sábado, 4 de enero de 2014

Cuento: EXTRAÑAMENTE.


-Lo siento señor. No hemos podido hacer nada al respecto.

-¿Tan poco?

-Estamos seguros. ¿Qué desearía…?

-Algo que echo de menos.

Salgo y con cada parpadeo el paisaje muta. Sé donde quiero ir pero no soy capaz de controlar mis pasos. Intento correr y apenas avanzo. Mis piernas no me responden. ¿Serán los primeros síntomas?

Aquí estoy finalmente. Bajo dos, tres, cuatro escalones. Camino pero todo a mi alrededor es borroso, excepto una puerta. La reconozco y no me explico cómo.

Mis nudillos se acercan a la hoja de la puerta y se detienen a escasos centímetros. ¿Qué hago? Todo esto ha sido un impulso, mi mente no me ha concedido el tiempo para pensar, debo irme, esto es una equivocación, debo marcharme rápido. Pero no me da tiempo. Ella no me lo da. La puerta se abre y se sorprende tanto como yo.

-¿Qué haces aquí?

-No…  lo sé…

Entramos. Me fijo en un cuadro bastante discreto pero que me trae una historia a la mente. No sé por qué recuerdo este tipo de cosas, pero lo hago. No puedo evitar observar una bata de color bastante divertido, al menos para mí, que ella se apresura a convencerme de que será sustituida pronto por lujosos pijamas.

Nos sentamos en los sofás situados a la izquierda.

-Te venía a decir…

Y las palabras quedan atrapadas en mí, como de costumbre. No seré capaz de decirle algo así.

-¿Qué me puedes decir que no me hayas dicho todavía?

-Es cierto.

Lo cierto es que sí hay algo que le pueda decir ahora. Pero no quiero. Cambiaría todo. Y todo es perfecto, a mi pesar.

Sonrío y se pone a hablar, a burlarse de mi locura. No sabe que ella tiene gran parte de la culpa de ello. Habla, sigue hablando, sigue riendo. A veces pienso que a los diccionarios les faltan palabras de las que pronuncia. Pero me gusta escuchar esas palabras, aunque jamás las pudiese encontrar en ellos. Estaría así el resto de mi vida…

Algo me recuerda que no debería estar haciéndolo y me pregunto el por qué. ¿Por qué las cosas buenas deben estar prohibidas? ¿O por qué las cosas prohibidas deben ser tan buenas?

Me marcho y no me detiene. Todo es extraño. Recupero mi sensación de estar en un lugar desconocido. Deseo estar en casa y sé cómo funciona esto. Ya me he dado cuenta. Todo es demasiado inverosímil.

Me acuesto en la soledad del sofá con un extraño miedo. Recuerdo las palabras de aquel hombre de blanco. Tengo una sonrisa pegada a mi cara que no sé de dónde ha salido. No todo ha sido tan malo hoy. Miro la tele con miedo a que mis párpados se apaguen y la tele caiga. ¿O es al revés? Ya no sé lo que…

Me despierto aún con la sonrisa, que mengua cuando me doy cuenta de que sigo viviendo, que todo ha sido un sueño. Y dejo de sonreír del todo. La echo de menos y sigo viviendo.

Extrañamente. ¿Acaso el máximo es una media sonrisa?