sábado, 18 de octubre de 2014

5 Fábulas y una historia (IN)Terminable e (IR)Repetible



31 de Octubre

Como cada noche, me espera en el tejado de la casa de sus amos, en silencio, desafiante, dándome a entender que tiene mil cosas mejores que hacer que esperarme como cada noche, pero sus reglas son tan extrañas como ininteligibles para mí. Ella no es de las gatas que maúllan de noche, molestando a los humanos, enfadando a perros y dando su posición al resto de desinteresados animales. No, ella no es un felino al uso. Tal vez por ello haga tan buenas migas conmigo.

Sus ojos son alargadas y finas dagas marrones que se clavan en mí reflejando mi silueta mientras camino entre tejas, nervioso, resbalando por las más húmedas. Maldita sea, cuando me mira así se me olvida que soy un ágil gato.

La mancha en el iris de su ojo izquierdo pone la guinda a un extraño pastel en el que nada es normal, todo está fuera de lo común, como gritando a todos que no hay criatura similar. En silencio, eso sí.

Trato de rozar con mi cuerpo el suyo a modo de saludo pero me esquiva antes de que pueda alcanzarla, poniéndose en marcha y caminando delante de mí. La calle está especialmente ruidosa esta noche. Decenas de niños caminan risueños ataviados con extrañas vestimentas que hacen que se me erice el pelo. Ella camina con soltura e indiferencia, como si yo apenas fuera un fantasma, un gatito de humo al que sólo ella puede ver e ignorar.

Bajamos algo para ver a los niños más de cerca. Alguno trata de asustarnos o echarnos mano, pero son torpes y lentos, más aún con esas máscaras que les cubren el rostro. Alguno nos tira un huevo que lógicamente impacta en el suelo, impreciso y desbaratado proyectil. Ella lame el contenido esparcido en una curtida burla hacia estos pequeños monstruitos.

Seguimos nuestro camino, tratando de ignorar el bullicio. Nos estropean la noche, nuestro territorio, nuestro reino, nuestro dominio, nuestra guarida, nuestro punto de encuentro diario… Si fuera un felino mayor tal vez yo sería el que los asustara.

Ella sigue caminando, como si no le importara. Como si en realidad nada existiera para ella excepto el firme que la sostiene. Pero mira para atrás y me hace pensar que hago pareja con el suelo en su limitada realidad. Me da fuerzas.

La adelanto, valiente y decidido, y acecho en una esquina por la que se escucha venir un grupo de niños. Los asustaré. Haré ver que soy un enorme felino, rugiré, los haré correr y gritar, la haré reír. Ella sigue paseando, su mirada curiosa en mi estúpida actitud momentánea.

Salgo poniéndome de puntillas y creyendo rugir, enseñar mis enormes colmillos a ese grupo de niños que se detienen en la oscuridad ante la perturbadora aparición. Pero ellos solo ven un gato de pelo erizado bufando y comportándose por encima de sus posibilidades. Mi expresión cambia de furia a terror al ver que uno de ellos es una especie de hombre-lobo, no me da tiempo a preguntarme si es disfraz o disparate de la naturaleza. Los niños me abuchean tratando de alcanzarme, lanzándome patadas. Corro aterrorizado lejos del callejón olvidando toda elegancia delante de ella…

Los ojos brillantes se abalanzan sobre mí, un sonido agudo me aturde, un ruido bronco se abalanza sobre mí…

Todo se parte en mí, ruedo por la carretera…

Por primera y última vez escucho su maullido. Lastimero. Triste. Rompedor. Preferiría su silencio a escuchar esto.

Justo ahora… Qué imbécil soy…

22 de Enero


Me pasaría la vida apoyado en su lomo anaranjado de rayas negras, viendo el mundo correr al otro lado de los barrotes de la jaula donde nos transportan estos humanos extravagantes. Su ronroneo grave me relaja tanto que cierro los ojos y pienso en los suyos. Castaños, un color inverosímil para una tigresa. Más aún cuando en su ojo izquierdo una mota negra, una mancha en el iris, la aleja más de la comparación con cualquier otro par de ojos que exista. Y es que su visión es única.

El lugar donde llegamos hoy está abarrotado de niños que tratan de ganar nuestra atención mientras nuestro cuidador monta guardia para que no nos molesten más de lo debido. El resto de operarios montan la inmensa carpa que se eleva en una hora como un sol saliente.

