domingo, 11 de enero de 2015

Cuento. QUID PRO QUO. Cap 1

CAP 1.

Cinco



E
s muy difícil andar por las calles nevadas de la Villa Blanca. Me canso con facilidad, pero qué más da. Mis amigos me están esperando en el parque frente al colegio de infantil y no debo tardar en llegar o me recordaran que soy el que más se queja de las impuntualidades. Hoy es 5 de Enero y las nevadas están alcanzado niveles fastidiosos para mi capacidad de avance.
Las casas blancas de empinados tejados modificados con el tiempo apenas tienen una pequeña capa de nieve reposando sobre ellas. Nieve que con el cielo nublado se vuelve gris y deprimente. Pero en este pueblo todo es así. Incoloro y deprimente. O a mí me lo parece.
-¡Mark! ¡Espérame!
Me giro para ver llegar desde una de las calles a Sol, corriendo mientras lleva arrastrando su abrigo de pieles. Me pongo un poco nervioso, como siempre que la veo. Me quedo admirando su rostro perfilado por una melena negra con toques azulados y sus enormes ojos de pestañas inacabables momentáneamente atontado. Aunque a ella debo parecerle atontado todo el tiempo que paso cerca de ella. Desde que era pequeño, desde que algo en mí decidió que sus ojos eran diferentes a los del resto del mundo, me ocurre lo mismo con ella y lo único que he conseguido desde entonces es poder mantener una conversación con ella teniendo la seguridad de no estallar del rubor.
-¡Vas a llegar tarde también!-sobreactúa y me señala con el dedo como si me acusara de un crimen.
-Diré que fue tu culpa. “Tuve que esperar a la torpe y lenta de Sol, la del abrigo de talla extra grande”.
Trata de pellizcarme el brazo pero con los gruesos guantes se convierte en tarea imposible. La verdad es que lleva ese abrigo porque su familia, como la gran mayoría de las de aquí, es tan pobre que la pequeña de la familia ha heredado a sus catorce años la ropa de su madre. Sus opciones son salir arrastrando ese enorme abrigo o salir a la calle dispuesta a congelarse. Porque la opción de quedarse en casa para ella está descartada. No sé qué tipo de comida ingiere para tener esa energía. Me sobrepasa a mí y a todos nuestros amigos. Es una chica que habla tanto que a veces creo que a los diccionarios les faltan palabras de las que pronuncia. Y por eso creo que me gusta tanto.
Pero hay algo que vuelve peculiar a Sol. Tiene tan mala suerte que de lo único que puede presumir es de no haber enfermado de gripe eterna jamás. Siempre que pasa cerca de algún árbol la nieve de sus ramas cae sobre ella, siempre que hay un charco en el parque ella acaba cayendo sobre él, siempre que salimos a jugar resbala y cae tantas veces que debe tener el culo hecho añicos… Para mí tiene su parte buena. Sol es como una broma andante que me hace reír con un simple gesto, como una caja sorpresa impredecible preparada para sacarme una carcajada en cualquier momento.
La gripe eterna llegó al pueblo junto con una vieja fábrica construida sobre los cimientos del molino de Antonio Pérez y el cambio climático que trajo consigo la nieve a este pueblo hace tantos años. El frío y los vapores exhalados por la gigante fábrica negra coronada con una alargada torre escupidora de humo hicieron una alianza en contra de la salud de los habitantes del pueblo que tardó en ser descubierta. Mis padres me contaron antes de morir (de esa enfermedad precisamente) que la Villa Blanca antes era un lugar luminoso y que solía ser un paraíso climático en el que jamás se esperaba un copo de nieve ni se había conocido una cúpula de humo negro contaminante. A veces me acuerdo de ellos y sus caras se vuelven borrosas. Es una faena albergar tan sólo débiles recuerdos de infante acerca de ellos…
Gracias al diagnóstico de algunos expertos, la fábrica fue cerrada y puesta en cuarentena. Ahora tan sólo es un viejo lugar prohibido, un castillo negro tétrico que controla la vista del pueblo alzado sobre la alta colina, una atracción para los niños más atrevidos y un dolor de cabeza para los sobreprotectores padres que creen que la esencia de la gripe eterna sobrevive entre sus enmohecidos muros. Tan sólo los miembros de las familias más pudientes del pueblo tuvieron acceso a la cara vacuna y están a salvo de esa enfermedad que puede empeorar en cualquier momento y llevarte para siempre a un lugar verdaderamente inexplorable en vida. Esa circunstancia ha hecho que crezca la rivalidad y la antipatía entre ambas clases sociales.
