Y había llegado el día. Nueve meses habían pasado desde que
aquel anciano de larga barba blanca, tan alto que no había podido llegar a
observar su rostro completo, la había seducido y dejado embarazada en ausencia
de su marido, José. A María le gustaban maduritos y no se pudo negar a yacer
con aquel hombre de nombre épico que la había abandonado antes de que pudiese
despertar. ¿Quién hubiese pensado que sus pequeños renacuajos blancos tuviesen
empuje como para llegar tan lejos en su estanque?
José se había enfadado, y con razón, porque a él no le dejaba
mojar todo lo que quería. Era demasiado joven para el extravagante gusto de
María. Incluso trató de dejarse barba. Pero fue demasiado tarde, ya María
esperaba un hijo bastardo.
Fue de camino cuando tuvieron que irrumpir en un granero
abandonado donde convivía una mula y un buey que los miraron con apatía
mientras Súsej salía del cuerpo de su madre. Fue justo en ese momento cuando un
rayo azotó el campo provocando un mayúsculo estruendo. José se asomó y
contempló la ennegrecida cadena que había retirado de la puerta del granero y
que había atraído semejante fuerza de la naturaleza. Un rebaño de ovejas que
pastaba por el prado había perecido fruto del fenómeno. Los pastores no
tardaron en llegar para lanzar gritos de odio a semejante familia que había causado
la muerte de sus animales. Nunca más un ganadero los miró con amabilidad.
Unos días después se presentaron tres ancianos reyes que
gobernaban el lugar, avisados por los pastores de la caída del rayo, y les
exigieron oro, incienso y mirra como pago por empadronarse en aquellas tierras.
José tuvo que abrir una carpintería con la que sacar algo de dinero para saldar
sus deudas.
“Todo por culpa de este bastardo.”
Incluso el pedófilo rey Herodes quiso adoptar al niño al
enterarse de su origen, pero José se negó. Quería hacerle pagar por lo que
había hecho su madre y huyó para que no se lo arrebataran.
Lo explotó durante años en la carpintería mientras se
divertía viéndolo sufrir. Hasta que Súsej logró escapar, motivado por María,
para buscar a su verdadero padre. Conoció a unos bandidos que sobrevivían
robando y arrasando pequeños poblados y los convirtió en su nueva familia. Eran
unos doce liderados por un tal Pedro y donde se encontraban otros como Judas,
Santiago, Juan o Mateo. Pero Súsej no tardó en hacerse con el control de la
banda.
Entre sus hazañas al mando de aquella banda se encontraban el
asesinato de Lázaro y de un leproso, que minutos antes de había contagiado su
enfermedad. Cuentan que una vez gritó para que una gran tempestad azotase una
gran ciudad y que gracias a su insistencia lo logró. Después solo tuvo que
caminar bajo el agua en la inundada ciudad para hacerse con lo que sus
habitantes no habían conseguido salvar.
Cierto día, estando de pesca y no obteniendo nada, se llevó a
la banda al convite de una boda que se celebraba en Caná, donde robó los panes
y peces para comer y posteriormente, no dándose por satisfecho, aguó todo el
vino contenido en varios barriles. Súsej era todo un personaje.
En pleno apogeo de su poder, cuando el odio de las personas que
lo conocían y temían se hacía más evidente, un mensajero le dio una carta de su
padre verdadero en el que lo instaba a traicionar a uno de sus compañeros, a
entregarlo confesando que era el verdadero autor de los delitos que se le
atribuían. Así demostraría ser su igual y lo reconocería como hijo.
Por la noche, en una suculenta cena se dirigió al resto de la
banda, a los doce, diciendo:
-Debo entregar a uno de vosotros, de traicionaros por mi
bien.
Como era lógico, los doce se enfadaron con él. Cabezota como
él solo, Súsej abandonó la cena cargando un barril que él mismo había robado y
se fue al huerto situado junto a la casa que habían sitiado. Allí se bebió todo
el vino sin querer compartirlo con el resto y se sumió en un sueño fruto de su
borrachera. Los doce sufrieron una crisis en la que no supieron si acabar con
él, tomar como una prueba a su fidelidad las palabras de su líder o huir. Finalmente
lo acompañaron y durmieron junto a él en el huerto.
A la mañana siguiente, cuando Súsej se levantó, notó un
fuerte dolor de cabeza.
-No vuelvo a beber hasta que vea a mi padre-dijo con una
santa resaca-.
Tomó un gran saco y unas cuerdas y ató a Judas, el de carnes
más prietas y livianas de sus compañeros sabiendo que era el que podría
transportar con mayor facilidad. Lo llevó en el saco hacia la ciudad más
cercana y lo entregó a las autoridades. Lo desató delante de la multitud y le dio
un beso en la mejilla.
-Perdóname, Judas. Eras tú o yo.
Tras recibir treinta monedas de plata, asistió al juicio de
su siervo, donde se encontró a Pedro. Judas juró y juró no ser el jefe de la
banda ante la atenta mirada de Poncio Pilato, Súsej y Pedro. La multitud
clamaba venganza.
-Preguntadle a Pedro. Él sabe quién es el jefe de la banda.
Al reconocerlo, las autoridades lo interrogaron atándolo a
una silla.
-¿Es Judas el jefe de vuestra banda?
-No.
-¿Es Súsej entonces?
-Sí.
-¿Estás seguro?
-Sí.
-Me lo confirmas ¿no?
-Que sí pesado. Eres duro de entenderas.
Y fue así, con las tres afirmaciones de Pedro, como soltaron
a Judas y apresaron a Súsej. Pero Pilato, no contento con la escasa duración
del juicio y teniendo que hacer tiempo antes de cenar, ofreció a la multitud la
posibilidad de salvar a Súsej y condenar a otro ladrón, Barrabás, que le había
robado una gallina de su huerto. Ante la diferencia en los cargos la multitud
no tuvo dudas en elegir a Súsej para ser crucificado.
-Me da igual lo que digáis. Aquí manda mi polla-declaró
solemne Pilato-. Me voy a lavar las manos que tengo esta noche pollo para
cenar.
Salvado por Pilato, a Súsej lo invitaron a asistir a la
crucifixión de Barrabás. Le facilitaron una túnica roja y una corona de laurel
signo de su victoria ante la ley y le ofrecieron los más suculentos manjares.
Barrabás llevó a cuestas su propia cruz y fue azotado brutalmente en el
trayecto al monte. Allí fue clavado a la cruz y dejado agonizar bajo la mirada
de los presentes hasta que se aburrieron y le clavaron una lanza.
Súsej pudo encontrarse en el monte con su madre y su
verdadero padre, tan alto y de barba blanca tan luminosa que le impedía ver su
rostro. Se alegró de encontrarlo tanto que ni siquiera prestó atención a María.
-¿Por qué tardaste tanto en encontrarme padre? ¡Treinta y
tres años! Nadie me enseñó a afeitarme y mira como he tenido que dejarme la
barba.
-Sí sí, muy masculina Súsej… La verdad es muy simple y
típica. Salí a por tabaco y la cosa se me fue de las manos. Primero me encontré
un gato negro en mi camino y tuve que ir por el sendero más largo, luego me
encontré con una ancianita y la tuve que ayudar a cruzar la calle y subir la
compra, luego un atasco tremendo… Un caos.
Aunque se fueron a vivir juntos, tres días después Magdalena,
una virgen a la que había violado hacía unos años cuando era un salvaje bandido,
lo encontró y le exigió una manutención para el hijo que había tenido. A Súsej
le resultó extraño que fuera tan pelirrojo siendo él castaño oscuro y le negó
la petición, lo que provocó que la pobre Magdalena tuviera que asesinarlo.
Y gracias a ella miles de personas que aclamaron la muerte
del rey de los ladrones se hicieron y se hacen ricas contando relatos sobre su oscura
y malvada vida, pidiendo a los ricos una limosna que reparten a regañadientes
con los más pobres, porque, aunque entre sus credos se encuentra el
enriquecimiento propio y el procurar mal al prójimo, en el fondo son grandes
personas que saben lo volátil de lo físico. Magdalena y por extensión el resto
de las mujeres han sido idolatradas como fuente del bien en el mundo y un
extendido feminismo condenaron durante años al hombre a la marginación.
Esta es una historia como cualquier otra, tan válida como
cualquier obra de ficción por mucho que una acertada difusión nos haga dudar de
su veracidad. Saludos y larga vida.










