sábado, 25 de enero de 2014

Relato: Lo último en lo que he pensado.

El sonido de la sirena es tan irritante, tan instigador. Un aviso de peligro. De muerte cercana. Todos con los que nos cruzamos sienten lo mismo, pero tan solo durante una fracción de minuto. Tienen esa suerte. Nosotros lo llevamos a cuestas hasta el lugar donde lucharemos con el fuego, como un sonido condenatorio que nos impide relajarnos. Como un recordatorio de que la muerte está más cerca de lo que podemos imaginar.

Saco de mi ignífugo traje la última parte de ella que me queda y da fuerzas, la última que me recuerda que existió, la única razón que me impide abandonar ante las llamas y salir huyendo dando vía libre a mi congruente miedo, la insana fobia que me acompañará siempre. La releo antes de entrar en combate, aplanando su borde ligeramente quemado del que se desprenden cenizas negruzcas.

 

Estoy bien. Todo lo bien que se puede estar sin ti, he de admitir.

Si te sirve de consuelo he encontrado a alguien. Ya nunca volveré a dañarte, ya nunca volveré a desatar mi inconsciente ira sobre tu mundo. Si esconderme te protege de mi sombra, lo haré. Podré seguir andando, fingiendo que ya nada me importa. No te confesaré nunca más que he pensado en ti, que me gustaría ser esa fantasía que guardas en mente ni que me gustaría volver a verte. Porque no mereces eso. Porque no necesitas eso.

Y aun así no desapareces. Nadie consigue tal cosa. Pero ya no lo haré más. Estoy consiguiendo controlarme. Ahora hay alguien que se pasea durante más tiempo por mis ojos, que se plasma más veces en mi mente.

Y aun así no desapareces. Y se me queda corto desearte lo mejor porque para ti sería insuficiente.

 

Me guardo esta carta y como siempre hago, pues me es imposible abandonar la sombra de mis costumbres, comienzo mi largo epitafio. Porque el miedo a las llamas aún me domina y tiemblo, tengo náuseas, me cuesta respirar, mi corazón se desboca. Decenas de veces he sobrevivido y este momento de miedo, de incertidumbre, lo he entregado preso a las llamas que me acobardan. Sólo concentrarme en esto logra evitar que me lance del vehículo en marcha: 

 

Supongo que después de tanto tiempo ya no soy lo más importante, me he hecho a la idea. Me he hecho a la idea que cuando estás con esa nueva persona yo desaparezco; que cuando te acompañan los amigos que hayas podido hacer me difumino como tinta en el agua; que cuando disfrutas de tu familia en el secreto de tu exilio me vuelvo una realidad innecesaria y que incluso cuando estás en silencio, disfrutando de tu fugitiva soledad y del anonimato de la lejanía me vuelvo transparente y abstracto. Pero aun así me arriesgo al peligroso hábito de aventurarme a pensar si alguna vez pensarás lo mismo que yo.

 

Y después de todo y antes de la nada, me pregunto…

 

¿Por qué no avisaste que no regresarías? ¿De qué sirve las apresadas palabras urdidas a la sombra de nuestra mente? ¿Acaso hay ladrones de palabras? ¿Acaso lo que realmente “noexisteperosí” puede dejar de hacerlo? ¿Para qué llegar tan lejos si se ha de volver? ¿Todo aquello fue trascendente? ¿Y por qué explicarlo todo? ¿Por qué decir que la causa, el efecto, la casualidad no existe…?  ¿Por qué desperdiciar tantas horas…?

 

¿Quién nos robará los recuerdos? ¿Quién las sensaciones? ¿Quién la experiencia? ¿Quién impedirá que se manifieste ese agradable chispazo al encontrar uno de los múltiples enlaces que nos devuelve una risa pasada que sigue retumbando en nuestras mandíbulas? ¿Quién evitará nuestra sonrisa si nos reencontramos? Dime, ¿qué ley nos lo prohibirá hacerlo?

 

En serio, ¿qué problema hay? En serio, ¿qué esperamos nosotros de nosotros? ¿Es que no se nos ocurrió una mejor solución?

 

La mano me tiembla y emborrono el final con rayones sin sentido mientras doy una bocanada de aire plagada del temible aroma a humo del ambiente. Trato de domar mi mano para terminar con las últimas palabras, las únicas que repito en cada epitafio y que expresan la única vana esperanza que albergo en el caso de que este trozo de papel deba llegar a quien va dirigido:
 

Sólo espero que, si alguna vez pierdo, esto llegue a ti y sepas que después de todo, en el filo de mi vida, en el fin del mundo, en el infierno al que me dirijo, has sido lo último en lo que he pensado.
 

Lo dejo sobre mi asiento y pienso en que esta vez el terror me ha dominado aún más que de costumbre. Mis temblores y sudores son más evidentes que nunca. Evito la mirada de mi compañero al volante sabiendo que no puedo ocultar mi vergüenza.


