CAP 1.
Cinco
s muy difícil andar por las
calles nevadas de la Villa Blanca. Me canso con facilidad, pero qué más da. Mis
amigos me están esperando en el parque frente al colegio de infantil y no debo
tardar en llegar o me recordaran que soy el que más se queja de las impuntualidades. Hoy es 5 de Enero y las nevadas están alcanzado niveles fastidiosos para
mi capacidad de avance.
Las casas blancas de empinados
tejados modificados con el tiempo apenas tienen
una pequeña capa de nieve reposando
sobre ellas. Nieve que con el cielo nublado se vuelve gris y deprimente. Pero en
este pueblo todo es así. Incoloro y deprimente. O a mí me lo parece.
-¡Mark! ¡Espérame!
Me giro para ver llegar desde
una
de las calles a Sol, corriendo mientras lleva arrastrando su abrigo de pieles.
Me pongo un poco nervioso, como siempre que la veo. Me quedo admirando su
rostro perfilado por una melena negra con toques azulados y sus enormes ojos de
pestañas inacabables momentáneamente atontado. Aunque a ella debo parecerle
atontado todo el tiempo que paso cerca de ella. Desde que era pequeño, desde
que algo en mí decidió que sus ojos eran diferentes a los del resto del mundo,
me ocurre lo mismo con ella y lo único que he conseguido desde entonces es
poder mantener una conversación con ella teniendo la seguridad de no estallar
del rubor.
-¡Vas a llegar tarde también!-sobreactúa
y me señala con el dedo como si me acusara de un crimen.
-Diré que fue tu culpa. “Tuve que
esperar a la torpe y lenta de Sol, la del abrigo de talla extra grande”.
Trata de pellizcarme el brazo
pero con los gruesos guantes se convierte en tarea imposible. La verdad es que
lleva ese abrigo porque su familia, como la gran mayoría de las de aquí, es tan
pobre que la pequeña de la familia ha heredado a sus catorce años la ropa de su
madre. Sus opciones son salir arrastrando ese enorme abrigo o salir a la calle
dispuesta a congelarse. Porque la opción de quedarse en casa para ella está
descartada. No sé qué tipo
de comida ingiere para tener esa energía. Me sobrepasa
a mí y a todos nuestros amigos. Es una chica que habla tanto que a veces creo
que a los diccionarios les faltan palabras de las que pronuncia. Y por eso creo
que me gusta tanto.
Pero hay algo que vuelve peculiar
a Sol. Tiene tan mala suerte que de lo único que puede
presumir es de no haber
enfermado de gripe eterna jamás.
Siempre que pasa cerca de algún árbol la nieve de sus ramas cae sobre ella,
siempre que hay un charco en el parque ella acaba cayendo sobre él, siempre que
salimos a jugar resbala y cae tantas veces que debe tener el culo hecho añicos…
Para mí tiene su parte buena. Sol es como una broma andante que me hace reír
con un simple gesto, como una caja sorpresa impredecible preparada para sacarme
una carcajada en cualquier momento.
La gripe eterna llegó al pueblo
junto con una vieja fábrica construida sobre los cimientos del molino de Antonio
Pérez y el cambio climático que trajo consigo la nieve a este pueblo hace
tantos años. El frío y los vapores exhalados por la gigante fábrica negra
coronada con una alargada torre escupidora de humo hicieron una alianza en
contra de la salud de los habitantes del pueblo que tardó en ser descubierta. Mis
padres me contaron antes de morir (de esa enfermedad precisamente) que la Villa
Blanca antes era un lugar luminoso y que solía ser un paraíso climático en el
que jamás se esperaba un copo de nieve ni se había conocido una cúpula de humo
negro contaminante. A veces me acuerdo de ellos y sus caras se vuelven
borrosas. Es una faena albergar tan sólo débiles recuerdos de infante acerca de
ellos…
Gracias al diagnóstico de algunos
expertos, la fábrica fue cerrada y puesta en cuarentena. Ahora tan sólo es un
viejo lugar prohibido, un castillo negro tétrico que controla la vista del
pueblo alzado sobre la alta colina, una atracción para
los niños más atrevidos
y un dolor de cabeza para los sobreprotectores padres que creen que la esencia
de la gripe eterna sobrevive entre sus enmohecidos muros. Tan sólo los miembros
de las familias más pudientes del pueblo tuvieron acceso a la cara vacuna y
están a salvo de esa enfermedad que puede empeorar en cualquier momento y
llevarte para siempre a un lugar verdaderamente inexplorable en vida. Esa
circunstancia ha hecho que crezca la rivalidad y la antipatía entre ambas clases
sociales.
