miércoles, 12 de marzo de 2014

Relato: Trenes que se hunden en la niebla.


Blaise es un chico ordenado, organizado, de mente viva e inquieta. Le molesta que las personas a su alrededor se empeñen en asignarle un trastorno porque él no sufre nada de eso. Sólo le gusta ser ordenado, que todo salga según lo previsto porque así tiene tiempo para pensar en otras cosas y poder dedicarse a ellas. Como ir al gimnasio por la mañana para mantener su cuerpo en forma y a la universidad por la tarde para mantener su mente vigorosa. Sus días son muy intensos, por eso es importante planificar cada minuto para aprovecharlo. “Sólo se vive una vez”. Qué razón tenía el hombre que dijo eso.

Cuando se imagina lo que podría ocurrir si algo fallase y tuviera que ajustar todo su rutina… ¡No! En eso no le gusta pensar a Blaise. ¡Eso arruinaría su día, su semana y puede que su vida entera! Por eso todas las mañanas empieza con su perenne ruta planeada: al sonar de su despertador se levanta, siempre con el pie derecho, esto es importante porque hay un dicho que habla sobre las desgracias que te pueden ocurrir si te despiertas con el otro pie, apaga el desagradable sonido que le ayuda a despertar, se viste con la ropa que previamente planeó en la noche anterior, siempre empezando por los calcetines, a continuación los pantalones y después las camisetas y chaquetas además de colocar la cinta de su pulsómetro en su sitio y colocar en su muñeca izquierda el reloj donde puede estar al tanto de la hora, la fecha y su número de pulsaciones. Se lava las manos, orina, vuelve a lavárselas y se lava la cara, se peina y se lava los dientes para ir a tomar un sano y perfectamente equilibrado desayuno que le ayude a afrontar el día y mantener su cuerpo sano. Vuelve a lavarse las manos, vuelve a lavarse los dientes y comprueba una por una cada cerradura del piso donde vive sólo (no consiguió que nadie aceptase sus condiciones para compartir piso) con sus consiguientes llaves para que estén todas en buen estado, comprueba cada que cada una de las luces de la casa estén apagadas accionando los interruptores en ambas posiciones para estar seguro de que no gastará más de lo previsto. Toma su termómetro para medir su temperatura y comprueba que sus pulsaciones son las adecuadas antes de volver a lavarse las manos y salir comprobando que la cerradura de la salida está en perfecto estado y sin arañazos.

Una vez en la calle toma el coche para acercarse a la estación de tren ya que el único gimnasio que cumplía sus estrictos requisitos queda en las afueras de la ciudad. La matrícula de su coche le encanta ya que sumando sus números obtiene su número favorito. ¡Lo que tuvo que buscar hasta conseguir la adecuada!

Pero hoy… ¡Hay niebla! Blaise piensa en que debería haberse asomado a comprobar el tiempo y así haber salido antes. ¡Pero habría incumplido alguna de sus rutinas! Piensa que debería cambiarlas mientras el pulso se le acelera. Más aún cuando el coche que lleva delante debe aminorar la marcha en la espesa niebla si no quiere atropellar a algún viandante.

“¡Oh, no! Llegaré tarde al tren de las 9:12” se lamenta Blaise.

Trata de tranquilizarse tratando de llegar hasta su número favorito usando los números de la matrícula del coche que lo bloquea. ¡Maldita sea! Es imposible hacerlo. Esta matrícula tiene unos números demasiado extraños. ¡Ojalá ese coche no existiera! piensa Blaise.

Finalmente llega a la estación y corre entre la gente aunque esto le hace subir aún más el pulso. ¿Es que algo más puede ir mal? Son las 9:12, todavía está a tiempo de llegar antes de que el tren se marcha. Debe coger ése, pues siempre se sienta en la misma silla al lado de una chica con la que suele mantener una conversación de miradas que constituyen parte de la felicidad de su día. Y no sólo por eso: la hora a la que lo toma y el número que lo identifica en el vagón donde viaja le gustan porque contienen las dos cifras de su número favorito. ¡Es el vagón perfecto!

Pero al salir al andén... ¡allí no hay tren! Sólo niebla y un pobre hombre en silla de ruedas junto al banco donde en ocasiones espera a su tren favorito. Su cara grita insomnio y cansancio y sus ojos azules están a punto de ser ocultados tras sus párpados.

-¿Dónde está el tren de las 9:12?-dice Blaise mirando su reloj. ¡Son las 9:13!

-Ha salido-le contesta el hombre sin mirarlo-. Dentro de poco vendrá otro, yo también lo perdí.

Blaise se sienta en el banco en el extremo opuesto al que está pegada la silla del hombre y trata de tranquilizarse buscando números, mirando cómo su pulso baja y golpeando el suelo con su inquieto pie. Pregunta al sorprendido hombre en otras dos ocasiones cuánto falta para que llegue el próximo tren consiguiendo que sus párpados se eleven ante la situación.

Llega otro hombre de impecable traje, cabeza rapada y una sonrisa en ristre que podría verse brillar entre la niebla.

-Buenos días-saluda a los dos-.

-Buenos días-contesta el hombre en la silla de ruedas con desgana-.

-Buenos días. ¡Buenos días! Buenos días. ¡Buenos días!-contesta Blaise apremiante-.

Los hombres lo miran incrédulos, más aún cuando el nuevo personaje tiene que contestar en tres ocasiones más que el próximo tren está en camino.

-¿Te preocupa mucho que llegue el tren a tiempo?-le acaba preguntando el trajeado.

-¡Si no llego a tiempo todo el día estará mal!-le espeta Blaise.

-Tranquilo chico. No pasa nada por retrasarse unos minutos.

Blaise no está de acuerdo con eso. Esos minutos son irrecuperables. Si todos los días perdiera tiempo… ¡estaría malgastando gran parte de su vida!

-Mira chico, tengo una historia en esta estación, una historia que me cambió la vida-le dice el trajeado, que se presenta a continuación como Mick Hustle. Consigue atraer la atención del nervioso chico antes de continuar:-. Hace unos años había quedado con una chica a la que estaba conociendo. Debíamos vernos en secreto porque su novio, al que estaba dispuesta a dejar para irse conmigo, no quería darse cuenta de que ella no le quería.

“Ese día también había niebla y llegué tarde a la estación, por lo que tuve que tomar un tren que me hizo llegar tarde. Al llegar a mi destino ella ya no me esperaba. No la culpo, tenía el tiempo contado para poder verme y había supuesto que la había plantado. Casi sin estar consciente de lo que hacía, pensando en cómo debería sentirse la chica, compré un boleto de lotería a un vendedor que días después me daría una riqueza que jamás había previsto tener. La perdí a ella, pero gané una vida estable plena de tranquilidad y ahora me dedico a hacer lo que más me gusta en la vida. ¡No sabes cómo me alegro de haber llegado tarde aquel día! ¡No sabes lo que le agradezco a la niebla que me condujese hasta aquí!”

Blaise mira incrédulo sin acabar de creerse nada de eso. Es imposible que romper sus propias reglas le lleve a un lugar mejor.

-Eso fue una casualidad, ¡casualidad! ¡Casualidad! ¡Casualidad! No es bueno dejar cosas al azar.

Mick mira al hombre en silla de ruedas y resopla.

-Qué tozudo, ¿verdad?-dice Mick

-Yo también tengo una historia-responde el hombre sin mirar a ningún lado-. ¿Aún crees en las casualidades?

El hombre gira el rostro hacia Blaise y Mick, les guiña un ojo y sonríe convenciendo a ambos de que en realidad está vivo, al contrario de lo que sugería su silencio.

-Hace muchos años, durante un día neblinoso, salí antes de tiempo de mi casa. Me costó mucho renunciar a alguna de mis rutinas, pero debí hacerlo para llegar a tiempo a tomar mi tren. Siempre tomaba el de la misma hora, como tú-señala a Blaise-. Siempre llevaba a cabo la misma rutina, como seguramente tú hagas. Era como tú.

“Tuve la mala suerte de llegar con antelación y decidí volver a romper mis reglas para tomar el tren anterior al que tomaba de costumbre. Ese día de niebla, el tren descarriló y debido al accidente quedé parapléjico. No sabes lo que me castigué a mí mismo por romper mis propias normas. Tuve que soportar ver a mi familia y a mi novia llorar a mares por mí, considerarme inválido, ayudarme en tareas simples y tratarme como a un niño pequeño. Fue vergonzoso.”

-Entonces prefiero seguir seguir seguir seguir con mi rutina-contesta abruptamente el joven Blaise-. Siempre será mejor quedarse donde se está que poder ser más o menos feliz por romper mis normas normas normas normas.

-¿Quieres dejar de repetir las palabras?-gruñe el trajeado Mick, molesto por el vocabulario reiterado del chico.

El hombre en silla de ruedas lo mira frunciendo el entrecejo y Blaise se levanta de repente y se dirige al servicio de la estación. Allí se lava las manos con su propio jabón y se limpia con sus propios pañuelos antes de volver a comprobar su pulso y su aspecto. Al salir se encuentra a una mujer resultona que está detenida mirando hacia los hombres que lo acompañaban en el banco. Justo cuando Blaise intenta pasar por su lado, la mujer se pone en marcha obligando al chico a aminorar su velocidad para no caminar a su lado.

La mujer llega hasta el banco, toma la silla de ruedas y la mueve un poco antes que el hombre le pida que se detenga. Se mueve con dificultad en la silla y se gira hacia Blaise.

-Chico, gracias a ese accidente me he di cuenta que la gente piensa que sus límites están más cercanos a lo que piensan. ¡Yo puedo hacer muchas cosas aún!-dice agitando las manos y sonriendo a la vez que provoca una tenue sonrisa en la mujer.- Ella es Kaya, es la mujer de mi vida. El accidente que tuve sólo nos unió más y me hizo darme cuenta de lo importante que es para mí. ¡Cómo me alegro cada vez que veo que los días se levantan brumosos! ¡No sabes cómo me alegro de romper mis normas!

Kaya y el hombre se despiden de Blaise y Mick articula un triste “adiós, Kaya” mientras la ve alejarse hacia otro andén de la estación. No le quita ojo hasta que la pierde entre la niebla y Blaise entiende que se conocían.

-Pensándolo bien, no fue tan bueno que perdiese ese tren-masculla Mick-. Aunque puede que sólo esté preguntándome cómo hubiera sido cogerlo a tiempo sin tener en cuenta que perdería gran parte de lo que soy y lo que tengo.

El traqueteo de un tren se hace cada vez más fuerte y aparece entre la bruma deteniéndose justo frente a Blaise y Mick. El chico mira su número y reconoce el tren de las 9:12 unos minutos más tarde de lo que él preveía. Se introduce en el vagón que tanto le gusta acompañado de Mick, que va a sentarse al otro extremo después de decirle:

-Algunos trenes también pueden retrasarse o volver a pasar.

Blaise le sonríe y se fija en que la chica le espera en su sitio mirando con impaciencia su reloj de pulsera. El chico mira al suyo para comprobar cómo sus pulsaciones aumentan por momentos y se va a sentar junto a ella. Blaise capta un pequeño suspiro de alivio en la chica cuando lo ve sentarse y en el primer disparo de miradas de la chica sonríe y rompe sus reglas.

-Me llamo Blaise. ¿Y tú?

 

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