Me siento tan débil hoy…

Ella se levanta haciendo caer mi cabeza al suelo. La observo desde el suelo estirar las patas, andar rozando los barrotes, provocando los grititos de los niños, admirados ante su elegancia, su poderío y esos andares ondulantes. Sus ojos los recorren con desinterés y me lanza una mirada de soslayo. Vuelve hasta mí y me empuja por el lomo usando su cabeza. Como no reacciono, se queda mirándome como si quisiera traspasarme su vitalidad.

Pero hoy me siento tan débil…

Suena una estrambótica música que hace que todos los niños corran hacia la entrada a la carpa. Enseguida, el operario pasa una enorme manta sobre la jaula y nos nubla la vista. Ella se acurruca a mi lado y apoya su cabeza contra la mía. Nos movemos de nuevo. La música se hace más intensa. Me molesta.

Me encuentro tan débil…

Los gritos enaltecidos, agudos e intensos, se hacen insoportables tras quince minutos de insoportable oscuridad, dentro de la jaula, dentro de la carpa. Llega nuestro turno. Destapan nuestra jaula y enseguida ella se levanta nerviosa. Mueve la cabeza nerviosa y los niños sueltan un sonoro “OOOOOH” de admiración. Nos mueven hasta la entrada a la enorme jaula de pájaro que protege al público, con nuestro domador en su interior, hablando con el público, pidiendo tranquilidad. Se coloca bien su chistera, se ajusta la faja roja sobre el esmoquin y hace chasquear el látigo produciéndome un escalofrío.

Abren la jaula. Ella sale de inmediato, obediente. Sabe lo que nos espera si decidimos no obedecer al domador. Pero yo…

Estoy tan, tan débil…

Ella se sube en su enorme cubilete adornado con rayas rojas y blancas y espera elegante las órdenes, lanzando débiles rugidos al público presente, al que parece haber cortado la respiración.

Noto un golpe en la espalda. Duele terriblemente. Me azuzan a salir. Pero no tengo fuerzas. Desearía cerrar los ojos y… Desde aquella vacuna me he sentido aún más débil. Puede que estos humanos quisieran acabar conmigo más tarde en vez de curarme.

El domador chasquea el látigo y se acerca a mí. Vuelve a esgrimirlo y se cuela por la jaula golpeándome el rostro. Escuece. Apenas gimo y me muevo un poco a un lado.

Estoy terriblemente cansado…

Me grita. Me golpea con el látigo. Me abre la piel. Me queman las heridas abiertas.

Un rugido apoteósico quiebra el murmullo del público infantil y ella cae sobre el domador, clavando sus garras en sus hombros, sus limados dientes en su cuello. Se escucha un disparo y los dardos quedan colgando de su cuerpo situado sobre el del domador, que apenas se contonea, agonizando.

Intento emitir algún sonido mientras se llevan su cuerpo inerte a rastras entre el cuchicheo del alarmado gentío. Cierro los ojos presa del cansancio…

Me despierto. La noche es muy oscura. El reloj de mi cuidador marca las 23:59… El pobre hombre me mira como si fuese de su especie, de su familia. Pero él fue el encargado de vacunarme contra la enfermedad… Él es el culpable de que me sienta tan débil, de que no pudiera…

Ella no está. Sus ojos castaños, su mota en el izquierdo… No está conmigo. Puede que antes de que termine el día…

00:00

No va a volver, ¿verdad?

Espero media hora más… Pero ya no puedo resistir más.

¿Por qué tuviste que hacerlo? ¿Por qué has sido tan cobarde de alejarte de mí antes de que lo hiciera yo? ¿Por qué me has dejado con esta sensación?

Me duermo… Puede que para siempre…

14 de Febrero


Días encerrados, obligados a vernos sin poder tocarnos. Un panel transparente nos separa, pero su vista, sus ojos verdosos con una leve estela castaña, el izquierdo tintado con una mancha provocando una asimetría entre ambos. Es la mantis más hipnotizante que he conocido nunca. Si bien es cierto que de esta caja no me han sacado. Ni a ella. Todo cuanto recuerdo se limita a estas cuatro paredes, tres opacas, una, al igual que el techo, transparente.

Y ella.

Ella, con su mirada fija en mí. Con una intensidad vehemente, golpeando levemente el cristal a ratos, olvidando de que nos separa. Se ha colado en mi mente por los ojos. Se ha internado en mi alma a través de mis pupilas. Se ha introducido en mi corazón como un rayo de luz.