Nuestros amigos ya nos están esperando en el parque situado frente al colegio de infantil. Los árboles, el césped y los escasos arbustos que otrora habitaban el lugar perecieron con la llegada del frío, dejando paso a un amplio descampado. Se colocaron algunos columpios y bancos que el viento y la humedad han conseguido corroer hasta hacerlos prácticamente inservibles. Nosotros únicamente los usamos para jugar al escogendite, un juego que hemos inventado y que mezcla el pillar con el escondite. En él no basta con encontrar a los rivales sino que también hay que atraparlos y llevarlos hasta lo que llamamos la guarida, que no es más que el espacio bajo un tobogán en el que el niño o niña que la queda debe contar. Tenemos entre diez y catorce años pero, en la Villa Blanca, crecer rápido es perder la vida, por lo que mantenemos viva hasta el último momento nuestra ilusión e imaginación. La muerte sobrevuela a todos los enfermos de gripe eterna para aterrizar sobre nosotros el día menos pensado. En nuestro grupo de amigos, excepto Sol, todos disfrutamos de gripe eterna en diferente grado de gravedad y evolución.
Sol y yo nos acercamos hasta Dayron y Nadia, que no se cómo se las ha arreglado pero ha logrado traer a mi hermano pequeño Lorenz. Dayron tiene doce años, es delgaducho, muy tímido y un poco rarito, por lo que el resto de chicos la suele tomar con él. Tiene el pelo rubio, ojos azules de largas pestañas y expresión de distraído la mayor parte del tiempo. Pero es por su debilidad y falta de carácter por lo que me cae bien. Se podría decir que es la única persona a la que podría proponerme proteger en vez que me protegiera dada mi escasa constitución y mis escuálidos brazos, aparte de ser el único niño más tímido que yo (lo que supongo que tiene que conllevar algún tipo de récord que Dayron guarde en forma de diploma en su casa). Hace casi diez años que perdió a su madre y a su hermana Kharma, que compartía clase conmigo, debido a la gripe eterna.
Nadia también tiene doce años y es mi prima. Sus padres cuidan de Lorenz y de mí desde que nuestros padres murieron. Nadia tiene el pelo largo y de un color castaño precioso. Siempre lleva unas enormes gafas que le hacen perder encanto pero que no tiene más remedio que llevar, ya que sus ojos no son lo que podríamos decir de un lince: son pequeños, rasgados y deficientes. Los niños la suelen insultar cuando se quita las gafas e intenta forzar la vista entrecerrando los ojos poniendo una curiosa cara de concentración. Le dicen “la topo” y la verdad es que tengo que reprimir la risa cuando usan ese apelativo. Ella se sonroja, los insulta y se vuelve a poner las gafas aun a sabiendas que así no dejarán de reírse de su defecto.
Y volviendo a Lorenz, si me pregunto cómo habrá conseguido Nadia sacarlo de casa es por una razón muy importante. Mi hermano tiene apenas diez años y lleva enfermo desde que tenemos memoria. Siempre ha estado sentado en sillas de ruedas de diferentes tamaños, cubierto de mantas y con rostro enfermizo. Ahora está tan cubierto de mantillas, bufandas y gorros que apenas logro saber que es él por sus tristes ojos grises que asoman sin luz por encima de la bufanda. ¿Es que Nadia lo ha sacado de casa camuflado bajo toda esa marabunta de telas? Mis tíos apenas le permiten salir de casa con este tiempo.
-Espero que esto no te cueste una reprimenda-le digo a Nadia señalando a Lorenz-. A menos que tú la hayas obligado-me dirijo a mi hermano pequeño y le ofrezco una mano que choca sin apenas fuerza. Trato de imaginarme que bajo la bufanda hay una sonrisa aunque sus ojos no me den pistas-.
-Mamá me ha dejado traerlo. Le dejaremos ayudar al que la quede siempre y cuando no mire mientras los demás se esconden.
Sol se pone a hacerle carantoñas a Lorenz y en mi interior pienso que me gustaría estar tan enfermo como mi hermano.
-Hola Dayron-me dirijo al chico-. ¿Vienes hoy con fuerzas para soportar al equipo de la muerte?
-Ojalá se pierdan por el camino-dice en voz casi inaudible el chico. Río ante su cobardía-.
El equipo de la muerte son dos chicas, Anna y Ámbar, y tres chicos, Edric, Daryle y Luca, dos años mayores que nosotros, provenientes de la parte rica de la Villa y por tanto sanos, que siempre la toman con Dayron. Le gastan bromas pesadas, lo menosprecian y se ríen de él. Aunque Sol, Nadia y yo también sufrimos sus insultos de vez en cuando, soportamos dosis mucho menores que Dayron.
Cuando estamos los cinco deseando que no aparezcan y se nos unen tres o cuatro chicos más que han venido a jugar, el equipo de la muerte decide aparecer. Todos soltamos un bufido que Edric, el proclamado líder de la pandilla, capta y sonríe burlón:
-Veo que nos estabais esperando.
Edric es el hijo del alcalde de la Villa Blanca, está vacunado contra la gripe eterna y tiene un plato de comida bien servida en su casa siempre que quiera. Eso le hace creerse superior al resto. Sus ojos verdes asoman bajo su pelo negro y en su sonrisa destacan dos caninos demasiado desarrollados para un humano.
-No sé por qué seguís con Tito el llorón y Jack el escuálido, chicas-se dirige a Sol y a Nadia con su asquerosa sonrisa. Esos son los apodos con los que nos ha bautizado a Dayron y a mí respectivamente-. Ya os hemos dicho que nos gustáis ¿no? Sol para mí y Nadia para Luca.
Edric mira a sus amigotes sonriente y orgulloso de sí mismo. Sol se mete un dedo en la boca y hace como si vomitase mientras que Nadia les lanza un insulto que preferiría que Lorenz no escuchase. Cuando río provoco que Edric me fulmine con la mirada y me haga sentir un escalofrío. Pero no puedo evitarlo. Sol me hace reír con solo mover las cejas, aunque parece que soy el único.
-Bueno, Luca, la Topo no ha dicho que no claramente. Tan sólo nos ha insultado-añade Daryle pasándole un brazo sobre los hombros a su amigo-.
-No la llames así.
Todos nos sorprendemos al escuchar la débil voz de Dayron protestar, aunque ni siquiera ha parecido una protesta. Más bien un leve quejido. Mira hacia el suelo tratando de evitar la mirada de Daryle.
-¿Qué has dicho, Tito el llorón?-se acerca amenazante Edric, tomando la iniciativa. Sus amigos se frotan las manos y lo abuchean dispuestos a meter cizaña.
-Na-nada-se amedrenta Dayron-.
-La dejaré llamar así si la quedas primero Dayron.
El chico asume con resignación su escasa condena y Edric mira a los demás con una sonrisa cómplice.
Dayron se va bajo el tobogán situado en el centro del parque arrastrando la silla de Lorenz y se ponen a contar mientras todos nos alejamos para escondernos. Tenemos una distancia máxima hasta donde poder ir para escondernos aunque sé que el equipo de la muerte no la respeta todo lo que querríamos. Voy tras Sol para idear alguna estrategia. Aunque a ella no se le dé bien correr sin tropezar se le da de maravilla pensar y entonces nos complementamos.
-Si Dayron tarda mucho en encontrar a alguien nos entregamos disimuladamente.
La miro con cara de fastidio y se pone de morros entrecerrando los ojos. Parece una madre regañándole a su hijo. Asiento tratando de esconder una risa que me hace apretar los labios.