Un gigante en llamas se eleva frente a nosotros cuando el camión se detiene y los gritos se hacen insoportables. Salvajes llamaradas se propagan por el edificio, asomándose por los balcones y ventanas, quebrando cristales y lanzando una cascada de humo hacia la ya de por sí oscura bóveda levemente nublada.

 

-¿Te encuentras bien?-me pregunta mi compañero con seriedad.

-Sí. Ya lo he superado-contesto-.

-¿El qué?-me mira fijamente comprendiéndome. No hace falta que diga nada.

 

Salimos y el calor me abrasa. Siento un inaguantable vértigo, el edificio se difumina ante mis ojos, el humo me ciega y ahoga. Yo puedo con esto, me digo a mí mismo. Yo soy más fuerte. Tomo la delantera en la carrera hacia la entrada del monstruo de fuego.

 

Las paredes rugen, los pilares tiemblan y el aire se vuelve pesado y ondulado. Mis compañeros me siguen y me ayudan a seguir cuando quiero detenerme.

 

“¿Fue esto lo que sintieron ellas antes de…?” No debo pensar en ello. Sólo en que puede que la encuentre aquí y termine con todo esto.

 

Encontramos a una persona tirada en mitad de la escalera, envuelta en mantas empapadas de agua y con un pasamontañas. Compruebo que respira con la misma dificultad que yo.

 

-Sácala tú-me ordena mi compañero-. Nosotros seguiremos. 

-¡Yo puedo seguir!-rujo enrabietado.

 

Me dejan solo sin opción a réplica con el revoltijo de mantas antes de que pueda seguir protestando. Debo continuar, debo ser yo quien la encuentre si aún está aquí, si ella ha tenido la culpa de todo esto.

 

Pero mi deber es ayudar a esta persona que agoniza fruto del humo que inunda sus pulmones. La saco en volandas, estamos tan sólo en la primera planta. Puede que me dé tiempo a volver con mis compañeros. Llego hasta el camión y la recuesto sobre mi asiento, tomando antes mi carta para cambiarla de lugar. De repente saca un brazo de entre las mantas y me entrega un trozo de papel con algunos bordes carbonizados. Su débil voz se ha vuelto ronca y tosca con el humo pero la reconozco como mujer.

 

-Ten esto… Házselo llegar a…

 

Tomo la cuartilla, que se despliega sin que pueda evitarlo al agarrarla.

 

No llegarás a tiempo. Esta vez tampoco lo harás, al igual que en las tres veces anteriores en que desaté mi pasión por el fuego, mis celos hacia esas mujeres que no te merecían porque ni siquiera habían llegado a conocerte una décima parte de lo que lo hice yo. ¡Merecían arder! Si me convertí en esto fue por tu culpa, por lo que provocaste en mí, jamás podría haber evitado que murieran porque era lo que yo deseaba. Hay algo en mí que limita mi libertad y la tuya, que me impulsa a prender en llamas a todas y cada una de las que se acercan a ti aunque eso me obligue a tener que huir para siempre.

 

Ha sido esa parte de ti que inevitablemente vive en mí la que me ha impulsado a liberar el fuego, a prender al hombre que me ha acompañado durante todo este tiempo lejos de ti cuando no he podido reconocer en él alguno de tus rasgos. Tú has tenido la culpa de que él haya muerto, tú me has controlado, mantienes tu mente unida a la mía…

 

No. No es cierto. Lo siento, lo siento tanto… Siento haber creado este miedo al fuego tan insano en ti. Siento haberte maldecido. Tal vez algún día entiendas que mi amor hacia dicho elemento es igual de insano y que sufro tanto como tú.

 

Sabía que llegaría el momento en que mi atracción irremediable al fuego se volvería contra mí, me arrinconase e hiciese pagar por todo lo que desaté. Y después de tanto tiempo sigo sin poder evitar acordarme de ti cuando la muerte me acecha. Pero si esta vez pierdo, espero que esto llegue a ti y sepas que después de todo, en el filo de mi vida, en el fin del mundo, en el infierno que yo he originado, has sido lo último en lo que he pensado.


 

Releo la última frase antes de ser consciente de lo que está pasando. La mujer saca a duras penas el pasamontañas de su ennegrecida cara mientras trata de arrancar de su garganta unas palabras.

 

-Házsela llegar a…

 

Antes de que vuelva a intentar terminar su frase me quito mi protección y enmudece al comprobar que estoy frente a ella. Sigo impasible y vuelvo a releer esas palabras que me han llamado la atención.

 

-Esta última frase…

 

-¿He… dicho algo malo?-pregunta con temor.

 

Le doy mi carta y sonrío, como temía. Como sabía que no podría evitar.

 

Me giro para volver a enfrentar el infierno. El que ha vuelto a desatar y que extinguiré con gusto pues nada me hace sentir más vivo.