Abren la compuerta superior del espacio que ocupa ella. Inmediatamente corro hacia la pared e intento parecer enorme y amenazante, elevo mis brazos y mantengo erguidas mis patas. Si pudiera gritar lo haría. Pero tan solo echan algo de comida en su estancia. Unos pequeños insectos.

Cuando la compuerta vuelve a cerrarse, ella decide ir a devorarlos, perdiendo el interés en mí. Flexiono de nuevo mis extremidades hasta volver a la posición característica de los de nuestra especie. Rezo. La observo comer a través de nuestra frontera transparente.

Tiembla todo de repente. Todo se mueve. Están transportando la caja donde nos encontramos.

Pasan cinco minutos hasta que nos vuelven a depositar sobre una superficie firme. Una luz cegadora entra por la parte superior de la caja y un humano gigantesco nos observa con indiferencia. Retira unas protecciones de los lados de la caja y todo se vuelve enorme. Puedo ver el lugar donde me encuentro. Encerrado en una caja transparente, separado de ella, que sigue comiendo, con varios focos apuntando hacia nosotros. Cientos de pares de ojos nos observan desde unas gradas repletas de asientos.

La voz retumba junto a nosotros, reverberando en el espacio, mientras el científico habla a la multitud.

-En un día tan especial como hoy, ¿qué les parecería que hablásemos del amor en el mundo animal? Un amor un tanto peculiar, un amor caníbal, destructivo, extremo… El experimento que realizaré hoy será protagonizado por un macho y una hembra de mantis religiosa, también llamado insecto de Santa Teresa.

Tan sólo somos conejillos de indias de un estúpido humano.

-En la cópula de este peculiar insecto, la hembra va devorando al macho lentamente hasta acabar por matarlo. El macho debe renunciar a la vida para asegurar su descendencia. Un poco tétrico, ¿no creen?

Ella sigue comiendo. Obviando sus palabras aparentemente. Ignorándome a mí.

-Con este experimento queremos comprobar si el comportamiento de la hembra durante el apareamiento es fruto de una necesidad alimento para la procreación, un comportamiento inevitable en su especie o una brutal demostración de un amor descontrolado. Para ello hemos alimentado a la hembra para comprobar si su grado de satisfacción alimenticia influye a la hora de la reproducción de este comportamiento. Estimados compañeros-dice colocando una cámara cerca de la caja, en el exterior, cuya imagen se reproduce en una gigantesca pantalla tras nosotros-, Feliz día de San Valentín.

Incluso los científicos pueden ser románticos. Qué suerte para mí…

Con un movimiento de su mano, el científico retira la barrera transparente que me separa de ella. Alzo mis brazos en forma de amenaza cuando se aleja para dejarnos solos y perdernos de vista. Me acerco ansioso a ella, la rodeo mientras sigue comiendo. Cuando la toco se revuelve y cae en la cuenta de que vuelvo a existir. Me subo sobre ella, incapaz de frenar mis impulsos. Me siento tan vivo, tan desahogado. Miro a sus pupilas castañas y vuelvo a fijarme en la mancha en su ojo izquierdo, esa que la hace tan diferente a mí y al resto de las mantis, como una declaración de grandeza, de discrepancia con lo que le ha tocado ser. Cierro los ojos.

Un dolor agudo me atraviesa. La multitud exhala un grito de asombro. Ella me muerde. Intento liberarme, pero es más fuerte que yo. Me agito desesperado, tan grande la bajada desde la felicidad al miedo mortal. Poco a poco se va haciendo con mis fuerzas y destrozando mi cabeza.

Caigo inerte. Imbécil confiado. Incapaz de prever el futuro. Ingenuo por dejarme llevar.

4 de Abril


Me aburro. Me encojo. Rasco mi barriga blanca con el pico. Rodeado de los de mi especie, todos casi idénticos. Todos realizando su turno con sus pequeños huevos bajo las cortas patas, sobre la nieve, frente al mar. Pero ninguno como ella. Cuando sale del agua, con un pequeño pez entre su pico anaranjado, se estremece para liberarse el agua que queda en su plumaje.

Doblo mi cuerpo mientras la veo acercarse anadeando para seguir con mi nuevo hobby. Hoy he descubierto que me gusta dibujar. Uso la nieve de lienzo, mi pico de pincel. Estoy rodeado de abstractas formas que he delineado mientras cuidaba del pequeño bajo mis piernas. El resto de pingüinos me miran con una mezcla de vergüenza y admiración. He descubierto mi pasión.

