sábado, 8 de diciembre de 2012

Cap. 2


2

ADIESTRAMIENTO

“No es tarea fácil educar jóvenes, adiestrarlos, en cambio, es muy sencillo." (Rabindranath Tagore)

 

7 AÑOS ANTES

 

                Era temprano y Ricard corría por el pasillo del castillo que conducía hacia la estancia donde dormían sus padres, con energías renovadas tras haber dormido. Tenía unas ganas enormes de volver a practicar con la espada, aprender a dominarla para conseguir llegar a su objetivo: pertenecer a la guardia del Rey, de la que su padre era capitán general y poder luchar contra esas extrañas criaturas que su padre le había descrito. Su padre le prometió que se encargaría de su adiestramiento en los momentos en los que no tuviera que cumplir con ninguna misión y aquel era el momento perfecto. La vida en el castillo era terriblemente aburrida, ya que no había más niños viviendo en el mismo aparte de él, que vivía con sus padres gracias al favor que prestaba su padre al rey y además era hijo único. Al menos que él conociese, ya que en alguna ocasión había oído hablar sobre el hijo del rey, pero en sus trece años de vida no recordaba haberlo visto en ninguna ocasión. Suponía que, tal como le había dicho su padre, el ser el sucesor directo del rey supondría una serie de responsabilidades para las que debía estar preparado, por lo que sus ocupaciones lo obligarían a obviar que existía la diversión en el mundo.

                El adiestramiento era en aquellos momentos lo único que lo motivaba. El tener un objetivo en la vida suponía para él una razón para levantarse y esforzarse dentro de aquel ambiente de internamiento en el que vivía. No tenía amigos de su edad cerca, ya que sus padres le tenían prohibido salir de los terrenos del castillo real, donde convivía con los miembros de la familia real, pero al no compartir estancia nunca con ellos en su vida cotidiana tan sólo conocía a algunos de vista, pero aún así le era difícil recordar el nombre de algunos. Sus padres solían decir que Auronzo, la ciudad donde vivían y capital de Eraclea era demasiado peligrosa y grande para un chico como él, por lo que su padre aceptó el entrenarlo para la guardia real, pues lo convertiría en alguien fuerte. En sus visitas a su único abuelo vivo, que vivía en un pueblo llamado Vezzano situado en las montañas, a ochenta kilómetros de la ciudad, había conocido a dos chicos y dos chicas con los que había congeniado bastante bien y a los que solía escribir, pues echaba mucho de menos en el castillo. No tenía permitido invitarlos al castillo al ser simples pueblerinos y es algo que le frustraba.

                Llegó a la habitación, tocó la puerta en varias ocasiones y escuchó la voz de su padre dándole permiso para entrar en los aposentos. Entró y comprobó que su padre se estaba poniendo su sayo negro, demostrando que ese día estaba dispuesto a seguir con el adiestramiento. Su madre, ya vestida con su traje de corsé blanco con la falda roja larga y una camisola blanca de manga corta debajo abría la ventana y recogía las botas negras de su padre para dárselas. Llevaba el pelo castaño largo recogido en una trenza que le caía por la espalda.

-¡Vaya, como se nota que tienes ganas de empezar! Casi no esperas a que amanezca para venir a buscar a tu padre-dijo mientras entregaba las botas a Ariano, su esposo-.

-Si tuviera algo mejor que hacer… -dijo con un deje de exasperación- Lo único que puedo hacer es estudiar en la biblioteca y entrenar. Y cuando el príncipe tiene clase con Ramus no me dejan estar allí.

-Está bien, ve al patio de armas mientras me termino de vestir Ricard. Ve sacando del almacén las espadas de madera para la práctica. En un momento estaré allí.

-Ten cuidado por favor-advirtió Diana-.

-Ya no soy un niño mamá-le molestaba que aún lo tratara como un niño, aunque debido a que era hijo único era algo comprensible que lo protegiera-.

-Tampoco eres un hombre-dijo sonriendo-.

                Ricard salió de la habitación y se dirigió al patio de armas por el largo pasillo. Colgados en las paredes de piedra había candelabros que iluminaban el recorrido y cuadros con retratos pintados de anteriores reyes de la región. Reconocía a algunos de los más ilustres, pues había leído sobre la historia de la región en la biblioteca del castillo.

Giró al final del pasillo y se detuvo ante la visión de una figura con una túnica con capucha de color marrón oscuro, situada de espaldas a él a escasos tres metros. Estaba situado frente a la puerta de madera de la habitación de estudio del consejero del rey, Ramus y pareció no percatarse de su presencia mientras esperaba totalmente inmóvil. De repente la puerta comenzó a abrirse y Ricard sintió el impulso de esconderse, por lo que volvió sobre sus pasos para esconderse en la esquina de la pared. Pensó que no debía estar allí por alguna razón y decidió volver para esperar a su padre, pero la curiosidad por saber quién era aquel hombre y de qué habría venido a hablar con Ramus lo mantuvo donde estaba.

