miércoles, 15 de octubre de 2014

PIEDRAS. PRECIOSAS.



-¿Y cómo dices que se llama?
-¡Qué importa! Tiene tantos nombres y tengo yo tantos por su culpa que cualquiera ha dejado de tener importancia-trataba de quitarle importancia Florian Heart-.

Le molestaba profundamente que aquel hombre que lo doblaba en edad se le acercase la mayoría de las veces que se aproximaba a los límites del bosque en busca de una visión que lo fascinaba. Pero Theodor Mind siempre estaba allí plantado, como un árbol más, en un viejo banco de hierro negro abandonado justo en el lugar donde la depravada civilización limitaba con la libertad de la naturaleza. Al “viejo” Theodor (como lo llamaba Florian, aun contando con menos de cuatro decenas de años) le gustaba leer, inventar chistes extraños que sólo él solía entender y poner cara de hormigón cuando alguien quería hacerse el gracioso. Y siempre se sentaba en aquel banco a mirar quién sabe qué buscando a alguien quién sabe dónde.

-¿Estás seguro chico? ¿Una auténtica mujer de piedra?-trataba de burlarse el viejo Mind.

-Sí, la he visto muchas veces-se empeñaba en repetir Florian-. Llevo años viniendo por aquí y siempre la veo, hablo con ella…

-Excepto cuando vengo yo-terminó Theodor, burlándose cruelmente-.

Florian Heart imitó la cara de hormigón armado que reservaba el viejo para hacerlo sentir incómodo. Pero no surtió efecto.

-Verás chico-le explicó Theodor Mind como un paciente profesor haría-, ese tipo de mujer se encuentra extinta. ¿Mujeres de piedra? ¡Las de ahora son de fuego!

El viejo usó un tono tan drástico que incordió severamente a Florian.

-¡Se equivoca! ¡Ella me habla también, es real!

El señor Mind se encogió de hombros sintiendo pena de aquel crío de diecipocos que cargaba con la seguridad del que no sabe nada y no se da cuenta.

-Pero no aparece todos los días…-torció el gesto Florian Heart-. Creo que no le gusta mucho que la vean…

El chico se alejó y movió entre los primeros árboles del frondoso bosque buscando algo bajo la atenta mirada de Theodor. El hombre lo siguió, levantándose pesadamente de su perpetuo asiento y apoyándose en el más cercano de los árboles del bosque, un gigantesco macizo que parecía llevar sus hojas y ramas peinadas a lo afro.

-Creo que hoy vendrá por allí…

Florian se giró perplejo. El hombre se rascaba su barba con una mano mientras con la otra señalaba a su izquierda, al otro lado de donde buscaba el chico.

-¿Cómo lo sabes?

Theodor levantó sus cejas sin mirarlo, con los ojos puestos en aquella dirección. No tardó más de un minuto en aparecer.

-La conozco. Es muy puntual-guiñó un ojo con autosuficiencia-. Y le encanta este árbol.

Palmeó el grueso tronco del árbol con peinado a lo afro con cariño y cierta envidia, deseando ocupar su lugar.

La mujer se movía ágil entre los árboles, como si fuera de agua. Pero era… Era…

Su piel era grisácea, brillante, lisa y pulida. Sus facciones, todo su cuerpo estaba cuidadosamente moldeado por sabe nadie qué escultor. Tampoco había nadie que hubiese podido dar tal vida a aquella criatura de materia inanimada, mucho menos aquella inverosímil vitalidad. La mujer se movía, danzaba, hablaba para sí, desvariaba, cual nerviosa ardilla, cual impaciente nutria, cual vivaz colibrí.

Florian Heart y Theodor Mind la observaron. La mujer se volvió y sus ojos de cristal brillaron al reflejar las cuchillas de luz que se colaban por el bosque. La vivaracha mujer se detuvo un instante como un cervatillo a punto de huir. Pero no lo hizo. Levantó una mano y dibujó una sonrisa hacia Theodor. Florian no tuvo esa suerte.

-La… la conoces-dijo el chico ofendido, celoso ante la revelación-.

-Bastante. Son muchos los años que llevo viniendo aquí a verla. Al principio apenas me prestaba atención, se dedicaba a lo suyo, yo era un objeto inanimado más del bosque. Pero poco a poco pude convencerla de que existo.

La mujer de piedra encogió su rostro de manera tan extraña que sus facciones se contrajeron creando una cómica expresión. Theodor sonrió como si se hubiera llevado toda la vida practicando. Pero era la primera vez que Florian lo veía hacerlo. Parecía incluso humano cuando sonreía.

-A mí se dirige muchas veces y jugamos, hablamos y pasamos las tardes juntos…-trató de defenderse el chico, ganarle de alguna manera la partida-. Yo también la conozco. Puede que mejor que usted.

-No podrías estar más equivocado-respondió el señor Mind-.

-¿Por qué?-protestó ofuscado.

-Por lo que me has contado de ella en otras ocasiones. No sabes muy bien cómo es. Sólo ves lo evidente.

Ofendido por la aparente superioridad del hombre, Florian se adentró un poco más en el bosque para llegar hasta la mujer de piedra pero sus movimientos de torpe borracho no tenían que ver con los de la ágil mujer. Ella lo ignoraba, seguía a lo suyo.

-Si es verdad que pasáis las tardes juntos, ¿cómo es que se empeña en obviar tu presencia?

-¡Cállese!-espetó molesto el chico y se dirigió a la rocosa mujer.- ¡Eh, soy yo! ¿No me reconoces?

La mujer de piedra hizo caso omiso a la voz de Florian.

-Ven aquí, chico-lo llamó Theodor, sentado de nuevo en su banco-.

Faltaron dos minutos de fallidas intentonas por hacerse visible a los espectaculares ojos de la mujer y dos caídas al suelo por tropezón para que el chico se resignara a escuchar al señor Mind. Se sentó en el banco de hierro y se cedió a escucharlo, aún sin mirarlo.

-¿Qué sabe usted de ella?-preguntó a regañadientes el chico, rendido.

-En primer lugar, que no eres el único que trata de “cazarla”.

-¡Yo no trato de hacer eso!

-Es una metáfora. Hablábamos de criaturas que parecían extintas ¿no? Bueno, en segundo lugar, y no quiero que la mires ahora mismo, creo que le gustas también. No ha dejado de mirarte desde que has decidido dejar de prestarle atención.

Cuando Florian miró, comprobó con desilusión que la mujer de piedra seguía ignorándolo, ajena a la conversación de ambos.

-Te dije que no lo hicieras-musitó seco el señor Mind-. Es más rápida que tus ojos.

-Ella jamás me mira mucho rato. No puede ser que le guste…

Theodor le puso una mano en el hombro al chico tratando de consolarlo.

-Puede que seas tú quien no le mantengas la mirada el tiempo suficiente. ¿La has visto mucho últimamente?

-Excepto…

-Cuando estoy yo, ya. Pues déjame adivinar, como es su comportamiento… A ver, ¿las últimas veces que has estado con ella te ha dicho que eres lo más horripilante que se ha echado a la cara, no ha parado de hablar, te ha cortado cuando querías proponer uno de tus interesantes temas de conversación y ha desvariado sin importarle lo que puedas pensar?

-¿Cómo diablos sabe eso?-abrió los ojos como platos Florian Heart.

-Ella piensa que puede que con suerte caigas en el error de pensar que está completamente loca y dejes de prestarle atención. Porque si sigues prestándosela explotará del rubor de sentirse observada. Porque le gustas. Se comporta así porque tiene plena confianza en que no la juzgarás por ser tan extravagante.

-Me gusta que lo sea…

Florian miró a la mujer de piedra recorrer de nuevo el bosque esquivando arboles, saltando, cantando y sonriendo como si le fuera la vida en ello. Fue en esos momentos cuando, aprovechando la posición de Florian y Theodor, se atrevió a acercarse a su árbol favorito. Daba vueltas alrededor de él, lo miraba de arriba abajo, se dejaba caer resbalando por el tronco hasta sentarse en su base… Estaba completamente loca. Florian y Theodor sonrieron al unísono.