Observamos a Dayron escondidos en una de las esquinas de la valla que bordea el colegio. La ayuda de Lorenz a Dayron le hace encontrar a dos de los chicos de su edad rápidamente aunque atraparlos es otra historia. Finalmente consigue atrapar a uno de ellos acorralándolo contra una esquina. Lo conduce hasta la guarida y Lorenz lo felicita antes de seguir oteando el horizonte. Al menos él no ha heredado la vista de nuestra prima Nadia.
Entonces vemos como Edric se acerca al parque haciéndole indicaciones a los otros cuatro. Le señalo a Sol desde donde se acercan y los mira preocupada.
-Esto me da mala espina-susurro-.
-¿Nos entregamos?
Mi cobardía gana la partida.
-Aún no.
Edric avanza y sale corriendo hacia la guarida para salvar al chico atrapado y vemos a Lorenz señalarlo y hacerle indicaciones a Dayron, que está cerca. Demasiado fácil. Dayron agarra a Edric por el abrigo y este se deja atrapar fingiendo estar fastidiado. No sé como Dayron no se da cuenta. Puede que sea la primera vez que haya podido atrapar a su máximo enemigo antes que este le haga pasar toda la mañana corriendo detrás de sombras mientras el equipo de la muerte salva a los atrapados. Está cegado por su éxito.
Anna, Ámbar, Daryle y Luca comienza a acercarse agachados por la espalda y todo me da cada vez más mala espina.
-¿Qué se proponen?-me pregunta Sol con temor.
-Lo iremos a ayudar si pasa algo.
Sol se adelanta a mí creyendo que me paso de frío y calculador pero resbala con la nieve y cae de culo al suelo, provocando que sonría. La ayudo a levantarse y continúo observando. La verdad es que no sé qué hacer. La curiosidad me tiene atrapado pero sé que en algún momento pasará algo y tendré que servir de ayuda a mi amigo.
Entiendo lo que se proponen cuando los cuatro se agachan al suelo y amasan bolas de nieve entre sus guantes. Dejan hechas tres o cuatro cada uno y toman una mientras Daryle cuenta hasta tres levantando los dedos. Al terminar la cuenta se levantan y lanzan en dirección al tobogán una lluvia de bolas de nieve. Se agachan y vuelven a lanzar las demás. Edric se ríe escondido tras el tobogán, a salvo de la lluvia de bolas mientras la mayoría golpean a Dayron, que lanza débiles gemidos. Una de ellas impacta en la cabeza a Lorenz y un grito se anticipa a mi reacción.
-¡Parad!
Nadia avanza corriendo hasta su hermano mientras el Luca va a dar la mano y salvar a Edric y al otro chico. Dayron ha caído en el suelo cubierto de nieve por el golpeo de algunas bolas y ve llegar a Nadia con esperanza. Esperanza que se borra cuando la chica pasa de largo y va a atender a Lorenz. Salgo corriendo antes de que pueda pensar en algo y Sol corre tras de mí con cuidado de no volver a caerse.
Mientras avanzo veo que Edric se para a escasos metros de Dayron, se agacha para hacer una última bola de nieve y la lanza en el rostro del chico. Este emite un grito desgarrador, exagerado para lo que ha parecido el golpe.
-¡Déjalo ya, Edric!-chillo.
Dayron sigue gritando y cuando aparta un poco la mano de su frente veo como corre la sangre. Me asusto y corro a su lado. Veo una piedra entre la nieve, oculta seguramente dentro de la bola que ha lanzado Edric.
-¡Mira lo que has hecho!-vocifero fuera de mí.
Edric lo mira con sorpresa y sale corriendo con el resto de amigos lejos del parque. Dayron sigue gritando y Sol llega hasta él. Nadia se acerca arrastrando a Lorenz en la silla de ruedas tras apartarle toda la nieve de la cara. Mi hermano tirita de frío.
-¡Debemos llevarlos al médico, rápido!-exclamo encogido de miedo.

CAP. 2 --> http://novelaelgenv.blogspot.com.es/2015/01/cuento-quid-pro-quo-cap-2.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario