Si es aquí donde debo acabar,
¿por qué voy a dudar cuando he llegado? Al fin y al cabo ella dibujó el mapa en
el dorso de mi mano, con precisión milimétrica y ridículos adornos. Aún me parece
estar sintiendo la punta suave del bolígrafo recorriéndome la piel, erizándome los
pelos y produciéndome un escalofrío…
Un escalofrío…
El aire golpea mi rostro produciéndome
un escalofrío…
Y ella estaba allí, dibujando el
mapa de este laberinto, indicándome una salida que yo veía obvia, sujetando mi
mano con una de las suyas mientras con la otra realizaba unos trazos que
mantiene en su memoria. Yo le lanzaba furtivas miradas mientras simulaba
prestar atención a las musarañas. Parece incluso disfrutar de emborronar con
tinta mi piel, de mostrar a todos mi sumisión hacia ella. Yo sé que no es así. Por
eso no me importa recibir esas miradas repulsivas de quienes me piden a gritos
que no me deje guiar. Sé que donde quiera guiarme estará bien. ¿Acaso sabe
alguno de ellos más que ella de este laberinto? Tonterías.
Me llaman tonto a mí por creer en
sus planos. Yo dejaría que me llamasen así durante toda la vida si con ello pudiese
seguir estando en contacto con ella. Me invade una profunda felicidad sólo con
imaginar que pensase en lo mismo en aquel momento.
Y pensaba en que, si estuviésemos
solos, le haría saber lo que siento. En estos casos se decía “Te quiero”, ¿no es cierto? O algo así. Cuando
la tengo delante no me salen las palabras. Inundan mi mente. Pero soy incapaz
de filtrar las adecuadas.
¿O es que soy muy olvidadizo?
Aún llega una sonrisa a mis
labios cuando recuerdo este momento y deseo que, fuese cual fuese el camino que
tomó, aquel donde la perdí de vista en este enorme laberinto, pueda llegar a
los suyos una similar.
Caigo. Golpeo el suelo con
fuerza. Estoy dañado. Herido.
Recupero mi visión de la realidad. ¿En qué
pensaba?
Todo está oscuro alrededor. Sólo un
tronco de luz que nace al principio del pozo me acompaña.
Aquel plano que sigue dibujado en
mi dorso me ha llevado a un pozo donde no he dudado en lanzarme. Confío hasta
el final en él. Este es el mejor modo de seguir mi camino. ¿Por qué si no iba a
haberme conducido hasta él?
A propósito, ¿quién lo pintó? ¿Por
qué quién lo dibujó no me acompañó hasta aquí, si es la mejor salida? ¿Es que
me he equivocado? No, qué tontería. Me habría enterado. Sé escuchar muy bien.
No hay nada, no veo salida. ¿O
quizá tengo los ojos cerrados? No importa. Gracias a ello la veo en el interior
de mis parpados y recuerdo por qué he llegado hasta aquí. Sí, ella lo pintó.
Me siento a esperarla en la
oscuridad. Tengo fe en mi paciencia. Sé que llegará. ¿O es que he vuelto a
olvidar que no volverá? Maldita memoria.
Debería haberle dicho lo que
pensé. Sería todo tan simple. Debería haberle mostrado la verdad, no tragarla y
dedicarme a escuchar y observar. Pero, ¿qué tendría que decirle? ¿Cuáles eran
esas malditas palabras? ¿Por qué no realicé esos condenados gestos y acciones? ¿Es
que de verdad me importaba más las estúpidas miradas de quienes nos
acompañaban?
Me levanto y noto un dolor fuerte
en el pecho. La caída ha sido fuerte. Me vuelvo a caer.
¿Qué hago en este pozo? ¿Cómo he
llegado a él? O no, otra vez no.
Algo me roza el dorso, donde hay
un laberinto dibujado y vuelvo a recordar quién lo dibujó. Sonrío a
contracorriente mientras se me para el corazón viendo una sombra, una persona que
parece compuesta de alquitrán que me envuelve, me rodea el dorso de la mano,
las piernas y el torso.
-¿En qué piensas?-murmura una voz
en las tinieblas.
-Cosas mías-digo sin razonar en su
naturaleza. Mi sonrisa perenne no decae-.
Ojalá lo fueran o lo hubiesen
sido alguna vez, pienso.
La sombra me tapona la boca y la
nariz y me impide respirar. Vuelvo de nuevo a la vida, a preguntarme el por qué
de todo esto, de este agujero, de esta sombra, de ese dibujo en mi mano, de la
sonrisa que no puedo sacar de mi cara. Veo el negro rostro de la figura y me
devuelve la facultad de respirar.
-¿Qué haces aquí?-susurra.-¿Por
qué has llegado hasta aquí?
-Es mi camino. El único que
conozco.
Levanto el dorso de mi mano para mostrárselo
a la ficticia criatura. Me agarra y recorre con sus oscuros dedos el dibujo, produciéndome
un agradable cosquilleo. Vuelve a mí el recuerdo de ella trazándolo con
pulcritud.
De nuevo se me vuelve a olvidar
que no debo quererla. Siempre consigo recordar que, de alguna manera, me es
imposible dejar de hacerlo.
Miro hacia la salida y espero que
su cabeza asome de un momento a otro. Que me libre de esta trampa, de esta
sombra.
-No vendrá-me rodea la sombra
pegando sus labios a mis oídos-. Estamos solos.
No es cierto. Yo soy el que lo
está. Abrazo a la sombra y me uno a ella. Estoy seguro que si puedo sobrevivir
será usándola a mi favor. Gracias a la voluntad, el esfuerzo y el talento podemos
aprender a usar el fuego a nuestro favor.

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