Ella se acerca a mí. Sus pequeños ojos castaños reflejan mi rubor. La pequeña mota en su ojo izquierdo me parece tan…

Reconozco su voz. Desde el primer día que la escuché no la he olvidado. Tampoco el tacto de su pico, que roza contra el mío para recordarme que ha vuelto y mis ojos no me engañan, ni los suyos tampoco. Toma mi lugar sobre el huevo y por un momento no quiero irme. Me quedo dibujando con el pico en la nieve que la rodea más cosas, más ágil ahora que me puedo mover con libertad. Dibujo algo parecido a ella, aun torpe en mis comienzos. Espero mejorar. Ella ríe y me ordena salir a comer. Yo me quedaría todo el día allí, mientras me ve hacer el tonto, intentando plasmarla en la nieve.

Dibujo con pulso débil un corazón orientado hacia ella, rozo su pico y corro con mis torpes andares hacia el agua. Me lanzo por la pendiente de hielo y me sumerjo en el agua.

Varios minutos nadando, alimentándome, buceando lleno de energía… Hasta que el horripilante sonido de un barco inunda la playa de nieve.

Llego a la superficie. Veo a los humanos corriendo con palos por toda la extensión, la mancha negra de pingüinos sobre la nieve se esparce, algunos se mantienen fieles sobre sus huevos. Pobres ellos, son los primeros en tintar la nieve de rojo…

Me quedo flotando, impotente…

Ella…

No soy capaz de acercarme a la playa, paralizado, congelado de miedo…

Son treinta larguísimos minutos de matanza. No reconozco su voz entre tantas pidiendo auxilio. No veo sus ojos en la distancia. ¿Habrá podido escapar? ¿La habrán ignorado esos malditos humanos armados? Los hombres ataviados con chubasqueros verdosos recogen la carne muerta en sacos. Tienen un gran botín. Me tiembla todo el cuerpo, mi cabeza asomando sobre el agua. Algunos gemidos indican que hay supervivientes…

Cuando los humanos se van logro alcanzar la playa blanca, negra y roja. Mis músculos no quieren responderme. Ando en solitario, buscándola. Grito. Sé que ella también reconoce mi voz. Pero ninguna de las voces que ruega ayuda es la suya…

Me acerco hacia nuestro nido… No hay más que nuestro pequeño huevo quebrado y mis dibujos manchados de su sangre. Los burdos dibujos que me atreví a intentar hacer de ella, cubiertos de sangre y pisadas, deformados… Y el corazón en el suelo, dividido por un hilo de sangre, roto para siempre. Por mi cobardía. Por pensar que mi pasión traería algo bueno a su corazón. Por pensar que este día me volvía pintor y ella mi musa.

Por pensar que éramos especiales… Por saber que lo éramos hasta el día de hoy.

2 de Septiembre


¿Puede que sea ella…?

Esa mancha en su ojo izquierdo…

No puede ser…

Tanto tiempo y no me había dado cuenta…

Y sin embargo es tan inconfundible. Tan inevitable pensar que todo me llevaba a este momento. ¿Es esto lo que el Destino quiere de mí? ¿Por qué lo veo tan claro y oscuro a la vez?

Avanzo hacia ese banco que acostumbro a ver tan a menudo, donde ella me espera impaciente, nerviosa, seria. ¿Tan mal huele esto? ¿Tal es la puñalada que está a punto de asestarme?

-Hola-musito-.

Ella me devuelve un hola más débil aún.

¿Me estaré pasando de valiente? ¿Querré pasarme de la raya, impresionarla demasiado, sobrepasar los límites establecidos? ¿Será el susto tan grande que acabe huyendo y siendo atropellado por un gigantesco camión teniendo que escuchar su débil voz lamentándose por mí de nuevo…?

-No sé cómo empezar…

Ella se mueve inquieta, sin perderme de vista.

¿Huirá ella? ¿Será tan cobarde como para abandonarme justo cuando me lanzo al vacío de lo desconocido? ¿Será la vacuna que me ha puesto lo suficientemente fuerte para acallar mis fuerzas cuando sepa que la he perdido para siempre…?

-Dime lo que sea. No me pongas nerviosa.

“Si supieras que yo lo estoy aún más”.

