31 de Octubre
Como cada noche, me espera en el
tejado de la casa de sus amos, en silencio, desafiante, dándome a entender que
tiene mil cosas mejores que hacer que esperarme como cada noche, pero sus
reglas son tan extrañas como ininteligibles para mí. Ella no es de las gatas
que maúllan de noche, molestando a los humanos, enfadando a perros y dando su
posición al resto de desinteresados animales. No, ella no es un felino al uso.
Tal vez por ello haga tan buenas migas conmigo.
Sus ojos son alargadas y finas
dagas marrones que se clavan en mí reflejando mi silueta mientras camino entre
tejas, nervioso, resbalando por las más húmedas. Maldita sea, cuando me mira
así se me olvida que soy un ágil gato.
La mancha en el iris de su ojo
izquierdo pone la guinda a un extraño pastel en el que nada es normal, todo
está fuera de lo común, como gritando a todos que no hay criatura similar. En
silencio, eso sí.
Trato de rozar con mi cuerpo el
suyo a modo de saludo pero me esquiva antes de que pueda alcanzarla, poniéndose
en marcha y caminando delante de mí. La calle está especialmente ruidosa esta
noche. Decenas de niños caminan risueños ataviados con extrañas vestimentas que
hacen que se me erice el pelo. Ella camina con soltura e indiferencia, como si
yo apenas fuera un fantasma, un gatito de humo al que sólo ella puede ver e
ignorar.
Bajamos algo para ver a los niños
más de cerca. Alguno trata de asustarnos o echarnos mano, pero son torpes y
lentos, más aún con esas máscaras que les cubren el rostro. Alguno nos tira un
huevo que lógicamente impacta en el suelo, impreciso y desbaratado proyectil.
Ella lame el contenido esparcido en una curtida burla hacia estos pequeños
monstruitos.
Seguimos nuestro camino, tratando
de ignorar el bullicio. Nos estropean la noche, nuestro territorio, nuestro
reino, nuestro dominio, nuestra guarida, nuestro punto de encuentro diario… Si
fuera un felino mayor tal vez yo sería el que los asustara.
Ella sigue caminando, como si no
le importara. Como si en realidad nada existiera para ella excepto el firme que
la sostiene. Pero mira para atrás y me hace pensar que hago pareja con el suelo
en su limitada realidad. Me da fuerzas.
La adelanto, valiente y decidido,
y acecho en una esquina por la que se escucha venir un grupo de niños. Los
asustaré. Haré ver que soy un enorme felino, rugiré, los haré correr y gritar,
la haré reír. Ella sigue paseando, su mirada curiosa en mi estúpida actitud
momentánea.
Salgo poniéndome de puntillas y
creyendo rugir, enseñar mis enormes colmillos a ese grupo de niños que se
detienen en la oscuridad ante la perturbadora aparición. Pero ellos solo ven un
gato de pelo erizado bufando y comportándose por encima de sus posibilidades.
Mi expresión cambia de furia a terror al ver que uno de ellos es una especie de
hombre-lobo, no me da tiempo a preguntarme si es disfraz o disparate de la
naturaleza. Los niños me abuchean tratando de alcanzarme, lanzándome patadas.
Corro aterrorizado lejos del callejón olvidando toda elegancia delante de ella…
Los ojos brillantes se abalanzan
sobre mí, un sonido agudo me aturde, un ruido bronco se abalanza sobre mí…
Todo se parte en mí, ruedo por la
carretera…
Por primera y última vez escucho
su maullido. Lastimero. Triste. Rompedor. Preferiría su silencio a escuchar
esto.
Justo ahora… Qué imbécil soy…
22 de Enero
Me pasaría la vida apoyado en su
lomo anaranjado de rayas negras, viendo el mundo correr al otro lado de los
barrotes de la jaula donde nos transportan estos humanos extravagantes. Su
ronroneo grave me relaja tanto que cierro los ojos y pienso en los suyos. Castaños,
un color inverosímil para una tigresa. Más aún cuando en su ojo izquierdo una
mota negra, una mancha en el iris, la aleja más de la comparación con cualquier
otro par de ojos que exista. Y es que su visión es única.
El lugar donde llegamos hoy está
abarrotado de niños que tratan de ganar nuestra atención mientras nuestro
cuidador monta guardia para que no nos molesten más de lo debido. El resto de
operarios montan la inmensa carpa que se eleva en una hora como un sol saliente.
Me siento tan débil hoy…
Ella se levanta haciendo caer mi
cabeza al suelo. La observo desde el suelo estirar las patas, andar rozando los
barrotes, provocando los grititos de los niños, admirados ante su elegancia, su
poderío y esos andares ondulantes. Sus ojos los recorren con desinterés y me
lanza una mirada de soslayo. Vuelve hasta mí y me empuja por el lomo usando su
cabeza. Como no reacciono, se queda mirándome como si quisiera traspasarme su
vitalidad.
Pero hoy me siento tan débil…
Suena una estrambótica música que
hace que todos los niños corran hacia la entrada a la carpa. Enseguida, el
operario pasa una enorme manta sobre la jaula y nos nubla la vista. Ella se
acurruca a mi lado y apoya su cabeza contra la mía. Nos movemos de nuevo. La música
se hace más intensa. Me molesta.
Me encuentro tan débil…
Los gritos enaltecidos, agudos e
intensos, se hacen insoportables tras quince minutos de insoportable oscuridad,
dentro de la jaula, dentro de la carpa. Llega nuestro turno. Destapan nuestra
jaula y enseguida ella se levanta nerviosa. Mueve la cabeza nerviosa y los
niños sueltan un sonoro “OOOOOH” de
admiración. Nos mueven hasta la entrada a la enorme jaula de pájaro que protege
al público, con nuestro domador en su interior, hablando con el público,
pidiendo tranquilidad. Se coloca bien su chistera, se ajusta la faja roja sobre
el esmoquin y hace chasquear el látigo produciéndome un escalofrío.
Abren la jaula. Ella sale de
inmediato, obediente. Sabe lo que nos espera si decidimos no obedecer al
domador. Pero yo…
Estoy tan, tan débil…
Ella se sube en su enorme
cubilete adornado con rayas rojas y blancas y espera elegante las órdenes,
lanzando débiles rugidos al público presente, al que parece haber cortado la
respiración.
Noto un golpe en la espalda.
Duele terriblemente. Me azuzan a salir. Pero no tengo fuerzas. Desearía cerrar
los ojos y… Desde aquella vacuna me he sentido aún más débil. Puede que estos
humanos quisieran acabar conmigo más tarde en vez de curarme.
El domador chasquea el látigo y
se acerca a mí. Vuelve a esgrimirlo y se cuela por la jaula golpeándome el
rostro. Escuece. Apenas gimo y me muevo un poco a un lado.
Estoy terriblemente cansado…
Me grita. Me golpea con el
látigo. Me abre la piel. Me queman las heridas abiertas.
Un rugido apoteósico quiebra el
murmullo del público infantil y ella cae sobre el domador, clavando sus garras
en sus hombros, sus limados dientes en su cuello. Se escucha un disparo y los
dardos quedan colgando de su cuerpo situado sobre el del domador, que apenas se
contonea, agonizando.
Intento emitir algún sonido
mientras se llevan su cuerpo inerte a rastras entre el cuchicheo del alarmado gentío.
Cierro los ojos presa del cansancio…
Me despierto. La noche es muy
oscura. El reloj de mi cuidador marca las 23:59… El pobre hombre me mira como
si fuese de su especie, de su familia. Pero él fue el encargado de vacunarme
contra la enfermedad… Él es el culpable de que me sienta tan débil, de que no
pudiera…
Ella no está. Sus ojos castaños,
su mota en el izquierdo… No está conmigo. Puede que antes de que termine el día…
00:00
No va a volver, ¿verdad?
Espero media hora más… Pero ya no
puedo resistir más.
¿Por qué tuviste que hacerlo? ¿Por
qué has sido tan cobarde de alejarte de mí antes de que lo hiciera yo? ¿Por qué
me has dejado con esta sensación?
Me duermo… Puede que para siempre…
14 de Febrero
Días encerrados, obligados a
vernos sin poder tocarnos. Un panel transparente nos separa, pero su vista, sus
ojos verdosos con una leve estela castaña, el izquierdo tintado con una mancha
provocando una asimetría entre ambos. Es la mantis más hipnotizante que he
conocido nunca. Si bien es cierto que de esta caja no me han sacado. Ni a ella.
Todo cuanto recuerdo se limita a estas cuatro paredes, tres opacas, una, al
igual que el techo, transparente.
Y ella.
Ella, con su mirada fija en mí.
Con una intensidad vehemente, golpeando levemente el cristal a ratos, olvidando
de que nos separa. Se ha colado en mi mente por los ojos. Se ha internado en mi
alma a través de mis pupilas. Se ha introducido en mi corazón como un rayo de
luz.
Abren la compuerta superior del
espacio que ocupa ella. Inmediatamente corro hacia la pared e intento parecer
enorme y amenazante, elevo mis brazos y mantengo erguidas mis patas. Si pudiera
gritar lo haría. Pero tan solo echan algo de comida en su estancia. Unos
pequeños insectos.
Cuando la compuerta vuelve a
cerrarse, ella decide ir a devorarlos, perdiendo el interés en mí. Flexiono de
nuevo mis extremidades hasta volver a la posición característica de los de
nuestra especie. Rezo. La observo comer a través de nuestra frontera
transparente.
Tiembla todo de repente. Todo se
mueve. Están transportando la caja donde nos encontramos.
Pasan cinco minutos hasta que nos
vuelven a depositar sobre una superficie firme. Una luz cegadora entra por la
parte superior de la caja y un humano gigantesco nos observa con indiferencia.
Retira unas protecciones de los lados de la caja y todo se vuelve enorme. Puedo
ver el lugar donde me encuentro. Encerrado en una caja transparente, separado
de ella, que sigue comiendo, con varios focos apuntando hacia nosotros. Cientos
de pares de ojos nos observan desde unas gradas repletas de asientos.
La voz retumba junto a nosotros,
reverberando en el espacio, mientras el científico habla a la multitud.
-En un día tan especial como hoy,
¿qué les parecería que hablásemos del amor en el mundo animal? Un amor un tanto
peculiar, un amor caníbal, destructivo, extremo… El experimento que realizaré
hoy será protagonizado por un macho y una hembra de mantis religiosa, también
llamado insecto de Santa Teresa.
Tan sólo somos conejillos de
indias de un estúpido humano.
-En la cópula de este peculiar
insecto, la hembra va devorando al macho lentamente hasta acabar por matarlo.
El macho debe renunciar a la vida para asegurar su descendencia. Un poco
tétrico, ¿no creen?
Ella sigue comiendo. Obviando sus
palabras aparentemente. Ignorándome a mí.
-Con este experimento queremos
comprobar si el comportamiento de la hembra durante el apareamiento es fruto de
una necesidad alimento para la procreación, un comportamiento inevitable en su
especie o una brutal demostración de un amor descontrolado. Para ello hemos
alimentado a la hembra para comprobar si su grado de satisfacción alimenticia
influye a la hora de la reproducción de este comportamiento. Estimados
compañeros-dice colocando una cámara cerca de la caja, en el exterior, cuya
imagen se reproduce en una gigantesca pantalla tras nosotros-, Feliz día de San
Valentín.
Incluso los científicos pueden
ser románticos. Qué suerte para mí…
Con un movimiento de su mano, el
científico retira la barrera transparente que me separa de ella. Alzo mis
brazos en forma de amenaza cuando se aleja para dejarnos solos y perdernos de
vista. Me acerco ansioso a ella, la rodeo mientras sigue comiendo. Cuando la
toco se revuelve y cae en la cuenta de que vuelvo a existir. Me subo sobre
ella, incapaz de frenar mis impulsos. Me siento tan vivo, tan desahogado. Miro
a sus pupilas castañas y vuelvo a fijarme en la mancha en su ojo izquierdo, esa
que la hace tan diferente a mí y al resto de las mantis, como una declaración
de grandeza, de discrepancia con lo que le ha tocado ser. Cierro los ojos.
Un dolor agudo me atraviesa. La
multitud exhala un grito de asombro. Ella me muerde. Intento liberarme, pero es
más fuerte que yo. Me agito desesperado, tan grande la bajada desde la
felicidad al miedo mortal. Poco a poco se va haciendo con mis fuerzas y
destrozando mi cabeza.
Caigo inerte. Imbécil confiado.
Incapaz de prever el futuro. Ingenuo por dejarme llevar.
4 de Abril
Me aburro. Me encojo. Rasco mi
barriga blanca con el pico. Rodeado de los de mi especie, todos casi idénticos.
Todos realizando su turno con sus pequeños huevos bajo las cortas patas, sobre
la nieve, frente al mar. Pero ninguno como ella. Cuando sale del agua, con un
pequeño pez entre su pico anaranjado, se estremece para liberarse el agua que
queda en su plumaje.
Doblo mi cuerpo mientras la veo
acercarse anadeando para seguir con mi nuevo hobby. Hoy he descubierto que me
gusta dibujar. Uso la nieve de lienzo, mi pico de pincel. Estoy rodeado de
abstractas formas que he delineado mientras cuidaba del pequeño bajo mis
piernas. El resto de pingüinos me miran con una mezcla de vergüenza y
admiración. He descubierto mi pasión.
Ella se acerca a mí. Sus pequeños
ojos castaños reflejan mi rubor. La pequeña mota en su ojo izquierdo me parece
tan…
Reconozco su voz. Desde el primer
día que la escuché no la he olvidado. Tampoco el tacto de su pico, que roza
contra el mío para recordarme que ha vuelto y mis ojos no me engañan, ni los
suyos tampoco. Toma mi lugar sobre el huevo y por un momento no quiero irme. Me
quedo dibujando con el pico en la nieve que la rodea más cosas, más ágil ahora
que me puedo mover con libertad. Dibujo algo parecido a ella, aun torpe en mis
comienzos. Espero mejorar. Ella ríe y me ordena salir a comer. Yo me quedaría
todo el día allí, mientras me ve hacer el tonto, intentando plasmarla en la
nieve.
Dibujo con pulso débil un corazón
orientado hacia ella, rozo su pico y corro con mis torpes andares hacia el
agua. Me lanzo por la pendiente de hielo y me sumerjo en el agua.
Varios minutos nadando, alimentándome,
buceando lleno de energía… Hasta que el horripilante sonido de un barco inunda
la playa de nieve.
Llego a la superficie. Veo a los
humanos corriendo con palos por toda la extensión, la mancha negra de pingüinos
sobre la nieve se esparce, algunos se mantienen fieles sobre sus huevos. Pobres
ellos, son los primeros en tintar la nieve de rojo…
Me quedo flotando, impotente…
Ella…
No soy capaz de acercarme a la
playa, paralizado, congelado de miedo…
Son treinta larguísimos minutos
de matanza. No reconozco su voz entre tantas pidiendo auxilio. No veo sus ojos
en la distancia. ¿Habrá podido escapar? ¿La habrán ignorado esos malditos
humanos armados? Los hombres ataviados con chubasqueros verdosos recogen la
carne muerta en sacos. Tienen un gran botín. Me tiembla todo el cuerpo, mi
cabeza asomando sobre el agua. Algunos gemidos indican que hay supervivientes…
Cuando los humanos se van logro
alcanzar la playa blanca, negra y roja. Mis músculos no quieren responderme. Ando
en solitario, buscándola. Grito. Sé que ella también reconoce mi voz. Pero ninguna
de las voces que ruega ayuda es la suya…
Me acerco hacia nuestro nido… No
hay más que nuestro pequeño huevo quebrado y mis dibujos manchados de su
sangre. Los burdos dibujos que me atreví a intentar hacer de ella, cubiertos de
sangre y pisadas, deformados… Y el corazón en el suelo, dividido por un hilo de
sangre, roto para siempre. Por mi cobardía. Por pensar que mi pasión traería
algo bueno a su corazón. Por pensar que este día me volvía pintor y ella mi
musa.
Por pensar que éramos especiales…
Por saber que lo éramos hasta el día de hoy.
2 de Septiembre
¿Puede que sea ella…?
Esa mancha en su ojo izquierdo…
No puede ser…
Tanto tiempo y no me había dado
cuenta…
Y sin embargo es tan
inconfundible. Tan inevitable pensar que todo me llevaba a este momento. ¿Es
esto lo que el Destino quiere de mí? ¿Por qué lo veo tan claro y oscuro a la
vez?
Avanzo hacia ese banco que
acostumbro a ver tan a menudo, donde ella me espera impaciente, nerviosa,
seria. ¿Tan mal huele esto? ¿Tal es la puñalada que está a punto de asestarme?
-Hola-musito-.
Ella me devuelve un hola más
débil aún.
¿Me estaré pasando de valiente?
¿Querré pasarme de la raya, impresionarla demasiado, sobrepasar
los límites establecidos? ¿Será el susto tan grande que acabe huyendo
y siendo atropellado por un gigantesco camión teniendo que
escuchar su débil voz lamentándose por mí de nuevo…?
-No sé cómo empezar…
Ella se mueve inquieta, sin
perderme de vista.
¿Huirá ella? ¿Será tan cobarde
como para abandonarme justo cuando me lanzo al vacío de lo desconocido? ¿Será
la vacuna
que me ha puesto lo suficientemente fuerte para acallar mis
fuerzas
cuando sepa que la he perdido para siempre…?
-Dime lo que sea. No me pongas
nerviosa.
“Si supieras que yo lo estoy aún
más”.
¿Me devorará cuando le
entregue lo que más aprecio y guardo? ¿Es que lleva todo este tiempo mirándome
a través de esos inconfundibles ojos con la ambición de destrozarme,
de hacer ver que es más fuerte que yo pese a mis esfuerzos por mostrarme pétreo?
-Espera, he escrito algo para
ayudarme a recordar lo que quiero decir porque…
-Qué friki, ¿no?-se burla. Pero
le tiembla la voz también. Eso me da confianza.
Pero, ¿y si mi pasión,
en lo que pongo esfuerzo por mejorar, se convierte en lienzo sangriento
sobre el que apoyar una masacre, se vuelve arma letal en mi
contra? ¿Y si mi alma acaba teñida de dolor por lo que todos
los humanos
nos han hecho a lo largo de nuestras vidas? ¿Y si este cuerpo
sólo es un castigo para recordarme quiénes fueron los culpables de todas y cada
uno de nuestras despedidas?
Y ¡qué más da! ¿Es que merece la
pena vivir si no es en el límite de lo conocido, oteando el horizonte? ¿Es que
ella no lo merece…?
Me olvido de lo escrito. Ha
llegado la hora de que mi cabeza deje de hablar.
-Creo que ha llegado el momento
de que te confiese algo…