domingo, 9 de diciembre de 2012

Cap. 3


3

HUÍDA


 

                Ricard se quedó sorprendido ante la repentina llegada de su abuelo al castillo justo cuando se ponía el sol subido en su vieja carreta de madera tirada por dos mulos de pelaje marrón oscuro. Don Franco, como lo conocían en el pueblo, solía vestir con una túnica de color marrón oscuro con capucha con una cuerda del mismo tono a la altura de la cintura, unos pantalones largos y una camiseta blanca bajo la túnica. Tenía el pelo blanco sólo a los lados y la parte posterior de la cabeza y una barba corta del mismo color. Llevaba unas gafas pequeñas y redondas apoyadas siempre en la mitad de su tabique nasal que nada más que usaba para leer.

Franco dijo que se venía a quedar por unos días en el castillo para estudiar ciertos libros de la biblioteca real, a los que tenía acceso gracias a la amistad que tenía con Ramus. Ricard sabía que ambos superaban los sesenta años y se conocían desde pequeños gracias a las historias que le contó su abuelo, pero nunca los había visto hablar.

 

 

 

Fabiano Glyn, vestido de incógnito, acudía a una extraña cita en el bulevar de Auronzo aquella soleada tarde. Sus ojos era la única parte visible de su cuerpo, cuya cabeza tanto anhelaban ciertos forajidos e iba seguido a unos metros por tres de sus mejores soldados de la guardia real, todos ellos “neutrales”. Debía comprobar por sí mismo la veracidad de aquella amenaza, aquella proposición tan segura de poder.

Vio al extraño encapuchado de túnica marrón mirando hacia ningún lado y sentado en unos de los bancos orientados hacia el mar, donde numerosas embarcaciones permanecían ancladas a la costa. Tomó asiento a su lado con prudencia mientras que sus tres seguidores ocupaban otro banco situado a unos metros disimuladamente.

-Lo haremos esta noche-dijo el individuo con una voz grave que denotaba poder y sin mirarlo. De su perfil, escondido tras la capucha, tan sólo sobresalía una nariz aguileña y una pequeña perilla puntiaguda que nacía en su barbilla-.

-Pero yo no quiero tener nada que ver. Será algo entre ustedes y mis protectores-afirmó con rotundidad Fabiano a través del pañuelo que cubría su boca-. Sólo espero que el castillo no sufra grandes destrozos.

-¿Le preocupa los destrozos materiales más que los mentales? Subestima el poder de la mente humana. Un hombre estará más abatido tras la muerte de un ser querido que tras el derrumbamiento de su casa y sus posesiones.

Hablaba con una arrogancia y prepotencia rayana en lo impertinente. Rebosaba la confianza del que se sabe ganador antes de luchar. No temía estar solo, desprotegido, al contrario del rey, que no podía permitirse salir sin guardia hacia aquel extraño encuentro.

-¿Y cuáles son vuestros planes en caso de victoria?-Fabiano se había citado personalmente con aquel hombre en busca de mayor información. No podía permitir un ataque sorpresa a su guardia desconociendo si iba a salir ganando con ello. No es que ser protegido por aquellas personas le gustara, es más, odiaba saberse protegido gracias a gente maldita, pero aquello de “Rey por mandato divino” empezaba a analizarse entre los nuevos intelectuales en Eraclea. Necesitaba una protección segura y eficaz que le beneficiase y perpetuase su puesto dentro de sus descendientes.

-Querido amigo… -hizo una pausa para sonreír y giró la cara hacia el rey. Sus ojos color ámbar lo escrutaron con una mirada que parecía poder ver su alma. Reconoció aquel temible rostro y se quedó sin palabras.- Después de que a uno lo intenten asesinar no esperará que confíe en cualquier persona. No soy rencoroso, sólo… demasiado inteligente.

 

 

 

                Llegó la hora de cenar, y como de costumbre se sentaron en la mesa que estaba colocada en la cocina. Comparada con la mesa en la que comía la familia real en el comedor principal, de forma alargada y con varios tipos de cubiertos en cada sitio, a Ricard aquella le parecía una mesa de pobres. Pero pensaba en lo incómodo que sería sentarse en cada punta de una mesa tan alargada y tener que comer sin apenas poder comunicarte con tus acompañantes y pensaba que no era tan malo. Él siempre se sentaba junto a su madre, y su padre frente a ellos, ésta vez con el Franco a su lado.

-Abuelo, ¿sabes algo de Axel, Paolo, Allegra y Gianella? ¿Cómo están?-preguntó, ansioso por saber por sus únicos amigos-. Hace algunas semanas que no recibo cartas de ellos.

