-Lo siento señor. No hemos podido
hacer nada al respecto.
-¿Tan poco?
-Estamos seguros. ¿Qué desearía…?
-Algo que echo de menos.
Salgo y con cada parpadeo el
paisaje muta. Sé donde quiero ir pero no soy capaz de controlar mis pasos. Intento
correr y apenas avanzo. Mis piernas no me responden. ¿Serán los primeros
síntomas?
Aquí estoy finalmente. Bajo dos,
tres, cuatro escalones. Camino pero todo a mi alrededor es borroso, excepto una
puerta. La reconozco y no me explico cómo.
Mis nudillos se acercan a la hoja
de la puerta y se detienen a escasos centímetros. ¿Qué hago? Todo esto ha sido
un impulso, mi mente no me ha concedido el tiempo para pensar, debo irme, esto
es una equivocación, debo marcharme rápido. Pero no me da tiempo. Ella no me lo
da. La puerta se abre y se sorprende tanto como yo.
-¿Qué haces aquí?
-No… lo sé…
Entramos. Me fijo en un cuadro
bastante discreto pero que me trae una historia a la mente. No sé por qué
recuerdo este tipo de cosas, pero lo hago. No puedo evitar observar una bata de
color bastante divertido, al menos
para mí, que ella se apresura a convencerme de que será sustituida pronto por lujosos pijamas.
Nos sentamos en los sofás situados
a la izquierda.
-Te venía a decir…
Y las palabras quedan atrapadas
en mí, como de costumbre. No seré capaz de decirle algo así.
-¿Qué me puedes decir que no me
hayas dicho todavía?
-Es cierto.
Lo cierto es que sí hay algo que
le pueda decir ahora. Pero no quiero. Cambiaría todo. Y todo es perfecto, a mi
pesar.
Sonrío y se pone a hablar, a
burlarse de mi locura. No sabe que ella tiene gran parte de la culpa de ello. Habla,
sigue hablando, sigue riendo. A veces pienso que a los diccionarios les faltan
palabras de las que pronuncia. Pero me gusta escuchar esas palabras, aunque
jamás las pudiese encontrar en ellos. Estaría así el resto de mi vida…
Algo me recuerda que no debería
estar haciéndolo y me pregunto el por qué. ¿Por qué las cosas buenas deben
estar prohibidas? ¿O por qué las cosas prohibidas deben ser tan buenas?
Me marcho y no me detiene. Todo es
extraño. Recupero mi sensación de estar en un lugar desconocido. Deseo estar en
casa y sé cómo funciona esto. Ya me he dado cuenta. Todo es demasiado
inverosímil.
Me acuesto en la soledad del sofá
con un extraño miedo. Recuerdo las palabras de aquel hombre de blanco. Tengo
una sonrisa pegada a mi cara que no sé de dónde ha salido. No todo ha sido tan
malo hoy. Miro la tele con miedo a que mis párpados se apaguen y la tele caiga.
¿O es al revés? Ya no sé lo que…
Me despierto aún con la sonrisa,
que mengua cuando me doy cuenta de que sigo viviendo, que todo ha sido un
sueño. Y dejo de sonreír del todo. La echo de menos y sigo viviendo.
Extrañamente. ¿Acaso el máximo es
una media sonrisa?
No hay comentarios:
Publicar un comentario