Blaise es un chico ordenado, organizado, de mente viva e
inquieta. Le molesta que las personas a su alrededor se empeñen en asignarle un
trastorno porque él no sufre nada de eso. Sólo le gusta ser ordenado, que todo
salga según lo previsto porque así tiene tiempo para pensar en otras cosas y
poder dedicarse a ellas. Como ir al gimnasio por la mañana para mantener su
cuerpo en forma y a la universidad por la tarde para mantener su mente
vigorosa. Sus días son muy intensos, por eso es importante planificar cada
minuto para aprovecharlo. “Sólo se vive una vez”. Qué razón tenía el hombre que
dijo eso.
Cuando se imagina lo que podría ocurrir si algo fallase y
tuviera que ajustar todo su rutina… ¡No! En eso no le gusta pensar a Blaise. ¡Eso
arruinaría su día, su semana y puede que su vida entera! Por eso todas las
mañanas empieza con su perenne ruta planeada: al sonar de su despertador se
levanta, siempre con el pie derecho, esto es importante porque hay un dicho que
habla sobre las desgracias que te pueden ocurrir si te despiertas con el otro
pie, apaga el desagradable sonido que le ayuda a despertar, se viste con la
ropa que previamente planeó en la noche anterior, siempre empezando por los
calcetines, a continuación los pantalones y después las camisetas y chaquetas
además de colocar la cinta de su pulsómetro en su sitio y colocar en su muñeca
izquierda el reloj donde puede estar al tanto de la hora, la fecha y su número
de pulsaciones. Se lava las manos, orina, vuelve a lavárselas y se lava la
cara, se peina y se lava los dientes para ir a tomar un sano y perfectamente
equilibrado desayuno que le ayude a afrontar el día y mantener su cuerpo sano. Vuelve
a lavarse las manos, vuelve a lavarse los dientes y comprueba una por una cada
cerradura del piso donde vive sólo (no consiguió que nadie aceptase sus
condiciones para compartir piso) con sus consiguientes llaves para que estén
todas en buen estado, comprueba cada que cada una de las luces de la casa estén
apagadas accionando los interruptores en ambas posiciones para estar seguro de
que no gastará más de lo previsto. Toma su termómetro para medir su temperatura
y comprueba que sus pulsaciones son las adecuadas antes de volver a lavarse las
manos y salir comprobando que la cerradura de la salida está en perfecto estado
y sin arañazos.
Una vez en la calle toma el coche para acercarse a la
estación de tren ya que el único gimnasio que cumplía sus estrictos requisitos
queda en las afueras de la ciudad. La matrícula de su coche le encanta ya que
sumando sus números obtiene su número favorito. ¡Lo que tuvo que buscar hasta conseguir
la adecuada!
Pero hoy… ¡Hay niebla! Blaise piensa en que debería haberse
asomado a comprobar el tiempo y así haber salido antes. ¡Pero habría incumplido
alguna de sus rutinas! Piensa que debería cambiarlas mientras el pulso se le
acelera. Más aún cuando el coche que lleva delante debe aminorar la marcha en
la espesa niebla si no quiere atropellar a algún viandante.
“¡Oh, no! Llegaré tarde al tren de las 9:12” se lamenta
Blaise.
Trata de tranquilizarse tratando de llegar hasta su número
favorito usando los números de la matrícula del coche que lo bloquea. ¡Maldita
sea! Es imposible hacerlo. Esta matrícula tiene unos números demasiado
extraños. ¡Ojalá ese coche no existiera! piensa Blaise.
Finalmente llega a la estación y corre entre la gente aunque
esto le hace subir aún más el pulso. ¿Es que algo más puede ir mal? Son las
9:12, todavía está a tiempo de llegar antes de que el tren se marcha. Debe coger
ése, pues siempre se sienta en la misma silla al lado de una chica con la que
suele mantener una conversación de miradas que constituyen parte de la
felicidad de su día. Y no sólo por eso: la hora a la que lo toma y el número
que lo identifica en el vagón donde viaja le gustan porque contienen las dos
cifras de su número favorito. ¡Es el vagón perfecto!
Pero al salir al andén... ¡allí no hay tren! Sólo niebla y un
pobre hombre en silla de ruedas junto al banco donde en ocasiones espera a su
tren favorito. Su cara grita insomnio y cansancio y sus ojos azules están a punto
de ser ocultados tras sus párpados.
-¿Dónde está el tren de las 9:12?-dice Blaise mirando su
reloj. ¡Son las 9:13!
-Ha salido-le contesta el hombre sin mirarlo-. Dentro de poco
vendrá otro, yo también lo perdí.
Blaise se sienta en el banco en el extremo opuesto al que
está pegada la silla del hombre y trata de tranquilizarse buscando números,
mirando cómo su pulso baja y golpeando el suelo con su inquieto pie. Pregunta al
sorprendido hombre en otras dos ocasiones cuánto falta para que llegue el
próximo tren consiguiendo que sus párpados se eleven ante la situación.
Llega otro hombre de impecable traje, cabeza rapada y una sonrisa
en ristre que podría verse brillar entre la niebla.
-Buenos días-saluda a los dos-.
-Buenos días-contesta el hombre en la silla de ruedas con
desgana-.
-Buenos días. ¡Buenos días! Buenos días. ¡Buenos días!-contesta
Blaise apremiante-.
Los hombres lo miran incrédulos, más aún cuando el nuevo
personaje tiene que contestar en tres ocasiones más que el próximo tren está en
camino.
-¿Te preocupa mucho que llegue el tren a tiempo?-le acaba
preguntando el trajeado.
-¡Si no llego a tiempo todo el día estará mal!-le espeta
Blaise.
-Tranquilo chico. No pasa nada por retrasarse unos minutos.
Blaise no está de acuerdo con eso. Esos minutos son
irrecuperables. Si todos los días perdiera tiempo… ¡estaría malgastando gran
parte de su vida!
-Mira chico, tengo una historia en esta estación, una
historia que me cambió la vida-le dice el trajeado, que se presenta a
continuación como Mick Hustle. Consigue atraer la atención del nervioso chico
antes de continuar:-. Hace unos años había quedado con una chica a la que
estaba conociendo. Debíamos vernos en secreto porque su novio, al que estaba
dispuesta a dejar para irse conmigo, no quería darse cuenta de que ella no le
quería.
“Ese día también había niebla y llegué tarde a la estación,
por lo que tuve que tomar un tren que me hizo llegar tarde. Al llegar a mi
destino ella ya no me esperaba. No la culpo, tenía el tiempo contado para poder
verme y había supuesto que la había plantado. Casi sin estar consciente de lo
que hacía, pensando en cómo debería sentirse la chica, compré un boleto de
lotería a un vendedor que días después me daría una riqueza que jamás había
previsto tener. La perdí a ella, pero gané una vida estable plena de
tranquilidad y ahora me dedico a hacer lo que más me gusta en la vida. ¡No
sabes cómo me alegro de haber llegado tarde aquel día! ¡No sabes lo que le
agradezco a la niebla que me condujese hasta aquí!”
Blaise mira incrédulo sin acabar de creerse nada de eso. Es imposible
que romper sus propias reglas le lleve a un lugar mejor.
-Eso fue una casualidad, ¡casualidad! ¡Casualidad! ¡Casualidad!
No es bueno dejar cosas al azar.
Mick mira al hombre en silla de ruedas y resopla.
-Qué tozudo, ¿verdad?-dice Mick
-Yo también tengo una historia-responde el hombre sin mirar a
ningún lado-. ¿Aún crees en las casualidades?
El hombre gira el rostro hacia Blaise y Mick, les guiña un
ojo y sonríe convenciendo a ambos de que en realidad está vivo, al contrario de
lo que sugería su silencio.