-¿Usted le gustó alguna vez a ella?-preguntó intrigado Florian Heart.

-¿Quién sabe? Si no lo supe en su momento no creo que jamás lo confiese…

El hombre jugaba con una hoja entre sus dedos mientras miraba al suelo, consciente ahora de la gravedad de su afirmación. Un jamás, un nunca que le pesaba cada vez que volvía a ser consciente de su significado.

-¿Cree que si yo le gustase le molestaría que la abandone cuando llega la noche y debo irme? Todos los días que nos vemos, cuando llega la noche y el frío es insoportable, ella sigue danzando, sigue moviéndose como si no le afectase. Yo siempre debo irme pero ella se queda como si no le hiciera ninguna falta…

-Ella es una mujer de piedra. El frío resbala por sus brazos y va a colarse en los tuyos haciéndote sentir menos hombre. Y jamás te pedirá que te quedes, tenlo por seguro. Jamás reconocerá que te necesita si no está segura de que no le devolverás un “yo más” por respuesta.

Florian caviló sobre aquello. Puede que realmente no lo necesitase para nada. Que era demasiado independiente como para necesitar a alguien más que a ella misma y al mundo. Se resignó a pensar en un resquicio, un hecho nimio que le dio fuerzas en su momento:

-Una vez me llamó guapo-dijo recordando el halago con cara de tonto-. Aquel día pensé que podría gustarle… Pero lo complementó con una especie de mofa.

-Es una de sus extrañezas. Ella rara vez te halagará y, si lo hace, un enorme insulto camuflará sus buenas intenciones. Te dirá que eres un bicho monstruoso, único en tu especie, eso sí. Y tendrás que conformarte.

-Y si la piropeo yo, me mira como si fuera demasiado deprisa y se aburriese de mí…

-No te preocupes. Muchas veces te pedirá que no le digas cosas bonitas con su enigmática sonrisa de ambigüedad. No te creas nada, no escuches sus NO adornados con una sonrisa, nunca son verdaderos.

Florian suspiró, impotente. Jamás comprendería a aquella mujer de piedra. Al menos no tanto como Theodor.

-Pero está claro que te quiere, amigo mío-dijo Theodor con tranquilidad-.

-Es imposible… Si es verdad, me deprime que nunca jamás me lo diga claramente…

-También tú tienes miedo de admitirlo. ¿Cierto?

-Pero…-balbuceó torpe Florian Heart sabiendo la certeza de la afirmación.

-La mujeres de piedra no dicen que te quieren, sea mucho o poco. Esas palabras son tabú para su lengua de piedra, no existen en su particular diccionario. Simplemente murmurará en alguna ocasión un débil "imbécil" o "idiota" y sonreirá.

-¿Y entonces querrá decir…?

Theodor asintió convencido y Florian tragó saliva, recordando en algún momento haber escuchado esas palabras y haberse sentido estúpido. Pero enseguida se quitó esa sensación agitando la cabeza de lado a lado.

-No trate de ilusionarme, viejo-se molestó Florian Heart a la vez que su corazón se aceleraba al reconocer aquellas palabras, aquella situación como experiencias propias-. ¡La mujer de piedra es demasiado independiente, creo que no me necesita ni me necesitará jamás!

-Ni jamás te echará de menos, así que no esperes que te lo reconozca aunque sea así. Puede que te diga una rara expresión sacada de su propio diccionario: "mapeteses", porque suena mucho menos trocho y comprometedor en su idioma que en el nuestro. Y si te atreves a confesarle en un acto de soberana sinceridad que piensas echarla de menos, ¡cuidado! Porque ella contestará que también echará de menos... a sí misma. Tan egoísta o profundamente poética, tan ambigua que nunca sabrás a qué se refiere. Porque es así de complicada. Ve cada muestra de sentimientos como una debilidad de la que aprovecharse. Sabe que esas muestras son tan valiosas por escasas y que se perdería toda la magia si te atrevieras a convertirlas en rutina. Más te vale que no trates de hacer eso.

Florian la veía jugar al escondite con el árbol, perderse tras su tronco, ocultarse de la vista de ambos y se preguntaba qué podía hacer para que la mujer de piedra se comportase como una persona normal. Aunque seguramente no era eso lo que quisiera…

-A veces me sorprendo adivinando sus pensamientos-pensó Florian-, sin quererlo, con naturalidad, y me asusto. Pero ni aún así puedo llegar a comprenderla. ¿Puede contarme algo más que sepa de ella, viejo?

-Señor Mind sonaría muy cortés, Florian-contestó Theodor-. Ella es un tanto peculiar, especial a su manera y a nuestro entendimiento: es de las que se van a tomar un café relajadamente, tomando el sol a la sombra de un árbol, subiendo hasta el infierno y bajando hasta el cielo si es necesario para desprenderse de toda esa energía que es incapaz de manejar. Ella es de las que se lavan la cara si el viento se atreve a rozarla, porque su piel de piedra es más pura y limpia que el propio aire.

-Eso no me ayuda nada, señor Mind. Es una serie de metáforas y palabras incorrectamente ordenadas sin significado para mí-volvió a tratar de sacar su propia cara de hormigón Florian-. Necesito algo mejor.

Theodor Mind no se ofendió con la impaciencia del chico. Puede que fuese la cualidad que más envidiaba en él, la cualidad que siempre quiso haber tenido.

-Entonces te daré un consejo: Yo tal vez aprendí demasiado tarde el valor de la valentía. Tal vez he reconocido con el tiempo que hay un invisible escalón que separa la tranquilidad y la paz de la verdadera felicidad. Uno no sabe dónde está la cima si se sienta en mitad de la escalada a contemplar el camino recorrido, olvidándose de lo que queda. No cometas el error de ver tan solo su cubierta de piedra. No cometas mi error. Ella es una piedra con corazón de porcelana. No pienses que quiere ocultarlo. Sólo sabe que debe protegerlo. Atrévete a romperla, a introducirte en su cálido corazón y cuando lo consigas te costará volver a romper su coraza para volver al exterior. Estarás atrapado. No seas tan paciente, no pienses tanto. No cometas el error que cometí yo. A veces el pensar nos hace considerar la derrota como opción y ese pensamiento acaba desechando todas tus opciones de victoria. Nunca se ha ganado una guerra escondido, nunca se ha conquistado la felicidad sin encararla, nunca encontrarás a la persona que anhelas sin buscarla. Tal vez sea demasiado tarde para un viejo como yo, pero tú aún puedes hacer algo por mí, por ella y por ti mismo. No te rindas. Ella quiere que te arriesgues, amigo mío. Porque a pesar de todo valora tu coraje para empeñarte en quererla a pesar de todo y se lo guarda para sí para poder disfrutarlo cuando no estés y tardes en volver a aparecer con tu cara de tonto. Deberás conocer a la mujer de piedra si no quieres tropezar con ella en vez de hallar el diamante tallado en su interior. Pero deberás quererla más aún, es la única manera.

Sin previo aviso, la mujer de piedra se acercó a ambos. A Florian casi se le paraliza el corazón. Más aún cuando ésta, sonriendo complacida ante el discurso de Theodor Mind, le dio un cálido beso en la mejilla. Sus ojos de cristal se encontraron con los del hombre un segundo antes de tomar de la mano a Florian y tirar de él mientras el chico comenzaba a preguntarse si sabía moverse y si recordaba cómo era eso de andar, anonadado por la reacción de la mujer de piedra.

-¿Cuánto tiempo más vas a seguir ignorándome? Arriesga…

Su voz sonó como una guía, como si fuese su propio cerebro, susurrando qué debía hacer. Ambos se marcharon dejando sólo al taciturno Theodor Mind. El hombre sonrió, se levantó y se marchó hacia la ciudad, sabiendo que había guiado al joven Florian Mind hacia el punto más álgido que puede alcanzar un chico de sentimientos tan puros y transparentes como él. Tal vez él hiciera mejor uso de sus conocimientos. Tal vez incluso ni los necesitara.

¿Y qué más daba? Ahora eran felices. Los tres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario