres
un hombre-dijo sonriendo-.
Ricard
salió de la habitación y se dirigió al patio de armas por el largo pasillo.
Colgados en las paredes de piedra había candelabros que iluminaban el recorrido
y cuadros con retratos pintados de anteriores reyes de la región. Reconocía a
algunos de los más ilustres, pues había leído sobre la historia de la región en
la biblioteca del castillo.
Giró al final
del pasillo y se detuvo ante la visión de una figura con una túnica con capucha
de color marrón oscuro, situada de espaldas a él a escasos tres metros. Estaba
situado frente a la puerta de madera de la habitación de estudio del consejero
del rey, Ramus y pareció no percatarse de su presencia mientras esperaba
totalmente inmóvil. De repente la puerta comenzó a abrirse y Ricard sintió el
impulso de esconderse, por lo que volvió sobre sus pasos para esconderse en la
esquina de la pared. Pensó que no debía estar allí por alguna razón y decidió
volver para esperar a su padre, pero la curiosidad por saber quién era aquel
hombre y de qué habría venido a hablar con Ramus lo mantuvo donde estaba.
-Buenos días
Ramus. Me gustaría conocer cuál es la respuesta del rey a mi propuesta. Supongo
que habrá tenido tiempo de estudiarla en esta semana ¿verdad?-dijo el
encapuchado, con una voz espectacularmente grave-.
-Sabe que es
una decisión difícil, y no exenta de riesgo el optar por ella, por lo que
espero que entienda de la indecisión actual del rey-respondió con voz calmada
Ramus-.
-Nuestra
familia es cada vez más grande dentro de este reino, cada vez son más nuestros
simpatizantes. Representamos el bien para el pueblo y debe tener en cuenta que
no serviría una campaña para desprestigiarnos. Sólo hacemos buenas acciones,
estamos al servicio del pueblo, pero el tema es que el pueblo no es rentable a
nuestros intereses. De poco nos sirve ser buenos si eso no se traduce una buena
vida para nosotros y nuestros seguidores. Por mucho que prediquemos que
actuamos por el bien de la humanidad no es menos cierto que el ser humano es
egoísta por naturaleza y no es capaz de dar bien sin esperar nada a cambio.
Necesitamos de nuevo la voz del rey para proclamar nuestras virtudes y
bondades.
-Tenemos
conocimiento sobre eso, pero el actual pacto es difícil de romper. Debéis
demostrar vuestras capacidades, el rey no puede equivocarse en su elección, no
puede estar en el lado débil.
-Está bien, si
es lo que necesitáis…
Ricard
retrocedió ante el sonido de pasos del encapuchado, que parecía alejarse, y se
dispuso a volver a empezar la marcha hacia el patio de armas, disimulando lo
mejor que podía. Ramus avanzó hacia donde él venía y se encontraron justo en la
esquina. Ramus se sorprendió al encontrárselo y echó una mirada mientras se
alejaba en dirección contraria a la suya.
La
enigmática conversación que acababa de escuchar lo hizo pensar. ¿Qué pacto era
el que tenía el rey y en qué consistía? ¿Quién era y a qué extraña organización
pertenecía el encapuchado? Se daba cuenta de cuánto le faltaba por conocer del
mundo en el que vivía y de lo que necesitaba salir de aquel castillo para
obtener conocimientos.
Llegó
sin darse cuenta al patio de armas y sacó del almacén las dos espadas de madera
y dos cotas de malla y se puso una de ellas sobre su casaca. Cuando salió de
nuevo su padre ya había llegado. Se puso su cota de malla, cogió la espada y se
puso a hacer movimientos amplios con ella para calentar sus músculos. A Ricard
le impacientaba todo ese ritual, aunque su padre le recordaba que era
importante prepararse antes de empezar el entrenamiento.
-Empecemos ya
papá, hoy conseguiré desarmarte, me siento más fuerte.
-Recuerda lo
que siempre te digo Ricard-masculló Ariano-. La clave para ser un buen guerrero
es…
-“Conoce a los
demás y serás un erudito, conócete a ti mismo y serás un sabio. Controla a los
demás y serás poderoso, contrólate a ti mismo y serás invencible.”-enunció con
desgana.
-Un día
entenderás el significado de este dicho. Sin experiencia todo son prejuicios y
conocimientos previos inservibles y que complican el entendimiento.