¿Me devorará cuando le entregue lo que más aprecio y guardo? ¿Es que lleva todo este tiempo mirándome a través de esos inconfundibles ojos con la ambición de destrozarme, de hacer ver que es más fuerte que yo pese a mis esfuerzos por mostrarme pétreo?

-Espera, he escrito algo para ayudarme a recordar lo que quiero decir porque…

-Qué friki, ¿no?-se burla. Pero le tiembla la voz también. Eso me da confianza.

Pero, ¿y si mi pasión, en lo que pongo esfuerzo por mejorar, se convierte en lienzo sangriento sobre el que apoyar una masacre, se vuelve arma letal en mi contra? ¿Y si mi alma acaba teñida de dolor por lo que todos los humanos nos han hecho a lo largo de nuestras vidas? ¿Y si este cuerpo sólo es un castigo para recordarme quiénes fueron los culpables de todas y cada uno de nuestras despedidas?

Y ¡qué más da! ¿Es que merece la pena vivir si no es en el límite de lo conocido, oteando el horizonte? ¿Es que ella no lo merece…?

Me olvido de lo escrito. Ha llegado la hora de que mi cabeza deje de hablar.

-Creo que ha llegado el momento de que te confiese algo…

miércoles, 15 de octubre de 2014

PIEDRAS. PRECIOSAS.



-¿Y cómo dices que se llama?
-¡Qué importa! Tiene tantos nombres y tengo yo tantos por su culpa que cualquiera ha dejado de tener importancia-trataba de quitarle importancia Florian Heart-.

Le molestaba profundamente que aquel hombre que lo doblaba en edad se le acercase la mayoría de las veces que se aproximaba a los límites del bosque en busca de una visión que lo fascinaba. Pero Theodor Mind siempre estaba allí plantado, como un árbol más, en un viejo banco de hierro negro abandonado justo en el lugar donde la depravada civilización limitaba con la libertad de la naturaleza. Al “viejo” Theodor (como lo llamaba Florian, aun contando con menos de cuatro decenas de años) le gustaba leer, inventar chistes extraños que sólo él solía entender y poner cara de hormigón cuando alguien quería hacerse el gracioso. Y siempre se sentaba en aquel banco a mirar quién sabe qué buscando a alguien quién sabe dónde.

-¿Estás seguro chico? ¿Una auténtica mujer de piedra?-trataba de burlarse el viejo Mind.

-Sí, la he visto muchas veces-se empeñaba en repetir Florian-. Llevo años viniendo por aquí y siempre la veo, hablo con ella…

-Excepto cuando vengo yo-terminó Theodor, burlándose cruelmente-.

Florian Heart imitó la cara de hormigón armado que reservaba el viejo para hacerlo sentir incómodo. Pero no surtió efecto.

-Verás chico-le explicó Theodor Mind como un paciente profesor haría-, ese tipo de mujer se encuentra extinta. ¿Mujeres de piedra? ¡Las de ahora son de fuego!

El viejo usó un tono tan drástico que incordió severamente a Florian.

-¡Se equivoca! ¡Ella me habla también, es real!

El señor Mind se encogió de hombros sintiendo pena de aquel crío de diecipocos que cargaba con la seguridad del que no sabe nada y no se da cuenta.

-Pero no aparece todos los días…-torció el gesto Florian Heart-. Creo que no le gusta mucho que la vean…

El chico se alejó y movió entre los primeros árboles del frondoso bosque buscando algo bajo la atenta mirada de Theodor. El hombre lo siguió, levantándose pesadamente de su perpetuo asiento y apoyándose en el más cercano de los árboles del bosque, un gigantesco macizo que parecía llevar sus hojas y ramas peinadas a lo afro.

-Creo que hoy vendrá por allí…

Florian se giró perplejo. El hombre se rascaba su barba con una mano mientras con la otra señalaba a su izquierda, al otro lado de donde buscaba el chico.

-¿Cómo lo sabes?

Theodor levantó sus cejas sin mirarlo, con los ojos puestos en aquella dirección. No tardó más de un minuto en aparecer.

-La conozco. Es muy puntual-guiñó un ojo con autosuficiencia-. Y le encanta este árbol.

Palmeó el grueso tronco del árbol con peinado a lo afro con cariño y cierta envidia, deseando ocupar su lugar.

