sábado, 8 de diciembre de 2012

Cap. 1


1

IRA

"La cordura del hombre detiene su ira." (A. J. Jacobs. La Biblia al pie de la letra.)

 

                Sentía la brisa nocturna azotándole la cara mientras se dirigía volando hacia el castillo situado en la parte norte de la ciudad. La ira cegaba sus pensamientos, recordándole otros tiempos cuando le era imposible controlar esa fuerza interior que le hacía transformarse en un ser sanguinario y letal con el que se interpusiera en su camino.

                Sobrevoló las murallas que rodeaban el castillo y se dirigió hacia la torre central. Aún en esos momentos sabía lo que debía hacer. Su presa no era un simple humano, sino uno de los considerados Ángeles celestiales, que se dedicaban a acabar con los de su especie. Su especialidad era el combate a media y larga distancia, por lo que debía ser rápido y acercarse lo máximo posible a él, ya que en las distancias cortas su físico, ahora transformado, era un hándicap que volvía las cosas a su favor.

                Llegó a su destino y descendió hasta situarse justo encima de la cúpula de cristal de la habitación para observar detenidamente la situación. Maurice Glyn acababa de entrar en la estancia, con el arco en la mano derecha y el carcaj a la espalda. Llevaba la máscara  adornada por una cruz fina de color dorado, creando cuatro zonas de colores negro la parte superior derecha e inferior izquierda y las otras dos zonas de color blanco, con tres aberturas para ojos y nariz, cubriéndole el rostro y una túnica blanca con detalles azules con la que vestían los Ángeles celestiales cuando salían a la caza de aquellos despiadados demonios, botas negras altas y una cota de malla bajo la túnica. Tranquilo y orgulloso tras haber cumplido con su trabajo esa noche dejó el arco y carcaj sobre la cama, sobre el edredón de seda roja y se sentó en el mismo para descalzarse.

                “Un momento más-pensó para sí mismo mientras notaba que el corazón se le aceleraba y le hacía temblar las manos-. Sólo un poco más…”

                Se descalzó y fue a dejar las botas en el armario. Tras dejarlas se dirigió a correr las cortinas y cerrar las ventanas, dando la espalda a la cama y a la entrada de la habitación.

                Entonces sintió que llegaba el momento: atravesó la vidriera y aterrizó cinco metros más abajo, en el suelo, justo detrás de su presa, a los pies de la cama donde se situaban las únicas armas que ahora podrían suponer un peligro para él. Maurice se dio la vuelta ante el sonido de cristales cayendo al suelo y observó la criatura que había aparecido cuando había bajado la guardia. De más de dos metros de estatura, pelo negro azabache, dos cuernos orientados hacia el frente que le nacían desde cerca de la sien de cada lado de su cara, un torso musculado que solo cubrían unos jirones de lo que había sido hace unos minutos un chaleco negro, con pantalones y botas del mismo color. De las puntas de sus dedos crecían unas afiladas garras de tres centímetros cada una. Tenía la cara angulosa crispada por la rabia y unos ojos rojos con una minúscula pupila que lo observaban con una ferocidad que había vislumbrado en alguna ocasión en otros de su especie. Pero esta vez tenía más lejos su arco y flechas de lo que le gustaría…

                Con una velocidad sobrehumana, Ricard se abalanzó sobre Maurice y lo agarró con la mano izquierda por la túnica antes de que pudiera reaccionar y lo estrelló contra la pared de al lado de la ventana, sujetándolo.

Echó el brazo derecho hacia detrás, listo para efectuar el golpe final con sus garras en el pecho de su presa. Inmediatamente, Maurice se sacó una daga que siempre guardaba bajo la túnica y acuchilló el torso de Ricard, que retrocedió.

Los jirones que quedaban en el torso de Ricard se desprendieron y del corte, producido a media altura del torso, brotó una fina cascada de sangre. La cicatriz de su hombro quedó al descubierto y Maurice se fijó en ella.

-¡Tú! ¡Lo sabía! –le dijo a Ricard mientras jadeaba, intentándose recuperar del golpe recibido contra la pared.

                Ricard se abalanzó de nuevo sobre él, sujetándole los brazos y obligándole a soltar la daga. Lo tiró al suelo y lo sujetó por el cuello. La sangre hirviendo del pecho de Ricard caía sobre el cuerpo de su adversario abrasándole el cuerpo y produciendo vapor al entrar en contacto con el aire frío de la estancia. Ahora no fallaría, ahora calmaría su sed de venganza, todo su sufrimiento terminaría con la vida de ese hombre…

                Se escucharon tres golpes secos y de poca intensidad. La puerta de la habitación se abrió de repente y dejó ver a una mujer de increíble belleza, vestida con una camisola larga de color marrón a la altura de las rodillas y de mangas largas hasta las muñecas. Tenía el pelo negro suelto que le llegaba algo más abajo de la altura de los hombros y que le caía a ambos lados de la cara sobre los hombros dándole una apariencia aún más atractiva que la habitual.    Escudriñó la alborotada estancia con sus extraordinarios ojos negros y tardó varios segundos en vislumbrar la escena quedando paralizada ante la situación.

-¡¡MAURICE!!- gritó sobresaltada ante la cantidad de sangre que cubría al hombre, aunque no pertenecía a él.

                Su voz golpeó el oído de Ricard que  se giró para contemplarla, atónito ante su repentina aparición. Ella miró a la criatura con una mezcla de terror y desesperación en la cara y sus ojos se pararon en la cicatriz en el hombro de la misma. Sus ojos se encontraron entonces con los ojos rojos de Ricard y su cara reflejó su sorpresa. En ese momento, Ricard lo entendió todo…

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