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l abrir los ojos caigo de rodillas
incapaz de mantener mi cuerpo. Me siento extraño, torpe, noto un peso sobre mi
cabeza anormal. Veo la punta de lo que parecen dos cuernos y trato de
palparlos. Es entonces cuando noto que mi cuerpo está tallado en madera. Mis
dedos apenas sienten el tacto de mi cabeza.
Visto un traje negro y mi piel es de un rojo intenso que da
grima. ¡Cielos, soy una especie de demonio! Encuentro el reflejo de mi rostro
mirándome desde el cristal convexo que protege las agujas de un reloj
despertador de carcasa azul eléctrico que marca las cuatro horas en punto. Me
asusto al no reconocer mis ojos. Ahora son oscuros y están pintados de manera
que me dotan de una expresión de profundo odio.
En la mesa de carpintería de tamaño extra grande en la que me
encuentro el serrín se esparce creando un vasto y fino desierto iluminado por
un enorme flexo que crea una cúpula perfilada por el contraste de una intensa
luz y una profunda oscuridad. Es de la oscuridad de donde surge un anciano con
sonrisa benévola y que deja ver tan sólo la parte inferior de su rostro. Una fina
pelusa blanca adorna sus mejillas y su mentón y en su camisa de cuadros quedan
restos de serrín.
-¿Cómo te sientes?-pregunta con amabilidad.
-Eres…
-No, nada de eso.
-¿Cómo sabes qué iba a decir?
-Yo te he creado.
Sonríe con suficiencia y creo que podría construir el mundo
en siete días si se lo propusiera.
-¿Qué quieres de mí?
-Devolverte tu verdadera vida.
-Gracias.
-A cambio de algo, claro está. ¿No te notas extraño?
-Este no es mi cuerpo.
-Sí, un grave error-dice riendo con clara ironía-. Pero
podremos arreglarlo. En las próximas horas crearé otros dos muñecos de madera y
les otorgaré a cada uno un alma. Uno pertenece a la persona a la que amas y otro
al demonio que te quitó la vida. Deberás pedirle a la persona a la que amas que
acabe con el alma del demonio para que vuelvas a tu cuerpo. Así ambos volveréis
a la vida. Y todo esto debe ocurrir antes del amanecer, si no moriréis todos...
Señala a mi espalda, por donde se cuela una aguja de luz
azulina desde la puerta del taller.
-Además te daré esto, esperando que hagas buen uso de sus
balas-dice y saca un revólver que en su grueso dedo parece una mota de polvo. Lo
tomo con cuidado y compruebo que el gatillo está tenso-.
-Me lo pones muy fácil.
-¿Tú crees?
El anciano acerca una mano a mí y me lanza al vacío con uno
de sus dedos antes de retirarse a la oscuridad. Apenas noto dolor al caer al
suelo del taller de grandes proporciones donde me encuentro aunque tardo varios
minutos en ponerme en pie.
Me escondo bajo la mesa esperando que llegue su próxima
creación. Ojalá no sea el demonio. Necesito primero aliarme con esa persona a
la que amo. ¿Será tan fácil de reconocer?
La espera se hace eterna. Cuando noto retumbar la voz del
anciano salgo de debajo de la mesa para poder ver cómo baja su próxima
creación. No consigo escuchar con claridad las palabras que le ha dedicado y se
me hace imposible tener una pista de quién es.
Escucho el tintineo de una especie de minúscula escala caer
desde lo alto de la mesa y me escondo en la oscuridad para observar su sombra
bajar. La silueta femenina se agacha y prende una pequeña bombilla alargada que
la dibuja en la oscuridad por unos momentos antes de que la dirija hacia su
alrededor. Es una muñeca preciosa. Su pelo color rojo, sus ojos amarillentos,
su delicada y pulida piel… Es ella.
-¡Tú!-no puedo evitar llamarla.
El grito la sobresalta. Me acerco a ella cegada por la débil
aguja de luz que proyecta la bombilla. Su mirada se mantiene lejos de mis ojos
mientras cojeo hasta alcanzarla.
-¿También te creó el viejo?-le pregunto mientras protejo mis
ojos de la luz.
-S-sí-balbucea mirando al suelo, evitando mis ojos-.
-No me temas, no te haré daño.
-¿Cómo puedo estar segura de ello?-digo mirándome a los pies.
-Te he avisado antes de atacarte. Podría haber acabado
contigo desde que encendiste la luz y te hiciste un blanco fácil.
Le muestro el revólver que me concedió el carpintero apuntando
a un lado y sin tocar el gatillo, alzando mis manos para demostrar que soy inofensivo.
-¿A ti también te ha dicho que moriremos antes del amanecer
de no cumplir con sus peticiones?-le pregunto bajando el arma.
-Es triste no poder elegir siquiera el objetivo de una vida
tan fugaz…
-Más aún tener que obedecer a un cruel creador que quiere
jugar a ser Dios.
No me atrevo a decirle cuál es su verdadera misión. Deberá
convertirse en asesina si quiere que sobrevivamos. Caminamos juntos por el
taller sorteando obstáculos durante un tiempo, rindiéndonos a nuestro destino
marcado al amanecer. Aunque ella no se da cuenta cambia de apariencia cada
cierto tiempo, aunque no me importa. Con cada cambio creo que se vuelve incluso
más bella. Incluso cuando repite rasgos.
Me molesta que evite durante todo el tiempo mi rostro, aunque
sé que mi siniestra mirada es difícil de enfrentar. Nos preguntamos cómo será
el otro ser que creará el anciano carpintero, qué apariencia tendrá y cómo se
comportará. Pero sigo sin poder revelarle su destino.
Los sonidos del carpintero tallando la nueva figura llegan
hasta nosotros mientras paseamos de la mano por el suelo del taller.
-¿Qué haremos?-me pregunta.
-Destruirlo. Tú lo atraerás hasta ti y acabaremos con él-no
soy capaz de entregarle la responsabilidad por completo a ella, aunque eso sea
lo que quiere nuestro creador-.
-Yo no puedo…-la voz le tiembla.
-Yo te protegeré-trato de tranquilizarla abrazándola con mis
brazos de madera-. No dejaré que te pase nada.
Intento que me mire a los ojos para transmitirle toda la
seguridad que empiezo a perder cuando imagino cómo puede ser la siguiente
figura fabricada por el cruel anciano. Ella se empeña en desviar su vista hacia
mi boca. Pienso que desea besarme y me lanzo para recibir una negativa. Me da
un empujón y sacude la cabeza con nerviosismo.
-¿Qué ocurre?
-¡Vete!-me grita.
Es ella quién se aleja corriendo, dejándome el corazón hecho
astillas. Sigo con la vista la pequeña luz que porta y la sigo en la distancia.
Trato de subir por un andamio sobre el que descansa una fina tabla por el que
se ha encaminado la muñeca pero mis torpes manos apenas son capaces de trepar
tal distancia. Tomo una de las barras de metal más alejadas a la que ha tomado
la muñeca para que no se sienta perseguida y me olvido por completo del otro
muñeco. Ahora me da igual. Ella es la única que puede salvarme. Me resbalo, tropiezo
y caigo al suelo en varias ocasiones en mi lucha contra la gravedad y la
superficie lisa de la pata del andamio.
Para cuando alcanzo la cima la luz de la fina ranura se cuela
en el taller abalanzándose sobre la enorme puerta de entrada es tan intensa
como seguro es el presagio de muerte que porta. Busco ansiosamente a la muñeca
y la encuentro apoyada en el borde de la tabla, hablando con otro muñeco
iluminado por un aura de luz sobre su cabeza. Sus ojos azules buscan encontrar
la mirada que yo no pude hallar. Sus manos se rozan en un repulsivo juego de
risas y palabras amables. Me hierve la sangre.
Al tratar de correr hacia ellos tropiezo contra una caja de
cartón, tumbándola y esparciendo una multitud de chinchetas que llama la
atención de ambos. Avanzo hacia ellos empuñando el arma. No puedo dispararle a
él. Tiene mi cuerpo. Ni a ella. Tiene mi corazón, aunque no lo sepa, aunque no
le importe.
-Creo que está bastante claro quién es el malo aquí...-dice
el ángel cogiendo de la mano a la muñeca.
Antes de que termine la frase aprieto el gatillo. El
estallido se pierde en el pecho del ángel, haciéndolo astillas y tumbándolo en
el suelo mientras la muñeca se tapa sus oídos hostigados por el sonido del
disparo. Cuando lo ve en el suelo se agacha junto a él y sostiene su rostro, mirando
a unos ojos que desaparecen lentamente.
Me acerco a ella y la rodeo con mis torpes y rudos brazos
intentando tranquilizarla. Le susurro que todo ha pasado y ella me corresponde
con un beso. Un beso que me hace arder. Cuando me mira a los ojos por primera
vez siento el ardor comenzar a desaparecer por un momento. Hasta que veo como,
desde los pies hacia arriba, mi cuerpo comienza a convertirse en piedra
mientras la boca me arde, descomponiéndose en un fuego invisible.
Maldita sea. Ese es mi verdadero cuerpo. Ella siempre fue la
mala.
¿L
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o he matado? ¿He matado a quien era
bueno?
-Has acabado con quien era bueno para ti.
El anciano me rodea con sus enormes y gruesos dedos y me
lleva camino de la mesa donde me creó.
-¿Qué quieres decir con eso?
El viejo carpintero me deja suavemente sobre la mesa, junto a
una silla de madera bañada en una capa dorada cuyo asiento acolchado está
cubierto por una funda de terciopelo rojo. Me siento en ella con el cuerpo
temblando por lo que acabo de hacer.
-¿Es que te consideras uno de los personajes “buenos” de esta
historia?-me pregunta.
-Yo…
-Todo el mundo tiene un enemigo contra el que luchar, una
sombra poderosa que lo obliga a hacerse fuerte. Según nuestra perspectiva somos
los héroes de nuestra propia historia y a veces nos olvidamos que también somos
los villanos de la historia de otros. Para el soldadito diabólico tú eras la
sombra que amenazaba con su vida, aunque lo supo tarde; para el ángel, el
monstruo diabólico que lo mató era la más ruin de las criaturas; y para ti, ese
ángel que desequilibró tus creencias previas con un latigazo eléctrico en la
mano fue la persona a la que creíste deber odiar.
La luz del flexo ilumina la camisa del carpintero cuando se
quita el delantal que lo mantenía a salvo del serrín y puedo ver dos iniciales
bordadas en su pecho con hilo negro. Son una F y una C separadas por un punto y
dibujadas con una caligrafía ágil y elegante. Tras sonreír triunfante me dedica
las últimas palabras que puedo escuchar antes de desaparecer para siempre:
-Sólo hay una sombra aquí, querida, y se esconde tras el
telón de la historia, tejiéndolo a su antojo y alimentándose de vuestros
sueños. Vosotros tan solo sois enemigos de vosotros mismos, supervivientes que
no desaparecerán nunca a no ser que la gran sombra decida borraros. Ahora puedes
marcharte, sabiendo que permanecerás inmortal.

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