-Buenos días Ramus. Me gustaría conocer cuál es la respuesta del rey a mi propuesta. Supongo que habrá tenido tiempo de estudiarla en esta semana ¿verdad?-dijo el encapuchado, con una voz espectacularmente grave-.

-Sabe que es una decisión difícil, y no exenta de riesgo el optar por ella, por lo que espero que entienda de la indecisión actual del rey-respondió con voz calmada Ramus-.

-Nuestra familia es cada vez más grande dentro de este reino, cada vez son más nuestros simpatizantes. Representamos el bien para el pueblo y debe tener en cuenta que no serviría una campaña para desprestigiarnos. Sólo hacemos buenas acciones, estamos al servicio del pueblo, pero el tema es que el pueblo no es rentable a nuestros intereses. De poco nos sirve ser buenos si eso no se traduce una buena vida para nosotros y nuestros seguidores. Por mucho que prediquemos que actuamos por el bien de la humanidad no es menos cierto que el ser humano es egoísta por naturaleza y no es capaz de dar bien sin esperar nada a cambio. Necesitamos de nuevo la voz del rey para proclamar nuestras virtudes y bondades.

-Tenemos conocimiento sobre eso, pero el actual pacto es difícil de romper. Debéis demostrar vuestras capacidades, el rey no puede equivocarse en su elección, no puede estar en el lado débil.

-Está bien, si es lo que necesitáis… 

Ricard retrocedió ante el sonido de pasos del encapuchado, que parecía alejarse, y se dispuso a volver a empezar la marcha hacia el patio de armas, disimulando lo mejor que podía. Ramus avanzó hacia donde él venía y se encontraron justo en la esquina. Ramus se sorprendió al encontrárselo y echó una mirada mientras se alejaba en dirección contraria a la suya.

                La enigmática conversación que acababa de escuchar lo hizo pensar. ¿Qué pacto era el que tenía el rey y en qué consistía? ¿Quién era y a qué extraña organización pertenecía el encapuchado? Se daba cuenta de cuánto le faltaba por conocer del mundo en el que vivía y de lo que necesitaba salir de aquel castillo para obtener conocimientos.

                Llegó sin darse cuenta al patio de armas y sacó del almacén las dos espadas de madera y dos cotas de malla y se puso una de ellas sobre su casaca. Cuando salió de nuevo su padre ya había llegado. Se puso su cota de malla, cogió la espada y se puso a hacer movimientos amplios con ella para calentar sus músculos. A Ricard le impacientaba todo ese ritual, aunque su padre le recordaba que era importante prepararse antes de empezar el entrenamiento.

-Empecemos ya papá, hoy conseguiré desarmarte, me siento más fuerte.

-Recuerda lo que siempre te digo Ricard-masculló Ariano-. La clave para ser un buen guerrero es…

-“Conoce a los demás y serás un erudito, conócete a ti mismo y serás un sabio. Controla a los demás y serás poderoso, contrólate a ti mismo y serás invencible.”-enunció con desgana.

-Un día entenderás el significado de este dicho. Sin experiencia todo son prejuicios y conocimientos previos inservibles y que complican el entendimiento.

                Ricard admiraba la sabiduría de su padre, sentía un gran respeto por como un hombre que se dedicaba a la lucha por la protección de la monarquía tenía tantos conocimientos. Ya desde pequeño, frases como “Ya lo entenderás cuando seas mayor” le había provocado una curiosidad y ansias por saber que lo habían motivado a estudiar y leer los libros de la biblioteca. Eran como pequeños retos a su orgullo el que lo tratase como un ignorante aprendiz que aún no podía comprender algunas leyes vitales.

-Comencemos, y recuerda controlarte o lo pasarás mal- advirtió con una sonrisa en la cara-.

                Ricard se lanzó inmediatamente hacia su padre, que con un simple movimiento esquivó su estocada y lo golpeó en la espalda haciéndolo caer. Rodó por el suelo y se incorporó.

-Eso es justamente lo que no debes hacer. No te lances sin miramientos, estudia a tu rival o usará tu fuerza contra ti.

                El golpe que se había dado con la caída lo había hecho enfadarse un poco, con lo que no prestó atención a las palabras de su padre. Se lanzó de nuevo dando bandazos con la espada de madera, que sólo producía un sonido seco cada vez que golpeaba la de su padre, que hábilmente paraba sus acometidas mientras retrocedía. Finalmente y con un movimiento lateral esquivó a su hijo y lo golpeó en la pierna derecha, haciéndolo caer.

                El dolor en la rodilla de Ricard fue tan agudo que tuvo que cerrar los ojos. De pronto una sensación cálida lo invadió y escuchó a alguien susurrándole muy bajo: “Déjame ayudarte, libera tu ira, yo acabaré con él…”. Abrió los ojos. Ariano lo miró mientras se levantaba y vio como el iris de Ricard había tornado de color rojo y su pupila era una simple rendija negra. Temblaba y lo miraba fijamente, sin parpadear. Las venas en la sien palpitaban fuertemente y a ritmo acelerado.

                Ricard veía una pequeña llama roja recorriendo el cuerpo de su padre y podía captar detalles de su alrededor de forma increíblemente nítida. Su vista parecía haber mejorado por momentos, como la de un águila surcando las alturas mientras captando los más sutiles movimientos a cientos de metros.

-Está bien por hoy hijo-murmuró tranquilamente-. Date un baño y acompaña a tu madre en las tareas que tenga que realizar. Debo realizar un recado.

                Ariano dejó la cota de malla y la espada en el almacén y volvió a salir al patio, donde Ricard continuaba de pie y mirándolo fijamente, aunque había dejado de temblar. Debía dejarlo recuperarse, que se tranquilizara. Era demasiado joven para soportarlo, sería problemático que fuera a más.

-Lleva tus cosas al almacén. Perdona si te ha dolido el último golpe, pero quiero que te des cuenta de lo importante que es dejar fuera los sentimientos en la lucha. Es lo que marca la diferencia y lo que puede decidir el salir vivo o muerto. Espero que entiendas la importancia de lo que te digo-dijo y se marchó hacia el interior del castillo-.

                Pero Ricard no lo escuchaba a él. Una voz en su interior, fría y que carecía por completo de humanidad seguía insistiendo: “Créeme, si me dejas calmaré tu ira, te liberaré, cumpliré con tu voluntad”. “Pero yo no quiero hacer daño a mi padre-pensaba Ricard mientras se sentía cada vez más tranquilo ante las palabras de su padre-. No, definitivamente voy a dejar las cosas en el almacén”. “¡No! ¡Préstame atención! Yo haré que…”

                La voz se fue apagando hasta que dejó de oírla. Ya había perdido de vista a su padre y tuvo la misma sensación que al haberse despertado de un sueño extraño. Dejó las cosas en el almacén mientras intentaba recordar lo ocurrido. ¿Qué diablos había pasado? ¿Qué era aquella voz fría que surgía de su interior? ¿Qué hubiera ocurrido si hubiera aceptado aquella proposición, si hubiera dejado que esa presencia tomara el control? Estaba perplejo, pero pensaba que no sería buena idea comentarlo con sus padres, sería difícil de creer, lo tomarían por loco.

 
 
 
 

                 Ariano se dirigió hacia su habitación personal, su despacho, donde trabajaba e investigaba cuando no tenía otra cosa que hacer. Entró, le dio la vuelta a la mesa de caoba que presidía la estancia y cogió de la ventana una jaula colgada junto a la ventana que contenía una paloma blanca con tonos grisáceos en la parte posterior de las alas y la cola. La colocó encima de la mesa y sacó un trozo de pergamino, el bote de tinta y su pluma de cuervo y comenzó a escribir. Era importante que su padre supiese los síntomas que había mostrado su hijo, pues nadie mejor que él sabía de la evolución de los de su especie y cómo controlarla. Si enviaba su paloma mensajera al pueblo en ese momento su padre podría llegar por la tarde. 

Cap. 1


1

IRA

"La cordura del hombre detiene su ira." (A. J. Jacobs. La Biblia al pie de la letra.)

 

                Sentía la brisa nocturna azotándole la cara mientras se dirigía volando hacia el castillo situado en la parte norte de la ciudad. La ira cegaba sus pensamientos, recordándole otros tiempos cuando le era imposible controlar esa fuerza interior que le hacía transformarse en un ser sanguinario y letal con el que se interpusiera en su camino.

                Sobrevoló las murallas que rodeaban el castillo y se dirigió hacia la torre central. Aún en esos momentos sabía lo que debía hacer. Su presa no era un simple humano, sino uno de los considerados Ángeles celestiales, que se dedicaban a acabar con los de su especie. Su especialidad era el combate a media y larga distancia, por lo que debía ser rápido y acercarse lo máximo posible a él, ya que en las distancias cortas su físico, ahora transformado, era un hándicap que volvía las cosas a su favor.

                Llegó a su destino y descendió hasta situarse justo encima de la cúpula de cristal de la habitación para observar detenidamente la situación. Maurice Glyn acababa de entrar en la estancia, con el arco en la mano derecha y el carcaj a la espalda. Llevaba la máscara  adornada por una cruz fina de color dorado, creando cuatro zonas de colores negro la parte superior derecha e inferior izquierda y las otras dos zonas de color blanco, con tres aberturas para ojos y nariz, cubriéndole el rostro y una túnica blanca con detalles azules con la que vestían los Ángeles celestiales cuando salían a la caza de aquellos despiadados demonios, botas negras altas y una cota de malla bajo la túnica. Tranquilo y orgulloso tras haber cumplido con su trabajo esa noche dejó el arco y carcaj sobre la cama, sobre el edredón de seda roja y se sentó en el mismo para descalzarse.

                “Un momento más-pensó para sí mismo mientras notaba que el corazón se le aceleraba y le hacía temblar las manos-. Sólo un poco más…”

                Se descalzó y fue a dejar las botas en el armario. Tras dejarlas se dirigió a correr las cortinas y cerrar las ventanas, dando la espalda a la cama y a la entrada de la habitación.

                Entonces sintió que llegaba el momento: atravesó la vidriera y aterrizó cinco metros más abajo, en el suelo, justo detrás de su presa, a los pies de la cama donde se situaban las únicas armas que ahora podrían suponer un peligro para él. Maurice se dio la vuelta ante el sonido de cristales cayendo al suelo y observó la criatura que había aparecido cuando había bajado la guardia. De más de dos metros de estatura, pelo negro azabache, dos cuernos orientados hacia el frente que le nacían desde cerca de la sien de cada lado de su cara, un torso musculado que solo cubrían unos jirones de lo que había sido hace unos minutos un chaleco negro, con pantalones y botas del mismo color. De las puntas de sus dedos crecían unas afiladas garras de tres centímetros cada una. Tenía la cara angulosa crispada por la rabia y unos ojos rojos con una minúscula pupila que lo observaban con una ferocidad que había vislumbrado en alguna ocasión en otros de su especie. Pero esta vez tenía más lejos su arco y flechas de lo que le gustaría…

                Con una velocidad sobrehumana, Ricard se abalanzó sobre Maurice y lo agarró con la mano izquierda por la túnica antes de que pudiera reaccionar y lo estrelló contra la pared de al lado de la ventana, sujetándolo.

Echó el brazo derecho hacia detrás, listo para efectuar el golpe final con sus garras en el pecho de su presa. Inmediatamente, Maurice se sacó una daga que siempre guardaba bajo la túnica y acuchilló el torso de Ricard, que retrocedió.

Los jirones que quedaban en el torso de Ricard se desprendieron y del corte, producido a media altura del torso, brotó una fina cascada de sangre. La cicatriz de su hombro quedó al descubierto y Maurice se fijó en ella.

-¡Tú! ¡Lo sabía! –le dijo a Ricard mientras jadeaba, intentándose recuperar del golpe recibido contra la pared.

                Ricard se abalanzó de nuevo sobre él, sujetándole los brazos y obligándole a soltar la daga. Lo tiró al suelo y lo sujetó por el cuello. La sangre hirviendo del pecho de Ricard caía sobre el cuerpo de su adversario abrasándole el cuerpo y produciendo vapor al entrar en contacto con el aire frío de la estancia. Ahora no fallaría, ahora calmaría su sed de venganza, todo su sufrimiento terminaría con la vida de ese hombre…

                Se escucharon tres golpes secos y de poca intensidad. La puerta de la habitación se abrió de repente y dejó ver a una mujer de increíble belleza, vestida con una camisola larga de color marrón a la altura de las rodillas y de mangas largas hasta las muñecas. Tenía el pelo negro suelto que le llegaba algo más abajo de la altura de los hombros y que le caía a ambos lados de la cara sobre los hombros dándole una apariencia aún más atractiva que la habitual.    Escudriñó la alborotada estancia con sus extraordinarios ojos negros y tardó varios segundos en vislumbrar la escena quedando paralizada ante la situación.

-¡¡MAURICE!!- gritó sobresaltada ante la cantidad de sangre que cubría al hombre, aunque no pertenecía a él.

                Su voz golpeó el oído de Ricard que  se giró para contemplarla, atónito ante su repentina aparición. Ella miró a la criatura con una mezcla de terror y desesperación en la cara y sus ojos se pararon en la cicatriz en el hombro de la misma. Sus ojos se encontraron entonces con los ojos rojos de Ricard y su cara reflejó su sorpresa. En ese momento, Ricard lo entendió todo…

El gen V. Portada

          Ricard vive enclaustrado en el deprimente castillo real de Auronzo donde su padre trabaja como capitán general de la guardia del Rey de Eraclea. Pasa las horas entrenando para ser un buen soldado en el futuro, estudiando en la magnífica biblioteca del castillo y soñando despierto imaginando su prometedor futuro. Nada le podría hacerse imaginar cómo de maravilloso y terrible es el mundo donde vive. Sólo su experiencia...


          "Los libros son espejos: sólo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro." (Carlos Ruiz Zafón, La sombra del viento.)