-Tranquilo, ellos están muy bien. El otro día Paolo me dijo que le gustaría alistarse en el ejército del rey para así poder verte más a menudo. Axel sigue queriendo aprender más y más, viene mucho a mi casa para que le enseñe cosas, será alguien de provecho en el futuro-sonrió, pensando seguramente en cómo influía en la vida de algunos jóvenes del pueblo, donde era considerado poco menos que un sabio-. Y bueno, Allegra y Gianella siguen siendo inseparables, aún siendo como el día y la noche, Gianella siempre tan alocada y despreocupada y Allegra tan tímida y amable. Definitivamente Gianella quiere dedicarse al cuidado de los animales y ya experimenta con fórmulas a partir de plantas autóctonas para sanarlos. Allegra quiere conocer cómo funciona la mente de las personas, y ya empieza a crear sus propias teorías sobre el comportamiento y las relaciones causa-efecto ante ciertos estímulos.

-Vaya, nadie diría que es un pueblo si conociéramos nada más que a esos chicos. Son muy ambiciosos y curiosos-dijo Diana algo sorprendida.

-Bueno, no olvides que tú también vienes de ese pueblo y mira donde has acabado gracias a tu pasión por la música. Ahora cantas en el teatro en las óperas de los mejores autores. Bueno, también ayudó el que me echaras el lazo cuando era joven, rico y tonto-bromeó Ariano con una sonrisa pícara en su rostro.

-Le debería haber echado el lazo a uno menos tonto, como el rey y ahora sería reina-dijo Diana con malicia ante el comentario de su marido despreciando su talento-.

-Siempre igual los dos-dijo el abuelo con exasperación-, no hay quien os pare.

                A Ricard le resultaban graciosas esas pequeñas puyas que se tiraban sus padres, ya que sabía que en el fondo no pensaban en absoluto lo que decían y que se tenían un mutuo cariño y respeto por encima de todo.

                Siguieron comiendo con total normalidad hasta que Ramus entró en la cocina dando un portazo y algo apresurado.

-¡¡Rápido Ariano ven conmigo, estamos sufriendo un ataque!!

                Ariano se levantó todo lo rápido que pudo y Franco lo siguió. A pesar de su edad era un hombre fuerte y experimentado que podía ser de ayuda, por lo que Ariano permitió que se uniera a él. Ricard y su madre también se levantaron y se dirigieron hacia la otra puerta de la cocina para dirigirse a su habitación. Esta poseía un pasadizo situado tras un grueso armario que era usado cuando el castillo era atacado para evacuar a las personas que no podían luchar. Había algunas estancias en el castillo que también contenían un pasadizo, como la del rey y el príncipe, como había podido leer en los planos del mismo que había sacado de la biblioteca, pero la más cercana era la de sus padres.

                A pesar de la situación de peligro Ricard no temía en absoluto por su padre: era un experto en la lucha con la espada. ¿Cómo si no podría ser el capitán general de la guardia del rey? A pesar de todo nunca lo había visto luchar, ya que era muy raro que atacaran el castillo siendo un lugar tan inexpugnable y bien protegido. Es más, sólo había tenido que usar ese pasadizo una vez cuando era más pequeño. Seguía a su madre por el estrecho pasadizo de paredes de piedra, que era iluminado por unas pequeñas antorchas situadas a cada lado cada cinco metros aproximadamente. Al inicio tenía una bifurcación que llevaba hacia las otras estancias con pasadizos. Olía a humedad y había restos de telas de araña en el techo, signo de que nadie lo había usado en varios años.

                Llegaron a una puerta de hierro, que Diana abrió con sus llaves y entraron en una estancia cuadrada amplia, iluminada por un gran candelabro colgado en el techo en el centro. Había tres pequeñas camas alineada y separadas por un par de metros cada una. También había una mesa de madera de roble justo debajo del candelabro que colgaba del techo y algunos muebles pegados a la pared repletos de cajones. Habían tres puertas a parte de por la que habían entrado, dos muy juntas justo frente a las camas que conducían hacia la despensa y un cuarto de baño y otra frente a la de entrada que llevaba tras varios cientos de metros a la colina de la montaña sobre la cual se erigía el castillo. La puerta de la despensa estaba abierta, y en ella supuso Ricard que estaría la persona que había encendido las antorchas del pasadizo y el candelabro. Aunque le extrañó la rapidez con la que había llegado, ya que habían ido todo lo rápido que había podido desde que los avisó Ramus.

                De la puerta que conducía a la despensa surgió un chico, algo mayor que Ricard, rubio, de pelo muy corto, cara ancha y redondeada y ojos azules que vestía un traje muy elegante de color azul con detalles de color blanco y dorado. Llevaba en la mano un bote con aceitunas abierto y comía algunas mientras andaba. Inmediatamente Diana le dedicó una reverencia.

-Saludos Majestad. Ha llegado usted muy rápido hasta aquí-apuntó Diana, aún con la cabeza agachada.

-La verdad es que mi padre me envió aquí hace un rato para que os avisara de que debéis huir del castillo rápidamente-recitó con una pasividad pasmosa, como si no tuviera en cuenta el significado de lo que acababa de decir. A continuación escupió al suelo el hueso de la aceituna que tragaba-. Por lo visto los atacantes no vienen por su cabeza, sino por la del capitán general de la guardia y él piensa que deberíais saberlo. Si sobrevive será una muestra de que merece conservar su puesto, y si no al menos cree que deberíais sobrevivir, al fin y al cabo sois unos simples civiles.