Ricard
admiraba la sabiduría de su padre, sentía un gran respeto por como un hombre
que se dedicaba a la lucha por la protección de la monarquía tenía tantos
conocimientos. Ya desde pequeño, frases como “Ya lo entenderás cuando seas
mayor” le había provocado una curiosidad y ansias por saber que lo habían
motivado a estudiar y leer los libros de la biblioteca. Eran como pequeños
retos a su orgullo el que lo tratase como un ignorante aprendiz que aún no
podía comprender algunas leyes vitales.
-Comencemos, y
recuerda controlarte o lo pasarás mal- advirtió con una sonrisa en la cara-.
Ricard
se lanzó inmediatamente hacia su padre, que con un simple movimiento esquivó su
estocada y lo golpeó en la espalda haciéndolo caer. Rodó por el suelo y se
incorporó.
-Eso es
justamente lo que no debes hacer. No te lances sin miramientos, estudia a tu
rival o usará tu fuerza contra ti.
El
golpe que se había dado con la caída lo había hecho enfadarse un poco, con lo
que no prestó atención a las palabras de su padre. Se lanzó de nuevo dando
bandazos con la espada de madera, que sólo producía un sonido seco cada vez que
golpeaba la de su padre, que hábilmente paraba sus acometidas mientras
retrocedía. Finalmente y con un movimiento lateral esquivó a su hijo y lo
golpeó en la pierna derecha, haciéndolo caer.
El
dolor en la rodilla de Ricard fue tan agudo que tuvo que cerrar los ojos. De
pronto una sensación cálida lo invadió y escuchó a alguien susurrándole muy
bajo: “Déjame ayudarte, libera tu ira, yo acabaré con él…”. Abrió los ojos.
Ariano lo miró mientras se levantaba y vio como el iris de Ricard había tornado
de color rojo y su pupila era una simple rendija negra. Temblaba y lo miraba
fijamente, sin parpadear. Las venas en la sien palpitaban fuertemente y a ritmo
acelerado.
Ricard
veía una pequeña llama roja recorriendo el cuerpo de su padre y podía captar
detalles de su alrededor de forma increíblemente nítida. Su vista parecía haber
mejorado por momentos, como la de un águila surcando las alturas mientras
captando los más sutiles movimientos a cientos de metros.
-Está bien por
hoy hijo-murmuró tranquilamente-. Date un baño y acompaña a tu madre en las
tareas que tenga que realizar. Debo realizar un recado.
Ariano
dejó la cota de malla y la espada en el almacén y volvió a salir al patio,
donde Ricard continuaba de pie y mirándolo fijamente, aunque había dejado de
temblar. Debía dejarlo recuperarse, que se tranquilizara. Era demasiado joven
para soportarlo, sería problemático que fuera a más.
-Lleva tus
cosas al almacén. Perdona si te ha dolido el último golpe, pero quiero que te
des cuenta de lo importante que es dejar fuera los sentimientos en la lucha. Es
lo que marca la diferencia y lo que puede decidir el salir vivo o muerto.
Espero que entiendas la importancia de lo que te digo-dijo y se marchó hacia el
interior del castillo-.
Pero
Ricard no lo escuchaba a él. Una voz en su interior, fría y que carecía por
completo de humanidad seguía insistiendo: “Créeme, si me dejas calmaré tu ira,
te liberaré, cumpliré con tu voluntad”. “Pero yo no quiero hacer daño a mi
padre-pensaba Ricard mientras se sentía cada vez más tranquilo ante las
palabras de su padre-. No, definitivamente voy a dejar las cosas en el
almacén”. “¡No! ¡Préstame atención! Yo haré que…”
La
voz se fue apagando hasta que dejó de oírla. Ya había perdido de vista a su
padre y tuvo la misma sensación que al haberse despertado de un sueño extraño. Dejó
las cosas en el almacén mientras intentaba recordar lo ocurrido. ¿Qué diablos
había pasado? ¿Qué era aquella voz fría que surgía de su interior? ¿Qué hubiera
ocurrido si hubiera aceptado aquella proposición, si hubiera dejado que esa
presencia tomara el control? Estaba perplejo, pero pensaba que no sería buena
idea comentarlo con sus padres, sería difícil de creer, lo tomarían por loco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario