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e despierto sobre una lisa superficie
de madera alumbrada por un gigantesco foco. Enormes montañas de serrín me
envuelven, herramientas se esparcen por la superficie de la mesa llena de
cortes, grietas, cabezas de clavos hundidos y agujeros en forma de estrella. La
cúpula negra que se esparce lejos de la acción de la luz del enorme foco que me
alumbra me inquieta. Cientos de vetas se esparcen por el suelo creando
inmóviles ríos que me marean.
Me incorporo hasta ver mis piernas estiradas. ¿Son de madera?
Al menos poseen el mismo tipo de vetas que ese material. Están alisadas y
talladas de forma redondeada. Mi ropa es tan sólo una pintura esparcida dibujando
un traje blanco esculpido en mi cuerpo. Los dedos de mis manos son redondeados
y no alcanzo a ver mi rostro. Trato de acercarme a un gigantesco reloj
despertador de color azul eléctrico para verme completamente. Sus agujas marcan
las seis. Me imagino que será de madrugada, dada la oscuridad.
De esa misma oscuridad que me envuelve nace la figura de un
inmenso hombre que me agarra cuando estoy llegando a la superficie cristalina
de la cubierta del reloj dispuesto a verme. Su rostro inundado en arrugas queda
iluminado desde la nariz hacia abajo y sonríe mientras me atenaza en su mano.
Soy un simple muñeco de madera impotente ante su voluntad.
-¿Sabes quién eres?-me pregunta dejándome sobre la mesa.
-No.
-Pronto lo descubrirás.
-¿Quién eres tú?
El anciano me sonríe.
-Quien te ha construido y quien te dará la vida que mereces.
-¿De qué manera?
-Verás, hay dos figuras más que ansían la vida, como tú.
Creaciones mías. Pululan por el taller desde hace unas horas y les pedí que te
matasen si querían conseguir su objetivo. Quién sabe si han podido ponerse en
contacto ya y se han puesto de acuerdo para colaborar contra tus intereses…
Ante mi rostro de congoja, el carpintero decide
tranquilizarme:
-No te preocupes chico. Posees un antídoto que podrá salvarte
del ataque de uno de ellos. Uno de los dos intentará acabar contigo
envenenándote…
-¿Cómo puedo reconocerlos?
-Uno es un muñeco bueno y otro es malo.
-Entonces hay una posibilidad de que no se alíen. Puede que
el malo haya acabado con el bueno a esta hora.
-La figura mala es demasiado inteligente para hacer eso…
-Entonces…
-Deberás matar a las dos. Quien quede con vida podrá
convertirse en humano de nuevo. Si antes del amanecer queda más de uno no podré
hacer nada por vosotros…
El viejo carpintero esboza una luminosa sonrisa antes de
volver a perderse en la penumbra, llevándose consigo el reloj despertador tras
dejarme en la mesa de nuevo.
Busco una manera de alejarme de allí y encuentro un fino hilo
que cae mesa abajo pero que a mis ojos es como una gruesa cuerda. La uso para
llegar al suelo. Algo en mi cabeza, una especie de aureola, actúa de linterna
iluminando el camino por el suelo del taller.
Cuando amanezca, si no los he encontrado, moriré… No puedo
dejar de pensar en ello.
Avanzo entre un millar
de astillas y motas de polvo que forman un desierto de madera sumido en la
oscuridad que me ahoga. Mis débiles piernas de muñeco apenas pueden articularse
para elevarse unos milímetros sobre el suelo. Llego a unos andamios de metal
que me devuelven el destello de mi luz frontal. Sostienen un tablón fino a una
altura que bajo mi perspectiva parecen diez metros. Es casi seis veces mi
propia estatura. Pienso en que si llego hasta allí arriba me será más fácil
observar lo que me rodea y encontrar a los otros dos muñecos.
La ascensión se hace dura con mis manos redondeadas y la
superficie metálica del andamio. Puedo ayudarme de los pequeños agujeros que lo
pueblan para apoyarme y buscar la cima. La alcanzo con un esfuerzo que me hace
pensar que voy a salir ardiendo y me escondo rápido tras un lapicero al ver
algo que me alarma. Sobre el filo de la tabla sobre el andamio está sentado un
muñeco, mirando hacia el horizonte donde se dibuja una rendija de luz
perteneciente a la puerta del taller. Apoya sus manos al borde y balancea sus
piernas adelante y atrás. Su pelo tallado cubriendo toda su espalda haciendo
tirabuzones está pintado de un negro que emite reflejos dorados. Un vestido azulado
cubre su cuerpo hasta la articulación de las rodillas.
-Si vas llamando así la atención no quieras esconderte de los
que te admiran-susurra y siento como si la tuviese hablando junto a mi oído-.
La muñeca se gira para dejarme ver una cabeza esférica, de
grandes ojos verdes, sonrisa perenne y labios perfilados en rojo. No me mira
directamente, sino que permanece cabizbaja observando las sombras que crean la
fuente de luz que me ha guiado hasta allí, y emite una risita agradable.
Es imposible que ella sea el juguete malo.
Me aproximo a ella y dudo si sentarme a su lado hasta el
momento en que me lo pide. Aún así permanezco a una distancia prudencial. Cuando
nuestras manos se rozan mi estado de alerta crece tanto que me obliga a
preguntar sobre qué va a decidir hacer con mi vida:
-¿No piensas matarme para sobrevivir?-le pregunto.
-¿Es que estás convencido de ser el malo de este juego?
No acabo de entender su respuesta. Ni siquiera me mira para
comprobar mi rostro y poder saber cómo soy.
-Si me miraras podrías decirme si te parezco malo. Aún no sé
cómo soy…
-Podría decirte quién eres, pero sería un riesgo demasiado
grande…-no acabo de entender lo que quiere decir.
Un estruendo nos hace levantar mientras vemos esparcirse una
multitud de chinchetas por la tabla sobre el andamio. Una endeble caja de
cartón ha sido tumbada por algo que se mueve en dirección a nosotros: un muñeco
con aspecto grotesco, uniforme de soldado verde oscuro, de piel color rojizo y
cuernos negros en la cabeza que avanza empuñando un arma que dirige
alternativamente a ambos.
-Creo que está bastante claro quién es el malo aquí...-susurro
agarrando la mano de la muñeca pensando en que es lo último que quiero asir
antes de soportar el último dolor.

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