                Ricard no daba crédito a lo que estaba escuchando. Era la primera vez que veía al príncipe y no imaginaba que pudiera ser tan frío y desconsiderado dada las circunstancias. Al fin y al cabo aunque tampoco él era alguien muy sociable debido a su encierro casi permanente entre los muros del castillo, no se imaginaba dando la noticia a alguien de que su padre estaba en peligro de muerte con tal falta de consideración.

-Bueno, yo ya he cumplido con mi cometido, ahora si me disculpáis voy a comer algo, la espera se me ha hecho larga-dijo y se sentó en una de las sillas junto a la mesa del centro de la estancia.

-¡¿ES QUE NO VAS A MOVER NI UN DEDO MIENTRAS QUE MATAN AL RESPONSABLE DE LA SEGURIDAD DE TU PADRE?!-estalló Ricard y se dirigió hacia el príncipe-¡¿ACASO TE CREES TAN IMPORTANTE COMO PARA DEJAR DE LADO EL ASUNTO?!

-¡Ricard!-dijo su madre poniéndole el brazo izquierda en el pecho para evitar que avanzase.

                El príncipe se levantó entonces de la silla y se dirigió hacia él mirándolo fijamente a los ojos. Era un palmo más alto que Ricard, de la misma altura que Diana y más ancho y fuerte que ambos. Se paró a escasos centímetros de la cara de Ricard y le dijo:

-Bueno, no es la seguridad de mi padre la que corre peligro exactamente-una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro-. Así que no veo por qué motivo iba a molestarme.

                Resistiendo sus ganas por agredirle, teniendo en cuenta su corpulencia y la posición de su madre optó por su otra alternativa. Se giró y salió corriendo por la puerta de vuelta al castillo, dispuesto a avisar a su padre y tratar de ayudarlo en todo lo posible. Diana se giró también y lo llamó, y ante la inutilidad de su llamada lo siguió por el pasadizo.

                Corrió todo lo rápido que pudo y llegó a la habitación de sus padres habiendo dejado atrás a su madre. Abrió la puerta y se dirigió al lugar al aire libre más cercano que había: el patio de armas. Los pasillos del castillo estaban en total silencio y casi a oscuras y había algunas puertas de las habitaciones de los soldados que vivían en el mismo abiertas.

                Llegó a la puerta con rejas de hierro que conducía al patio de armas y la abrió, saliendo fuera. El aire era gélido y en el patio apenas se escuchaba ningún sonido, excepto del cubo metálico colgado de una cuerda en el pozo situado  en el centro del patio que se tambaleaba ligeramente de una lado a otro debido a la ligera brisa produciendo un sonido chirriante. Ricard se dirigió a una escalera de madera para llegar a lo alto de la muralla y para poder otear el horizonte para ver donde se situaba la pelea.

                De entre las sombras de la muralla, donde no llegaba la luz de la luna surgió una figura, justo delante de Ricard, que frenó su avance. Medía alrededor de metro sesenta y vestía unos pantalones azul oscuro y botas negras. Su torso lo cubría una camiseta negra con las mangas cortadas y su cabeza y cara exceptuando los ojos estaban ocultos tras una tela enrollada alrededor de la cabeza que le caía por la espalda a modo de capa, cubriéndole en parte los brazos desnudos. Tenía la piel de un tono moreno y destacaban sus ojos: amarillos y enormes, como los de un felino, apenas parpadeaban.

-¿Eres un soldado? ¡Rápido, llévame hacia donde esté mi padre por favor!-rogó Ricard.

                El hombre no habló, sino que echó su capa hacia detrás y sacó de su cinturón dos dagas plateadas con empuñadura negra y las agarró contrariamente a lo habitual: las sostenía fuertemente agarradas y apuntando hacia abajo. Ricard retrocedió asustado y tropezó con el escalón circular en el que estaba situado el pozo, cayendo sentado al suelo. ¿Era su fin? La figura flexionó brazos y piernas y se abalanzó sobre él.

                De la nada y con un sonido de una ráfaga de viento surgió algo enorme que empujó al encapuchado hacia la muralla, donde se estrelló y cayó al suelo. Ricard levantó la cabeza y vio algo que lo atemorizó aún más. De dos metros de altura, con dos alas enormes de plumas negras que le salían de la zona de los omóplatos, piel oscura y unos pantalones marrones que cubrían las piernas, el ser que acababa de aparecer le daba la espalda a escasos dos metros de donde había caído. El encapuchado se levantó con la camiseta rasgada y cuatro cortes en el pecho desde los que borbotaba sangre y una mano puesta sobre ellos. Miró al ser que acababa de agredirlo unos segundos y con una agilidad pasmosa saltó encima de la muralla de tres metros apoyando los brazos para impulsarse hasta perderse de vista al otro lado.