La mujer se movía ágil entre los árboles, como si fuera de agua. Pero era… Era…

Su piel era grisácea, brillante, lisa y pulida. Sus facciones, todo su cuerpo estaba cuidadosamente moldeado por sabe nadie qué escultor. Tampoco había nadie que hubiese podido dar tal vida a aquella criatura de materia inanimada, mucho menos aquella inverosímil vitalidad. La mujer se movía, danzaba, hablaba para sí, desvariaba, cual nerviosa ardilla, cual impaciente nutria, cual vivaz colibrí.

Florian Heart y Theodor Mind la observaron. La mujer se volvió y sus ojos de cristal brillaron al reflejar las cuchillas de luz que se colaban por el bosque. La vivaracha mujer se detuvo un instante como un cervatillo a punto de huir. Pero no lo hizo. Levantó una mano y dibujó una sonrisa hacia Theodor. Florian no tuvo esa suerte.

-La… la conoces-dijo el chico ofendido, celoso ante la revelación-.

-Bastante. Son muchos los años que llevo viniendo aquí a verla. Al principio apenas me prestaba atención, se dedicaba a lo suyo, yo era un objeto inanimado más del bosque. Pero poco a poco pude convencerla de que existo.

La mujer de piedra encogió su rostro de manera tan extraña que sus facciones se contrajeron creando una cómica expresión. Theodor sonrió como si se hubiera llevado toda la vida practicando. Pero era la primera vez que Florian lo veía hacerlo. Parecía incluso humano cuando sonreía.

-A mí se dirige muchas veces y jugamos, hablamos y pasamos las tardes juntos…-trató de defenderse el chico, ganarle de alguna manera la partida-. Yo también la conozco. Puede que mejor que usted.

-No podrías estar más equivocado-respondió el señor Mind-.

-¿Por qué?-protestó ofuscado.

-Por lo que me has contado de ella en otras ocasiones. No sabes muy bien cómo es. Sólo ves lo evidente.

Ofendido por la aparente superioridad del hombre, Florian se adentró un poco más en el bosque para llegar hasta la mujer de piedra pero sus movimientos de torpe borracho no tenían que ver con los de la ágil mujer. Ella lo ignoraba, seguía a lo suyo.

-Si es verdad que pasáis las tardes juntos, ¿cómo es que se empeña en obviar tu presencia?

-¡Cállese!-espetó molesto el chico y se dirigió a la rocosa mujer.- ¡Eh, soy yo! ¿No me reconoces?

La mujer de piedra hizo caso omiso a la voz de Florian.

-Ven aquí, chico-lo llamó Theodor, sentado de nuevo en su banco-.

Faltaron dos minutos de fallidas intentonas por hacerse visible a los espectaculares ojos de la mujer y dos caídas al suelo por tropezón para que el chico se resignara a escuchar al señor Mind. Se sentó en el banco de hierro y se cedió a escucharlo, aún sin mirarlo.

-¿Qué sabe usted de ella?-preguntó a regañadientes el chico, rendido.

-En primer lugar, que no eres el único que trata de “cazarla”.

-¡Yo no trato de hacer eso!

-Es una metáfora. Hablábamos de criaturas que parecían extintas ¿no? Bueno, en segundo lugar, y no quiero que la mires ahora mismo, creo que le gustas también. No ha dejado de mirarte desde que has decidido dejar de prestarle atención.

Cuando Florian miró, comprobó con desilusión que la mujer de piedra seguía ignorándolo, ajena a la conversación de ambos.

-Te dije que no lo hicieras-musitó seco el señor Mind-. Es más rápida que tus ojos.

-Ella jamás me mira mucho rato. No puede ser que le guste…

Theodor le puso una mano en el hombro al chico tratando de consolarlo.

-Puede que seas tú quien no le mantengas la mirada el tiempo suficiente. ¿La has visto mucho últimamente?

-Excepto…

-Cuando estoy yo, ya. Pues déjame adivinar, como es su comportamiento… A ver, ¿las últimas veces que has estado con ella te ha dicho que eres lo más horripilante que se ha echado a la cara, no ha parado de hablar, te ha cortado cuando querías proponer uno de tus interesantes temas de conversación y ha desvariado sin importarle lo que puedas pensar?

-¿Cómo diablos sabe eso?-abrió los ojos como platos Florian Heart.

-Ella piensa que puede que con suerte caigas en el error de pensar que está completamente loca y dejes de prestarle atención. Porque si sigues prestándosela explotará del rubor de sentirse observada. Porque le gustas. Se comporta así porque tiene plena confianza en que no la juzgarás por ser tan extravagante.

