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IRA
"La
cordura del hombre detiene su ira." (A. J. Jacobs. La Biblia al pie de la
letra.)
Sentía
la brisa nocturna azotándole la cara mientras se dirigía volando hacia el
castillo situado en la parte norte de la ciudad. La ira cegaba sus
pensamientos, recordándole otros tiempos cuando le era imposible controlar esa
fuerza interior que le hacía transformarse en un ser sanguinario y letal con el
que se interpusiera en su camino.
Sobrevoló
las murallas que rodeaban el castillo y se dirigió hacia la torre central. Aún
en esos momentos sabía lo que debía hacer. Su presa no era un simple humano, sino
uno de los considerados Ángeles celestiales, que se dedicaban a acabar con los
de su especie. Su especialidad era el combate a media y larga distancia, por lo
que debía ser rápido y acercarse lo máximo posible a él, ya que en las
distancias cortas su físico, ahora transformado, era un hándicap que volvía las
cosas a su favor.
Llegó
a su destino y descendió hasta situarse justo encima de la cúpula de cristal de
la habitación para observar detenidamente la situación. Maurice Glyn acababa de
entrar en la estancia, con el arco en la mano derecha y el carcaj a la espalda.
Llevaba la máscara adornada por una cruz
fina de color dorado, creando cuatro zonas de colores negro la parte superior
derecha e inferior izquierda y las otras dos zonas de color blanco, con tres
aberturas para ojos y nariz, cubriéndole el rostro y una túnica blanca con
detalles azules con la que vestían los Ángeles celestiales cuando salían a la
caza de aquellos despiadados demonios, botas negras altas y una cota de malla
bajo la túnica. Tranquilo y orgulloso tras haber cumplido con su trabajo esa
noche dejó el arco y carcaj sobre la cama, sobre el edredón de seda roja y se
sentó en el mismo para descalzarse.
“Un
momento más-pensó para sí mismo mientras notaba que el corazón se le aceleraba
y le hacía temblar las manos-. Sólo un poco más…”
Se
descalzó y fue a dejar las botas en el armario. Tras dejarlas se dirigió a
correr las cortinas y cerrar las ventanas, dando la espalda a la cama y a la
entrada de la habitación.
Entonces
sintió que llegaba el momento: atravesó la vidriera y aterrizó cinco metros más
abajo, en el suelo, justo detrás de su presa, a los pies de la cama donde se
situaban las únicas armas que ahora podrían suponer un peligro para él. Maurice
se dio la vuelta ante el sonido de cristales cayendo al suelo y observó la
criatura que había aparecido cuando había bajado la guardia. De más de dos
metros de estatura, pelo negro azabache, dos cuernos orientados hacia el frente
que le nacían desde cerca de la sien de cada lado de su cara, un torso
musculado que solo cubrían unos jirones de lo que había sido hace unos minutos
un chaleco negro, con pantalones y botas del mismo color. De las puntas de sus
dedos crecían unas afiladas garras de tres centímetros cada una. Tenía la cara
angulosa crispada por la rabia y unos ojos rojos con una minúscula pupila que
lo observaban con una ferocidad que había vislumbrado en alguna ocasión en
otros de su especie. Pero esta vez tenía más lejos su arco y flechas de lo que
le gustaría…
Con
una velocidad sobrehumana, Ricard se abalanzó sobre Maurice y lo agarró con la
mano izquierda por la túnica antes de que pudiera reaccionar y lo estrelló
contra la pared de al lado de la ventana, sujetándolo.
Echó el brazo
derecho hacia detrás, listo para efectuar el golpe final con sus garras en el
pecho de su presa. Inmediatamente, Maurice se sacó una daga que siempre guardaba
bajo la túnica y acuchilló el torso de Ricard, que retrocedió.
Los jirones
que quedaban en el torso de Ricard se desprendieron y del corte, producido a media
altura del torso, brotó una fina cascada de sangre. La cicatriz de su hombro
quedó al descubierto y Maurice se fijó en ella.
-¡Tú! ¡Lo
sabía! –le dijo a Ricard mientras jadeaba, intentándose recuperar del golpe
recibido contra la pared.
Ricard
se abalanzó de nuevo sobre él, sujetándole los brazos y obligándole a soltar la
daga. Lo tiró al suelo y lo sujetó por el cuello. La sangre hirviendo del pecho
de Ricard caía sobre el cuerpo de su adversario abrasándole el cuerpo y
produciendo vapor al entrar en contacto con el aire frío de la estancia. Ahora
no fallaría, ahora calmaría su sed de venganza, todo su sufrimiento terminaría
con la vida de ese hombre…
Se
escucharon tres golpes secos y de poca intensidad. La puerta de la habitación
se abrió de repente y dejó ver a una mujer de increíble belleza, vestida con
una camisola larga de color marrón a la altura de las rodillas y de mangas
largas hasta las muñecas. Tenía el pelo negro suelto que le llegaba algo más
abajo de la altura de los hombros y que le caía a ambos lados de la cara sobre los
hombros dándole una apariencia aún más atractiva que la habitual. Escudriñó la alborotada estancia con sus
extraordinarios ojos negros y tardó varios segundos en vislumbrar la escena quedando
paralizada ante la situación.
-¡¡MAURICE!!-
gritó sobresaltada ante la cantidad de sangre que cubría al hombre, aunque no
pertenecía a él.
Su
voz golpeó el oído de Ricard que se giró
para contemplarla, atónito ante su repentina aparición. Ella miró a la criatura
con una mezcla de terror y desesperación en la cara y sus ojos se pararon en la
cicatriz en el hombro de la misma. Sus ojos se encontraron entonces con los
ojos rojos de Ricard y su cara reflejó su sorpresa. En ese momento, Ricard lo
entendió todo…
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