                La luz de la luna quedaba recortada por la figura de aquella criatura haciendo quedar a Ricard a la sombra de la misma. Paralizado por el miedo solo pudo observar cómo se daba la vuelta, dejando ver una cara angulosa y terrorífica, con unos cuernos que le crecían cerca de las sienes y que apuntaban hacia delante y unos ojos rojos con una minúscula pupila alargada.

-Tu padre te ha dicho muchas veces lo importante que es controlar tus sentimientos-masculló con una voz potente-.

                La figura empezó de repente a empequeñecer. Las alas se hundieron en la piel hasta desaparecer al igual que los cuernos. La cara recobró una apariencia humana familiar para Ricard y la masa muscular disminuyó hasta convertir aquel cuerpo poderoso que estaba delante de él unos segundos antes en el cuerpo de un anciano de estatura similar a la suya. Tan sólo le quedaban los pantalones y botas de su atuendo, aunque conservaba algunos jirones de la túnica y camiseta que solía llevar. Sonrió ante la cara de sorpresa de su nieto.

-¡¡ABUELO!!

-No grites, es peligroso-farfulló mirando al alrededor-. Debemos huir de aquí, todo ha sido una trampa. A los soldados les han ordenado no interferir en la lucha entre Querubines y los nuevos Ángeles celestiales y parece ser que han descubierto una manera de contrarrestarnos.

-¿Querubines? ¿Ángeles celestiales?-todo lo que acababa de decir su abuelo parecía un trabalenguas desconocido.- ¿Está mi padre a salvo?

                Diana llegó al patio de armas atropelladamente y observó a Ricard levantándose con la ayuda de su semidesnudo abuelo con alivio.

-Perfecto-dijo al ver llegar a Diana y se volvió a mirar a su nieto-. Es una historia un poco larga Ricard. Ahora lo que debemos hacer es huir de aquí. Sólo estorbaríamos a tu padre y sus compañeros.

-No vuelvas a huir de esa manera Ricard, podrías haber muerto, no seas tan inconsciente.

-Ya vale mamá, no me ha pasado nada-dijo ruborizándose. Sentía vergüenza de su comportamiento tan cobarde y de tener que darle la razón a su algo sobreprotectora madre-.

-Vamos, debemos salir fuera del castillo e ir a mi casa en Vezzano. Si todo sale bien tu padre nos mandará una carta con su paloma mensajera y podremos volver. Ahora lo importante es vuestra seguridad.

-¿Y qué hay de malo en esperar en la sala al final del pasadizo secreto?-preguntó Diana.

-En el peor de los casos si la Iglesia logra derrotarnos el Rey no perdería el tiempo a la hora de asegurarse la lealtad, ya que le proporcionarían seguridad a cambio de algún acuerdo, y no creo que tuviera ningún problema en indicarles dónde nos escondemos. Si andamos durante toda la noche llegaremos al amanecer al pueblo.

                Se pusieron en marcha todo lo rápido que pudieron, llegaron a la habitación, donde Franco se vistió con otra de sus túnicas y siguieron el pasadizo hasta donde se encontraba la puerta de la sala donde habían encontrado al príncipe anteriormente. Entraron y comprobaron que estaba desierta, aunque el candelabro en el centro seguía encendido. Entraron por la puerta que conducía a otro pasadizo, de aproximadamente un kilometro de largo, que les llevó fuera del castillo. El pasadizo estaba incrustado en la roca del monte en el que se situaba el castillo, situado en la parte norte de la ciudad y más alto que cualquier otro edificio de la misma, como una gran torre de vigilancia desde la que ver Auronzo completamente.

                Iniciaron la marcha a pie, dejando atrás el castillo y la ciudad. Tomaron dos caballos de una de las granjas que se encontraron en su camino  y avanzaron hacia el desierto situado al oeste de la ciudad. Tardaron varias horas en atravesarlo, debido a que el gélido ambiente que reinaba en ese momento de la noche en el desierto hacía que a los caballos les costase más seguir un ritmo elevado. A Ricard le parecía inverosímil como un lugar tan cálido durante el día podía convertirse en un infierno helado cuando oscurecía.

                Cuando lo atravesaron llegaron a una llanura que precedía a la montaña en la cual se encontraba Vezzano, y comenzaron a subir el serpenteante camino hacia el pueblo. Llegaron al pueblo cuando el sol salía habiendo abandonado los caballos robados para no levantar sospechas. Todo el pueblo estaba en silencio, apenas se escuchaban el canto de los gallos procedentes de algunas casas. Entraron en casa de Franco ateridos por el frío, encendieron un fuego en la chimenea para recuperar la temperatura y se sentaron delante de la misma. Ricard tenía un millón de preguntas que hacer después de lo vivido esa noche.

 

 

 

Fabiano Glyn había esperado toda la noche en su despacho personal la noticia sobre los vencedores de aquella singular batalla. Sus ojos estaban a punto de ceder ante su somnolencia, pero su mente no paraba de dar vueltas alrededor del mismo tema: su futuro más inmediato. Había estado escuchando los sonidos aterradores de la horrenda batalla que se libraba en su castillo llegando atravesando las gruesas paredes de la estancia y temiendo que llegase a ocupar aquel espacio.

Pasados cinco minutos desde que cesaron los ecos de la pugna entre los dos posibles bandos que lo servirían, la puerta de madera con remaches de hierro sonó y fue abierta sin esperar permiso. Supo el resultado de la contienda con tan sólo ver la conspicua presencia del hombre que entró en busca de su recompensa ante semejante hazaña.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Cap. 2


2

ADIESTRAMIENTO

“No es tarea fácil educar jóvenes, adiestrarlos, en cambio, es muy sencillo." (Rabindranath Tagore)

 

7 AÑOS ANTES

 

                Era temprano y Ricard corría por el pasillo del castillo que conducía hacia la estancia donde dormían sus padres, con energías renovadas tras haber dormido. Tenía unas ganas enormes de volver a practicar con la espada, aprender a dominarla para conseguir llegar a su objetivo: pertenecer a la guardia del Rey, de la que su padre era capitán general y poder luchar contra esas extrañas criaturas que su padre le había descrito. Su padre le prometió que se encargaría de su adiestramiento en los momentos en los que no tuviera que cumplir con ninguna misión y aquel era el momento perfecto. La vida en el castillo era terriblemente aburrida, ya que no había más niños viviendo en el mismo aparte de él, que vivía con sus padres gracias al favor que prestaba su padre al rey y además era hijo único. Al menos que él conociese, ya que en alguna ocasión había oído hablar sobre el hijo del rey, pero en sus trece años de vida no recordaba haberlo visto en ninguna ocasión. Suponía que, tal como le había dicho su padre, el ser el sucesor directo del rey supondría una serie de responsabilidades para las que debía estar preparado, por lo que sus ocupaciones lo obligarían a obviar que existía la diversión en el mundo.

                El adiestramiento era en aquellos momentos lo único que lo motivaba. El tener un objetivo en la vida suponía para él una razón para levantarse y esforzarse dentro de aquel ambiente de internamiento en el que vivía. No tenía amigos de su edad cerca, ya que sus padres le tenían prohibido salir de los terrenos del castillo real, donde convivía con los miembros de la familia real, pero al no compartir estancia nunca con ellos en su vida cotidiana tan sólo conocía a algunos de vista, pero aún así le era difícil recordar el nombre de algunos. Sus padres solían decir que Auronzo, la ciudad donde vivían y capital de Eraclea era demasiado peligrosa y grande para un chico como él, por lo que su padre aceptó el entrenarlo para la guardia real, pues lo convertiría en alguien fuerte. En sus visitas a su único abuelo vivo, que vivía en un pueblo llamado Vezzano situado en las montañas, a ochenta kilómetros de la ciudad, había conocido a dos chicos y dos chicas con los que había congeniado bastante bien y a los que solía escribir, pues echaba mucho de menos en el castillo. No tenía permitido invitarlos al castillo al ser simples pueblerinos y es algo que le frustraba.

                Llegó a la habitación, tocó la puerta en varias ocasiones y escuchó la voz de su padre dándole permiso para entrar en los aposentos. Entró y comprobó que su padre se estaba poniendo su sayo negro, demostrando que ese día estaba dispuesto a seguir con el adiestramiento. Su madre, ya vestida con su traje de corsé blanco con la falda roja larga y una camisola blanca de manga corta debajo abría la ventana y recogía las botas negras de su padre para dárselas. Llevaba el pelo castaño largo recogido en una trenza que le caía por la espalda.

-¡Vaya, como se nota que tienes ganas de empezar! Casi no esperas a que amanezca para venir a buscar a tu padre-dijo mientras entregaba las botas a Ariano, su esposo-.

-Si tuviera algo mejor que hacer… -dijo con un deje de exasperación- Lo único que puedo hacer es estudiar en la biblioteca y entrenar. Y cuando el príncipe tiene clase con Ramus no me dejan estar allí.

-Está bien, ve al patio de armas mientras me termino de vestir Ricard. Ve sacando del almacén las espadas de madera para la práctica. En un momento estaré allí.

-Ten cuidado por favor-advirtió Diana-.

-Ya no soy un niño mamá-le molestaba que aún lo tratara como un niño, aunque debido a que era hijo único era algo comprensible que lo protegiera-.

-Tampoco eres un hombre-dijo sonriendo-.

                Ricard salió de la habitación y se dirigió al patio de armas por el largo pasillo. Colgados en las paredes de piedra había candelabros que iluminaban el recorrido y cuadros con retratos pintados de anteriores reyes de la región. Reconocía a algunos de los más ilustres, pues había leído sobre la historia de la región en la biblioteca del castillo.

Giró al final del pasillo y se detuvo ante la visión de una figura con una túnica con capucha de color marrón oscuro, situada de espaldas a él a escasos tres metros. Estaba situado frente a la puerta de madera de la habitación de estudio del consejero del rey, Ramus y pareció no percatarse de su presencia mientras esperaba totalmente inmóvil. De repente la puerta comenzó a abrirse y Ricard sintió el impulso de esconderse, por lo que volvió sobre sus pasos para esconderse en la esquina de la pared. Pensó que no debía estar allí por alguna razón y decidió volver para esperar a su padre, pero la curiosidad por saber quién era aquel hombre y de qué habría venido a hablar con Ramus lo mantuvo donde estaba.

-Buenos días Ramus. Me gustaría conocer cuál es la respuesta del rey a mi propuesta. Supongo que habrá tenido tiempo de estudiarla en esta semana ¿verdad?-dijo el encapuchado, con una voz espectacularmente grave-.

-Sabe que es una decisión difícil, y no exenta de riesgo el optar por ella, por lo que espero que entienda de la indecisión actual del rey-respondió con voz calmada Ramus-.

-Nuestra familia es cada vez más grande dentro de este reino, cada vez son más nuestros simpatizantes. Representamos el bien para el pueblo y debe tener en cuenta que no serviría una campaña para desprestigiarnos. Sólo hacemos buenas acciones, estamos al servicio del pueblo, pero el tema es que el pueblo no es rentable a nuestros intereses. De poco nos sirve ser buenos si eso no se traduce una buena vida para nosotros y nuestros seguidores. Por mucho que prediquemos que actuamos por el bien de la humanidad no es menos cierto que el ser humano es egoísta por naturaleza y no es capaz de dar bien sin esperar nada a cambio. Necesitamos de nuevo la voz del rey para proclamar nuestras virtudes y bondades.

-Tenemos conocimiento sobre eso, pero el actual pacto es difícil de romper. Debéis demostrar vuestras capacidades, el rey no puede equivocarse en su elección, no puede estar en el lado débil.

-Está bien, si es lo que necesitáis… 

Ricard retrocedió ante el sonido de pasos del encapuchado, que parecía alejarse, y se dispuso a volver a empezar la marcha hacia el patio de armas, disimulando lo mejor que podía. Ramus avanzó hacia donde él venía y se encontraron justo en la esquina. Ramus se sorprendió al encontrárselo y echó una mirada mientras se alejaba en dirección contraria a la suya.

                La enigmática conversación que acababa de escuchar lo hizo pensar. ¿Qué pacto era el que tenía el rey y en qué consistía? ¿Quién era y a qué extraña organización pertenecía el encapuchado? Se daba cuenta de cuánto le faltaba por conocer del mundo en el que vivía y de lo que necesitaba salir de aquel castillo para obtener conocimientos.

                Llegó sin darse cuenta al patio de armas y sacó del almacén las dos espadas de madera y dos cotas de malla y se puso una de ellas sobre su casaca. Cuando salió de nuevo su padre ya había llegado. Se puso su cota de malla, cogió la espada y se puso a hacer movimientos amplios con ella para calentar sus músculos. A Ricard le impacientaba todo ese ritual, aunque su padre le recordaba que era importante prepararse antes de empezar el entrenamiento.

-Empecemos ya papá, hoy conseguiré desarmarte, me siento más fuerte.

-Recuerda lo que siempre te digo Ricard-masculló Ariano-. La clave para ser un buen guerrero es…

-“Conoce a los demás y serás un erudito, conócete a ti mismo y serás un sabio. Controla a los demás y serás poderoso, contrólate a ti mismo y serás invencible.”-enunció con desgana.

-Un día entenderás el significado de este dicho. Sin experiencia todo son prejuicios y conocimientos previos inservibles y que complican el entendimiento.

                Ricard admiraba la sabiduría de su padre, sentía un gran respeto por como un hombre que se dedicaba a la lucha por la protección de la monarquía tenía tantos conocimientos. Ya desde pequeño, frases como “Ya lo entenderás cuando seas mayor” le había provocado una curiosidad y ansias por saber que lo habían motivado a estudiar y leer los libros de la biblioteca. Eran como pequeños retos a su orgullo el que lo tratase como un ignorante aprendiz que aún no podía comprender algunas leyes vitales.

-Comencemos, y recuerda controlarte o lo pasarás mal- advirtió con una sonrisa en la cara-.

                Ricard se lanzó inmediatamente hacia su padre, que con un simple movimiento esquivó su estocada y lo golpeó en la espalda haciéndolo caer. Rodó por el suelo y se incorporó.

-Eso es justamente lo que no debes hacer. No te lances sin miramientos, estudia a tu rival o usará tu fuerza contra ti.

                El golpe que se había dado con la caída lo había hecho enfadarse un poco, con lo que no prestó atención a las palabras de su padre. Se lanzó de nuevo dando bandazos con la espada de madera, que sólo producía un sonido seco cada vez que golpeaba la de su padre, que hábilmente paraba sus acometidas mientras retrocedía. Finalmente y con un movimiento lateral esquivó a su hijo y lo golpeó en la pierna derecha, haciéndolo caer.

                El dolor en la rodilla de Ricard fue tan agudo que tuvo que cerrar los ojos. De pronto una sensación cálida lo invadió y escuchó a alguien susurrándole muy bajo: “Déjame ayudarte, libera tu ira, yo acabaré con él…”. Abrió los ojos. Ariano lo miró mientras se levantaba y vio como el iris de Ricard había tornado de color rojo y su pupila era una simple rendija negra. Temblaba y lo miraba fijamente, sin parpadear. Las venas en la sien palpitaban fuertemente y a ritmo acelerado.

                Ricard veía una pequeña llama roja recorriendo el cuerpo de su padre y podía captar detalles de su alrededor de forma increíblemente nítida. Su vista parecía haber mejorado por momentos, como la de un águila surcando las alturas mientras captando los más sutiles movimientos a cientos de metros.

-Está bien por hoy hijo-murmuró tranquilamente-. Date un baño y acompaña a tu madre en las tareas que tenga que realizar. Debo realizar un recado.

                Ariano dejó la cota de malla y la espada en el almacén y volvió a salir al patio, donde Ricard continuaba de pie y mirándolo fijamente, aunque había dejado de temblar. Debía dejarlo recuperarse, que se tranquilizara. Era demasiado joven para soportarlo, sería problemático que fuera a más.

-Lleva tus cosas al almacén. Perdona si te ha dolido el último golpe, pero quiero que te des cuenta de lo importante que es dejar fuera los sentimientos en la lucha. Es lo que marca la diferencia y lo que puede decidir el salir vivo o muerto. Espero que entiendas la importancia de lo que te digo-dijo y se marchó hacia el interior del castillo-.

                Pero Ricard no lo escuchaba a él. Una voz en su interior, fría y que carecía por completo de humanidad seguía insistiendo: “Créeme, si me dejas calmaré tu ira, te liberaré, cumpliré con tu voluntad”. “Pero yo no quiero hacer daño a mi padre-pensaba Ricard mientras se sentía cada vez más tranquilo ante las palabras de su padre-. No, definitivamente voy a dejar las cosas en el almacén”. “¡No! ¡Préstame atención! Yo haré que…”

                La voz se fue apagando hasta que dejó de oírla. Ya había perdido de vista a su padre y tuvo la misma sensación que al haberse despertado de un sueño extraño. Dejó las cosas en el almacén mientras intentaba recordar lo ocurrido. ¿Qué diablos había pasado? ¿Qué era aquella voz fría que surgía de su interior? ¿Qué hubiera ocurrido si hubiera aceptado aquella proposición, si hubiera dejado que esa presencia tomara el control? Estaba perplejo, pero pensaba que no sería buena idea comentarlo con sus padres, sería difícil de creer, lo tomarían por loco.

 
 
 
 

                 Ariano se dirigió hacia su habitación personal, su despacho, donde trabajaba e investigaba cuando no tenía otra cosa que hacer. Entró, le dio la vuelta a la mesa de caoba que presidía la estancia y cogió de la ventana una jaula colgada junto a la ventana que contenía una paloma blanca con tonos grisáceos en la parte posterior de las alas y la cola. La colocó encima de la mesa y sacó un trozo de pergamino, el bote de tinta y su pluma de cuervo y comenzó a escribir. Era importante que su padre supiese los síntomas que había mostrado su hijo, pues nadie mejor que él sabía de la evolución de los de su especie y cómo controlarla. Si enviaba su paloma mensajera al pueblo en ese momento su padre podría llegar por la tarde. 

Cap. 1


1

IRA

"La cordura del hombre detiene su ira." (A. J. Jacobs. La Biblia al pie de la letra.)

 

                Sentía la brisa nocturna azotándole la cara mientras se dirigía volando hacia el castillo situado en la parte norte de la ciudad. La ira cegaba sus pensamientos, recordándole otros tiempos cuando le era imposible controlar esa fuerza interior que le hacía transformarse en un ser sanguinario y letal con el que se interpusiera en su camino.

                Sobrevoló las murallas que rodeaban el castillo y se dirigió hacia la torre central. Aún en esos momentos sabía lo que debía hacer. Su presa no era un simple humano, sino uno de los considerados Ángeles celestiales, que se dedicaban a acabar con los de su especie. Su especialidad era el combate a media y larga distancia, por lo que debía ser rápido y acercarse lo máximo posible a él, ya que en las distancias cortas su físico, ahora transformado, era un hándicap que volvía las cosas a su favor.