-Hace muchos años, durante un día neblinoso, salí antes de
tiempo de mi casa. Me costó mucho renunciar a alguna de mis rutinas, pero debí
hacerlo para llegar a tiempo a tomar mi tren. Siempre tomaba el de la misma
hora, como tú-señala a Blaise-. Siempre llevaba a cabo la misma rutina, como
seguramente tú hagas. Era como tú.
“Tuve la mala suerte de llegar con antelación y decidí volver
a romper mis reglas para tomar el tren anterior al que tomaba de costumbre. Ese
día de niebla, el tren descarriló y debido al accidente quedé parapléjico. No
sabes lo que me castigué a mí mismo por romper mis propias normas. Tuve que
soportar ver a mi familia y a mi novia llorar a mares por mí, considerarme
inválido, ayudarme en tareas simples y tratarme como a un niño pequeño. Fue vergonzoso.”
-Entonces prefiero seguir seguir seguir seguir con mi rutina-contesta
abruptamente el joven Blaise-. Siempre será mejor quedarse donde se está que
poder ser más o menos feliz por romper mis normas normas normas normas.
-¿Quieres dejar de repetir las palabras?-gruñe el trajeado
Mick, molesto por el vocabulario reiterado del chico.
El hombre en silla de ruedas lo mira frunciendo el entrecejo
y Blaise se levanta de repente y se dirige al servicio de la estación. Allí se
lava las manos con su propio jabón y se limpia con sus propios pañuelos antes
de volver a comprobar su pulso y su aspecto. Al salir se encuentra a una mujer resultona
que está detenida mirando hacia los hombres que lo acompañaban en el banco.
Justo cuando Blaise intenta pasar por su lado, la mujer se pone en marcha obligando
al chico a aminorar su velocidad para no caminar a su lado.
La mujer llega hasta el banco, toma la silla de ruedas y la
mueve un poco antes que el hombre le pida que se detenga. Se mueve con
dificultad en la silla y se gira hacia Blaise.
-Chico, gracias a ese accidente me he di cuenta que la gente
piensa que sus límites están más cercanos a lo que piensan. ¡Yo puedo hacer
muchas cosas aún!-dice agitando las manos y sonriendo a la vez que provoca una
tenue sonrisa en la mujer.- Ella es Kaya, es la mujer de mi vida. El accidente
que tuve sólo nos unió más y me hizo darme cuenta de lo importante que es para
mí. ¡Cómo me alegro cada vez que veo que los días se levantan brumosos! ¡No
sabes cómo me alegro de romper mis normas!
Kaya y el hombre se despiden de Blaise y Mick articula un
triste “adiós, Kaya” mientras la ve alejarse hacia otro andén de la estación.
No le quita ojo hasta que la pierde entre la niebla y Blaise entiende que se
conocían.
-Pensándolo bien, no fue tan bueno que perdiese ese tren-masculla
Mick-. Aunque puede que sólo esté preguntándome cómo hubiera sido cogerlo a
tiempo sin tener en cuenta que perdería gran parte de lo que soy y lo que
tengo.
El traqueteo de un tren se hace cada vez más fuerte y aparece
entre la bruma deteniéndose justo frente a Blaise y Mick. El chico mira su
número y reconoce el tren de las 9:12 unos minutos más tarde de lo que él
preveía. Se introduce en el vagón que tanto le gusta acompañado de Mick, que va
a sentarse al otro extremo después de decirle:
-Algunos trenes también pueden retrasarse o volver a pasar.
Blaise le sonríe y se fija en que la chica le espera en su
sitio mirando con impaciencia su reloj de pulsera. El chico mira al suyo para
comprobar cómo sus pulsaciones aumentan por momentos y se va a sentar junto a ella.
Blaise capta un pequeño suspiro de alivio en la chica cuando lo ve sentarse y
en el primer disparo de miradas de la chica sonríe y rompe sus reglas.