-Me gusta que lo sea…

Florian miró a la mujer de piedra recorrer de nuevo el bosque esquivando arboles, saltando, cantando y sonriendo como si le fuera la vida en ello. Fue en esos momentos cuando, aprovechando la posición de Florian y Theodor, se atrevió a acercarse a su árbol favorito. Daba vueltas alrededor de él, lo miraba de arriba abajo, se dejaba caer resbalando por el tronco hasta sentarse en su base… Estaba completamente loca. Florian y Theodor sonrieron al unísono.

-¿Usted le gustó alguna vez a ella?-preguntó intrigado Florian Heart.

-¿Quién sabe? Si no lo supe en su momento no creo que jamás lo confiese…

El hombre jugaba con una hoja entre sus dedos mientras miraba al suelo, consciente ahora de la gravedad de su afirmación. Un jamás, un nunca que le pesaba cada vez que volvía a ser consciente de su significado.

-¿Cree que si yo le gustase le molestaría que la abandone cuando llega la noche y debo irme? Todos los días que nos vemos, cuando llega la noche y el frío es insoportable, ella sigue danzando, sigue moviéndose como si no le afectase. Yo siempre debo irme pero ella se queda como si no le hiciera ninguna falta…

-Ella es una mujer de piedra. El frío resbala por sus brazos y va a colarse en los tuyos haciéndote sentir menos hombre. Y jamás te pedirá que te quedes, tenlo por seguro. Jamás reconocerá que te necesita si no está segura de que no le devolverás un “yo más” por respuesta.

Florian caviló sobre aquello. Puede que realmente no lo necesitase para nada. Que era demasiado independiente como para necesitar a alguien más que a ella misma y al mundo. Se resignó a pensar en un resquicio, un hecho nimio que le dio fuerzas en su momento:

-Una vez me llamó guapo-dijo recordando el halago con cara de tonto-. Aquel día pensé que podría gustarle… Pero lo complementó con una especie de mofa.

-Es una de sus extrañezas. Ella rara vez te halagará y, si lo hace, un enorme insulto camuflará sus buenas intenciones. Te dirá que eres un bicho monstruoso, único en tu especie, eso sí. Y tendrás que conformarte.

-Y si la piropeo yo, me mira como si fuera demasiado deprisa y se aburriese de mí…

-No te preocupes. Muchas veces te pedirá que no le digas cosas bonitas con su enigmática sonrisa de ambigüedad. No te creas nada, no escuches sus NO adornados con una sonrisa, nunca son verdaderos.

Florian suspiró, impotente. Jamás comprendería a aquella mujer de piedra. Al menos no tanto como Theodor.

-Pero está claro que te quiere, amigo mío-dijo Theodor con tranquilidad-.

-Es imposible… Si es verdad, me deprime que nunca jamás me lo diga claramente…

-También tú tienes miedo de admitirlo. ¿Cierto?

-Pero…-balbuceó torpe Florian Heart sabiendo la certeza de la afirmación.

-La mujeres de piedra no dicen que te quieren, sea mucho o poco. Esas palabras son tabú para su lengua de piedra, no existen en su particular diccionario. Simplemente murmurará en alguna ocasión un débil "imbécil" o "idiota" y sonreirá.

-¿Y entonces querrá decir…?

Theodor asintió convencido y Florian tragó saliva, recordando en algún momento haber escuchado esas palabras y haberse sentido estúpido. Pero enseguida se quitó esa sensación agitando la cabeza de lado a lado.

-No trate de ilusionarme, viejo-se molestó Florian Heart a la vez que su corazón se aceleraba al reconocer aquellas palabras, aquella situación como experiencias propias-. ¡La mujer de piedra es demasiado independiente, creo que no me necesita ni me necesitará jamás!

-Ni jamás te echará de menos, así que no esperes que te lo reconozca aunque sea así. Puede que te diga una rara expresión sacada de su propio diccionario: "mapeteses", porque suena mucho menos trocho y comprometedor en su idioma que en el nuestro. Y si te atreves a confesarle en un acto de soberana sinceridad que piensas echarla de menos, ¡cuidado! Porque ella contestará que también echará de menos... a sí misma. Tan egoísta o profundamente poética, tan ambigua que nunca sabrás a qué se refiere. Porque es así de complicada. Ve cada muestra de sentimientos como una debilidad de la que aprovecharse. Sabe que esas muestras son tan valiosas por escasas y que se perdería toda la magia si te atrevieras a convertirlas en rutina. Más te vale que no trates de hacer eso.

Florian la veía jugar al escondite con el árbol, perderse tras su tronco, ocultarse de la vista de ambos y se preguntaba qué podía hacer para que la mujer de piedra se comportase como una persona normal. Aunque seguramente no era eso lo que quisiera…

-A veces me sorprendo adivinando sus pensamientos-pensó Florian-, sin quererlo, con naturalidad, y me asusto. Pero ni aún así puedo llegar a comprenderla. ¿Puede contarme algo más que sepa de ella, viejo?

-Señor Mind sonaría muy cortés, Florian-contestó Theodor-. Ella es un tanto peculiar, especial a su manera y a nuestro entendimiento: es de las que se van a tomar un café relajadamente, tomando el sol a la sombra de un árbol, subiendo hasta el infierno y bajando hasta el cielo si es necesario para desprenderse de toda esa energía que es incapaz de manejar. Ella es de las que se lavan la cara si el viento se atreve a rozarla, porque su piel de piedra es más pura y limpia que el propio aire.

-Eso no me ayuda nada, señor Mind. Es una serie de metáforas y palabras incorrectamente ordenadas sin significado para mí-volvió a tratar de sacar su propia cara de hormigón Florian-. Necesito algo mejor.

Theodor Mind no se ofendió con la impaciencia del chico. Puede que fuese la cualidad que más envidiaba en él, la cualidad que siempre quiso haber tenido.

-Entonces te daré un consejo: Yo tal vez aprendí demasiado tarde el valor de la valentía. Tal vez he reconocido con el tiempo que hay un invisible escalón que separa la tranquilidad y la paz de la verdadera felicidad. Uno no sabe dónde está la cima si se sienta en mitad de la escalada a contemplar el camino recorrido, olvidándose de lo que queda. No cometas el error de ver tan solo su cubierta de piedra. No cometas mi error. Ella es una piedra con corazón de porcelana. No pienses que quiere ocultarlo. Sólo sabe que debe protegerlo. Atrévete a romperla, a introducirte en su cálido corazón y cuando lo consigas te costará volver a romper su coraza para volver al exterior. Estarás atrapado. No seas tan paciente, no pienses tanto. No cometas el error que cometí yo. A veces el pensar nos hace considerar la derrota como opción y ese pensamiento acaba desechando todas tus opciones de victoria. Nunca se ha ganado una guerra escondido, nunca se ha conquistado la felicidad sin encararla, nunca encontrarás a la persona que anhelas sin buscarla. Tal vez sea demasiado tarde para un viejo como yo, pero tú aún puedes hacer algo por mí, por ella y por ti mismo. No te rindas. Ella quiere que te arriesgues, amigo mío. Porque a pesar de todo valora tu coraje para empeñarte en quererla a pesar de todo y se lo guarda para sí para poder disfrutarlo cuando no estés y tardes en volver a aparecer con tu cara de tonto. Deberás conocer a la mujer de piedra si no quieres tropezar con ella en vez de hallar el diamante tallado en su interior. Pero deberás quererla más aún, es la única manera.

Sin previo aviso, la mujer de piedra se acercó a ambos. A Florian casi se le paraliza el corazón. Más aún cuando ésta, sonriendo complacida ante el discurso de Theodor Mind, le dio un cálido beso en la mejilla. Sus ojos de cristal se encontraron con los del hombre un segundo antes de tomar de la mano a Florian y tirar de él mientras el chico comenzaba a preguntarse si sabía moverse y si recordaba cómo era eso de andar, anonadado por la reacción de la mujer de piedra.

-¿Cuánto tiempo más vas a seguir ignorándome? Arriesga…

Su voz sonó como una guía, como si fuese su propio cerebro, susurrando qué debía hacer. Ambos se marcharon dejando sólo al taciturno Theodor Mind. El hombre sonrió, se levantó y se marchó hacia la ciudad, sabiendo que había guiado al joven Florian Mind hacia el punto más álgido que puede alcanzar un chico de sentimientos tan puros y transparentes como él. Tal vez él hiciera mejor uso de sus conocimientos. Tal vez incluso ni los necesitara.

¿Y qué más daba? Ahora eran felices. Los tres.