                Llegó a su destino y descendió hasta situarse justo encima de la cúpula de cristal de la habitación para observar detenidamente la situación. Maurice Glyn acababa de entrar en la estancia, con el arco en la mano derecha y el carcaj a la espalda. Llevaba la máscara  adornada por una cruz fina de color dorado, creando cuatro zonas de colores negro la parte superior derecha e inferior izquierda y las otras dos zonas de color blanco, con tres aberturas para ojos y nariz, cubriéndole el rostro y una túnica blanca con detalles azules con la que vestían los Ángeles celestiales cuando salían a la caza de aquellos despiadados demonios, botas negras altas y una cota de malla bajo la túnica. Tranquilo y orgulloso tras haber cumplido con su trabajo esa noche dejó el arco y carcaj sobre la cama, sobre el edredón de seda roja y se sentó en el mismo para descalzarse.

                “Un momento más-pensó para sí mismo mientras notaba que el corazón se le aceleraba y le hacía temblar las manos-. Sólo un poco más…”

                Se descalzó y fue a dejar las botas en el armario. Tras dejarlas se dirigió a correr las cortinas y cerrar las ventanas, dando la espalda a la cama y a la entrada de la habitación.

                Entonces sintió que llegaba el momento: atravesó la vidriera y aterrizó cinco metros más abajo, en el suelo, justo detrás de su presa, a los pies de la cama donde se situaban las únicas armas que ahora podrían suponer un peligro para él. Maurice se dio la vuelta ante el sonido de cristales cayendo al suelo y observó la criatura que había aparecido cuando había bajado la guardia. De más de dos metros de estatura, pelo negro azabache, dos cuernos orientados hacia el frente que le nacían desde cerca de la sien de cada lado de su cara, un torso musculado que solo cubrían unos jirones de lo que había sido hace unos minutos un chaleco negro, con pantalones y botas del mismo color. De las puntas de sus dedos crecían unas afiladas garras de tres centímetros cada una. Tenía la cara angulosa crispada por la rabia y unos ojos rojos con una minúscula pupila que lo observaban con una ferocidad que había vislumbrado en alguna ocasión en otros de su especie. Pero esta vez tenía más lejos su arco y flechas de lo que le gustaría…

                Con una velocidad sobrehumana, Ricard se abalanzó sobre Maurice y lo agarró con la mano izquierda por la túnica antes de que pudiera reaccionar y lo estrelló contra la pared de al lado de la ventana, sujetándolo.

Echó el brazo derecho hacia detrás, listo para efectuar el golpe final con sus garras en el pecho de su presa. Inmediatamente, Maurice se sacó una daga que siempre guardaba bajo la túnica y acuchilló el torso de Ricard, que retrocedió.

Los jirones que quedaban en el torso de Ricard se desprendieron y del corte, producido a media altura del torso, brotó una fina cascada de sangre. La cicatriz de su hombro quedó al descubierto y Maurice se fijó en ella.

-¡Tú! ¡Lo sabía! –le dijo a Ricard mientras jadeaba, intentándose recuperar del golpe recibido contra la pared.

                Ricard se abalanzó de nuevo sobre él, sujetándole los brazos y obligándole a soltar la daga. Lo tiró al suelo y lo sujetó por el cuello. La sangre hirviendo del pecho de Ricard caía sobre el cuerpo de su adversario abrasándole el cuerpo y produciendo vapor al entrar en contacto con el aire frío de la estancia. Ahora no fallaría, ahora calmaría su sed de venganza, todo su sufrimiento terminaría con la vida de ese hombre…

                Se escucharon tres golpes secos y de poca intensidad. La puerta de la habitación se abrió de repente y dejó ver a una mujer de increíble belleza, vestida con una camisola larga de color marrón a la altura de las rodillas y de mangas largas hasta las muñecas. Tenía el pelo negro suelto que le llegaba algo más abajo de la altura de los hombros y que le caía a ambos lados de la cara sobre los hombros dándole una apariencia aún más atractiva que la habitual.    Escudriñó la alborotada estancia con sus extraordinarios ojos negros y tardó varios segundos en vislumbrar la escena quedando paralizada ante la situación.

-¡¡MAURICE!!- gritó sobresaltada ante la cantidad de sangre que cubría al hombre, aunque no pertenecía a él.

                Su voz golpeó el oído de Ricard que  se giró para contemplarla, atónito ante su repentina aparición. Ella miró a la criatura con una mezcla de terror y desesperación en la cara y sus ojos se pararon en la cicatriz en el hombro de la misma. Sus ojos se encontraron entonces con los ojos rojos de Ricard y su cara reflejó su sorpresa. En ese momento, Ricard lo entendió todo…

El gen V. Portada

          Ricard vive enclaustrado en el deprimente castillo real de Auronzo donde su padre trabaja como capitán general de la guardia del Rey de Eraclea. Pasa las horas entrenando para ser un buen soldado en el futuro, estudiando en la magnífica biblioteca del castillo y soñando despierto imaginando su prometedor futuro. Nada le podría hacerse imaginar cómo de maravilloso y terrible es el mundo donde vive. Sólo su experiencia...


          "Los libros son espejos: sólo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro." (Carlos Ruiz Zafón, La sombra del viento.)