Nuestros amigos ya nos están
esperando en el parque situado frente al colegio de infantil. Los árboles, el césped
y los escasos arbustos que otrora habitaban el lugar perecieron con la llegada
del frío, dejando paso a un amplio descampado. Se colocaron algunos columpios y
bancos que el viento y la humedad han conseguido corroer hasta hacerlos prácticamente
inservibles. Nosotros únicamente los usamos para jugar al escogendite, un juego que hemos inventado y que mezcla el pillar
con el escondite. En él no basta con encontrar a los rivales sino que también
hay que atraparlos y llevarlos hasta lo que llamamos la guarida, que no es más
que el espacio bajo
un tobogán en el que el niño o niña que la queda debe
contar. Tenemos entre diez y catorce años pero, en la Villa Blanca, crecer
rápido es perder la vida, por lo que mantenemos viva hasta el último momento
nuestra ilusión e imaginación. La muerte sobrevuela a todos los enfermos de gripe
eterna para aterrizar sobre nosotros el día menos pensado. En nuestro grupo de
amigos, excepto Sol, todos disfrutamos
de gripe eterna en diferente grado de gravedad y evolución.
Sol y yo nos acercamos hasta
Dayron y Nadia, que no se cómo
se las ha arreglado pero ha logrado traer a mi
hermano pequeño Lorenz. Dayron tiene doce años, es delgaducho, muy tímido y un
poco rarito, por lo que el resto de chicos la suele tomar con él. Tiene el pelo
rubio, ojos azules de largas pestañas y expresión de distraído la mayor parte
del tiempo. Pero es por su debilidad y falta de carácter por lo que me cae
bien. Se podría decir que es la única persona a la que podría proponerme
proteger en vez que me protegiera dada mi escasa constitución y mis escuálidos
brazos, aparte de ser el único niño más tímido que yo (lo que supongo que tiene
que conllevar algún tipo de récord que Dayron guarde en forma de diploma en su
casa). Hace casi diez años que perdió a su madre y a su hermana Kharma, que
compartía clase conmigo, debido a la gripe eterna.
Nadia también tiene doce años y
es mi prima. Sus padres cuidan de Lorenz y de mí desde
que nuestros padres
murieron. Nadia tiene el pelo largo y de un color castaño precioso. Siempre lleva
unas enormes gafas que le hacen perder encanto pero que no tiene más remedio
que llevar, ya que sus ojos no son lo que podríamos decir de un lince: son
pequeños, rasgados y deficientes. Los niños la suelen insultar cuando se quita
las gafas e intenta forzar la vista entrecerrando los ojos poniendo una curiosa
cara de concentración. Le dicen “la topo” y la verdad es que tengo que reprimir
la risa cuando usan ese apelativo. Ella se sonroja, los insulta y se vuelve a
poner las gafas aun a sabiendas que así no dejarán de reírse de su defecto.
Y volviendo a Lorenz, si me
pregunto cómo habrá conseguido Nadia sacarlo de casa es por una razón muy
importante. Mi hermano tiene apenas diez años y lleva enfermo desde que tenemos
memoria. Siempre ha estado sentado en sillas de ruedas de diferentes tamaños,
cubierto de mantas y con rostro enfermizo. Ahora está tan cubierto de mantillas,
bufandas y gorros que apenas logro saber que es él por sus tristes ojos grises
que asoman sin luz por encima de la bufanda. ¿Es que Nadia lo ha sacado de casa
camuflado bajo toda esa marabunta de telas? Mis tíos apenas le permiten salir
de casa con este tiempo.
-Espero que esto no te cueste una
reprimenda-le digo a Nadia señalando a Lorenz-. A menos que tú la hayas
obligado-me dirijo a mi hermano pequeño y le ofrezco una mano que choca sin
apenas fuerza. Trato de imaginarme que bajo la bufanda hay una sonrisa aunque
sus ojos no me den pistas-.
-Mamá me ha dejado traerlo. Le
dejaremos ayudar al que la quede siempre y cuando no mire mientras los demás se
esconden.
Sol se pone a hacerle carantoñas
a Lorenz y en mi interior pienso que me gustaría estar tan enfermo como mi hermano.
-Hola Dayron-me dirijo al chico-.
¿Vienes hoy con fuerzas para soportar al equipo de la muerte?
-Ojalá se pierdan por el camino-dice
en voz casi inaudible el chico. Río ante su cobardía-.
El equipo de la muerte son dos
chicas, Anna y Ámbar, y tres chicos, Edric, Daryle y Luca, dos años mayores que
nosotros, provenientes de la parte rica de la Villa y por tanto sanos, que
siempre la toman con Dayron. Le gastan bromas pesadas, lo menosprecian y se
ríen de él. Aunque Sol, Nadia y yo también sufrimos sus insultos de vez en
cuando, soportamos dosis mucho menores que Dayron.
Cuando estamos los cinco deseando
que no aparezcan y se nos unen tres o cuatro chicos más que han venido a jugar,
el equipo de la muerte decide aparecer. Todos soltamos un bufido que Edric, el
proclamado líder de la pandilla, capta y sonríe burlón:
-Veo que nos estabais esperando.
Edric es el hijo del alcalde de
la Villa Blanca, está vacunado contra la gripe eterna y tiene un plato de comida
bien servida en su casa siempre que quiera. Eso le hace creerse superior al
resto. Sus ojos verdes asoman bajo su pelo negro y en su sonrisa destacan dos
caninos demasiado desarrollados para un humano.
-No sé por qué seguís con Tito el
llorón y Jack el escuálido, chicas-se dirige a Sol y a Nadia con su asquerosa
sonrisa. Esos son los apodos con los que nos ha bautizado a Dayron y a mí respectivamente-.
Ya os hemos dicho que nos gustáis ¿no? Sol para mí y Nadia para Luca.
Edric mira a sus amigotes
sonriente y orgulloso de sí mismo. Sol se mete un dedo en la boca y hace como
si vomitase mientras que Nadia les lanza un insulto que preferiría que Lorenz
no escuchase. Cuando río provoco que Edric me fulmine con la mirada y me haga
sentir un escalofrío. Pero no puedo evitarlo. Sol me hace reír con solo mover
las cejas, aunque parece que soy el único.
-Bueno, Luca, la Topo no ha dicho
que no claramente. Tan sólo nos ha insultado-añade Daryle pasándole un brazo
sobre los hombros a su amigo-.
-No la llames así.
Todos nos sorprendemos al
escuchar la débil voz de Dayron protestar, aunque ni siquiera ha parecido una
protesta. Más bien un leve quejido. Mira hacia el suelo tratando de evitar la mirada
de Daryle.
-¿Qué has dicho, Tito el
llorón?-se acerca amenazante Edric, tomando la iniciativa. Sus amigos se frotan
las manos y lo abuchean dispuestos a meter cizaña.
-Na-nada-se amedrenta Dayron-.
-La dejaré llamar así si la
quedas primero Dayron.
El chico asume con resignación su
escasa condena y Edric mira a los demás con una sonrisa cómplice.
Dayron se va bajo el tobogán
situado en el centro del parque arrastrando la silla de Lorenz y se ponen a
contar mientras todos nos alejamos para escondernos. Tenemos una distancia
máxima hasta donde poder ir para escondernos aunque sé que el equipo de la
muerte no la respeta todo lo que querríamos. Voy tras Sol para idear alguna
estrategia. Aunque a ella no se le dé bien correr sin tropezar se le da de
maravilla pensar y entonces nos complementamos.
-Si Dayron tarda mucho en
encontrar a alguien nos entregamos disimuladamente.
La miro con cara de fastidio y se
pone de morros entrecerrando los ojos. Parece una madre regañándole a su hijo.
Asiento tratando de esconder una risa que me hace apretar los labios.
Observamos a Dayron escondidos en
una de las esquinas de la valla que bordea el colegio. La ayuda de Lorenz a
Dayron le hace encontrar a dos de los chicos de su edad rápidamente aunque
atraparlos es otra historia. Finalmente consigue atrapar a uno de ellos
acorralándolo contra una esquina. Lo conduce hasta la guarida y Lorenz lo
felicita antes de seguir oteando el horizonte. Al menos él no ha heredado la
vista de nuestra prima Nadia.
Entonces vemos como Edric se
acerca al parque haciéndole indicaciones a los otros cuatro. Le señalo a Sol
desde donde se acercan y los mira preocupada.
-Esto me da mala espina-susurro-.
-¿Nos entregamos?
Mi cobardía gana la partida.
-Aún no.
Edric avanza y sale corriendo
hacia la guarida para salvar al chico atrapado y vemos a Lorenz señalarlo y
hacerle indicaciones a Dayron, que está cerca. Demasiado fácil. Dayron agarra a
Edric por el abrigo y este se deja atrapar fingiendo estar fastidiado. No sé
como Dayron no se da cuenta. Puede que sea la primera vez que haya podido
atrapar a su máximo enemigo antes que este le haga pasar toda la mañana
corriendo detrás de sombras mientras el equipo de la muerte salva a los
atrapados. Está cegado por su éxito.
Anna, Ámbar, Daryle y Luca
comienza a acercarse agachados por la espalda y todo me da cada vez más mala
espina.
-¿Qué se proponen?-me pregunta Sol
con temor.
-Lo iremos a ayudar si pasa algo.
Sol se adelanta a mí creyendo que
me paso de frío y calculador pero resbala con la nieve y cae de culo al suelo,
provocando que sonría. La ayudo a levantarse y continúo observando. La verdad
es que no sé qué hacer. La curiosidad me tiene atrapado pero sé que en algún
momento pasará algo y tendré que servir de ayuda a mi amigo.
Entiendo lo que se proponen
cuando los cuatro se agachan al suelo y amasan bolas de nieve entre sus
guantes. Dejan hechas tres o cuatro cada uno y toman una mientras Daryle cuenta
hasta tres levantando los dedos. Al terminar la cuenta se levantan y lanzan en
dirección al tobogán una lluvia de bolas de nieve. Se agachan y vuelven a
lanzar las demás. Edric se ríe escondido tras el tobogán, a salvo de la lluvia
de bolas mientras la mayoría golpean a Dayron, que lanza débiles gemidos. Una
de ellas impacta en la cabeza a Lorenz y un grito se anticipa a mi reacción.
-¡Parad!
Nadia avanza corriendo hasta su
hermano mientras el Luca va a dar la mano y salvar a Edric y al otro chico.
Dayron ha caído en el suelo cubierto de nieve por el golpeo de algunas bolas y
ve llegar a Nadia con esperanza. Esperanza que se borra cuando la chica pasa de
largo y va a atender a Lorenz. Salgo corriendo antes de que pueda pensar en algo
y Sol corre tras de mí con cuidado de no volver a caerse.
Mientras avanzo veo que Edric se
para a escasos metros de Dayron, se agacha para hacer una última bola de nieve
y la lanza en el rostro del chico. Este emite un grito desgarrador, exagerado
para lo que ha parecido el golpe.
-¡Déjalo ya, Edric!-chillo.
Dayron sigue gritando y cuando
aparta un poco la mano de su frente veo como corre la sangre. Me asusto y corro
a su lado. Veo una piedra entre la nieve, oculta seguramente dentro de la bola
que ha lanzado Edric.
-¡Mira lo que has hecho!-vocifero
fuera de mí.
Edric lo mira con sorpresa y sale
corriendo con el resto de amigos lejos del parque. Dayron sigue gritando y Sol
llega hasta él. Nadia se acerca arrastrando a Lorenz en la silla de ruedas tras
apartarle toda la nieve de la cara. Mi hermano tirita de frío.
-¡Debemos llevarlos al médico,
rápido!-exclamo encogido de miedo.
CAP. 2 --> http://novelaelgenv.blogspot.com.es/2015/01/cuento-quid-pro-quo-cap-2.html |

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